El teatro “contrarian” en Caracas: Soler & von Mayemburg

El feo vendajeEl brillante polígrafo inglés Michael Frayn, autor de comedias inexorablemente   desternillantes, como su célebre Noises off ,  y de dramas como Copenhagen o Democracia, en los que temas eternos de filosofía moral se tornan espectáculo perturbador y memorable, ha hecho, en sus ensayos y también en numerosas entrevistas, una distinción que luce capital. Creo, modestamente,  que todo dramaturgo, en especial si es latinoamericano, debería compenetrarse con ella, aunque solo sea un poco.

Frayn distingue tajantemente el llamado “teatro político” de lo que llama,  con mucho tino, “teatro de lo político“. Por aquel, se entiende de ordinario, y desde muy temprano en el siglo pasado, a la utilización agitativa y propagandística  de texto, escenario y actores.

Sin duda, fue ésta la disposición de quienes, durante décadas − ¡y aún hoy! − idealizaron el teatro como un recurso de “agitprop”, palabreja compuesta de “agitación” y “propaganda” con la que el partido comunista soviético y sus satélites centroeuropeos designaban las tareas de evangelización de la clase obrera y la pequeña burguesía radicalizada en las primeras décadas del siglo XX.

Es la misma tarea que, equívocamente y sin mayor examen, se asignó, en la América Latina de los años sesenta y setentas, al teatro de  Bertoldt Brecht, reduciéndolo a  ser, no solo apóstol del teatro “no-aristotélico”,  sino también del teatro entendido como “espejo y guía de los oprimidos”, como fanal orientador de los confundidos por la falsa idea de la realidad que transmiten los llamados “valores  burgueses”.

Los aportes formales de Brecht ( que embobecieron a muchos de sus epígonos latinoamericanos)  no son, sin embargo, el único expediente al que un dramaturgo puede recurrir a la hora de “problematizar” las verdades de  la polis, las verdades de los poderes fácticos y las de los espectadores corrientes y molientes.

Es a esto a lo que alude Frayn al trazar un lindero entre el teatro “de denuncia”, ese teatro que, literal o figuradamente, vocifera agravios y llamados al combate, del teatro que −  sosegadamente, digámoslo así −,  aborda temas  propios de la cotidiana condición ciudadana y los somete a gentiles torsiones para hacer patente la inconsistencia de mucho de lo que la corrección política da buenamente por zanjado. Este es el tipo de teatro que ha hecho del catalán Esteve Soler uno de los dramaturgos más relevantes de la actualidad mundial.

En Venezuela, el veterano y prestigioso grupo teatral “Escena de Caracas” ha sido el intérprete más consecuente del cuerpo de obra de Soler, autor que ya ha sido traducido a múltiples  idiomas y subido a escena con resonante éxito en tres continentes. Desde 2013, y bajo la dirección del joven y talentoso Juan José Martín,  “Escena de Caracas” ha acometido el propósito de representar integralmente la más celebrada obra de Soler: su  trilogía llamada “de los contras”.

El desaparecido Christopher Hitchens bien podría haberla llamado “Soler’s contrarian trilogy”. Aquí calza una breve digresión necesaria sobre el significado de “contrarian”. La razón en fácil de comprender: no tenemos aún el cabal equivalente español de todo lo que Hitchens logró condensar  en una sola palabra.

¿Qué es, en efecto, un “contrarian”? ¿En qué cree o ha dejado de creer? El propio Hitchens abundó en el tema, separando la paja del grano con provocadora ironía en su célebre “Cartas a un joven contrarian”. Un “contrarian” vendría a ser un liberal   − en el sentido político, mas no necesariamente en el económico −, pero un liberal de cepa muy singular: alguien inquisitivo respecto de todo lo aceptado por la ortodoxia “progresista” de izquierda  y, a la vez,  especialmente suspicaz de sus propias convicciones liberales, en particular de aquellas afianzadas en la “corrección política” posmoderna.  Dicho lo cual me atrevo a definir a Esteve Soler como un “dramaturgo contrarian”.

Ciertamente, Soler no  es el único “contrarian” que escribe para las tablas : el alemán Marius von Mayemburg explora el mismo territorio que Soler, aunque con  singularidades muy distintivas frente al catalán.  No sugiero con ello que von Mayemburg y Soler formen parte de algún “movimiento” internacional, seguidor de determinados postulados estéticos; simplemente advierto que una misma familia de temas los obsede.

Considérese la trilogía que Juan José Martín y “Escena de Caracas” se propusieron llevar a escena desde 2013, con el montaje de “Contra el poder”, seguido, el año  que aún corre, por “Contra la democracia”. El grupo anuncia para 2016 la tercera pieza del tríptico − “Contra el amor”− y, a juzgar por su “récord de pista”, estoy seguro de que se saldrán con la suya.

Quien haya tenido la suerte ( o mejor dicho, el tino) de ver “Contra el poder” y “Contra la democracia” habrá advertido que la estrategia de Soler supone una sublimación de los recursos que, mucho más de medio siglo atrás,  desplegó el tan jaleado “teatro del absurdo”. ¿Por qué digo “sublimación” ?  Porque,   leídos o vistos hoy día, el “nonsense” y las provocaciones a los valores burgueses que ocupaban a los Ionesco y los Jarry de la segunda posguerra se nos antojan ingenuos, se agotan en un desparpajo ya sin garras ni dientes: lograban, ciertamente, su propósito de dislocar las convenciones del hecho teatral, pero….poco más.

La “experiencia Soler”, en cambio, si bien recurre a instalarnos de golpe en situaciones  cuyas premisas sabe dislocar muy rápidamente,  su escritura logra imprimir  un añadido persuasivo.  El texto se dirige  infaliblemente a confrontarte con la inanidad, y en ocasiones, la inhumanidad encerrada en los topos  de la corrección política. Contra la democracia # 1 El humor negro de Soler ciertamente recurre a la violencia pero, por obra de su maestría, incluso la efusión de sangre logra hacernos, no solo sonreír, sino ¡y es mi punto!, reconsiderar  lo que la buena y noble corrección política ha prescrito y hemos aceptado sin mayor examen.

La mayéutica que anima los vivísimos cuadros escénicos de Soler lo vindica como mucho más que un autor de paradojas sin moraleja.  Al contrario, la perplejidad política que infunden sus obras persiste mucho tiempo después de abandonar la sala. Y es en este sentido que hablo de una superación de los ilusionismos tremendistas del viejo y bueno teatro del absurdo de los años 50 en procura ya de un propósito: invitarte a pensar la posmodernidad.

El elenco de “Escena de Caracas” que acompaña a Martín en la trilogía de Soler es un concierto aceitadísimo de deslumbrantes actores en el tope de su desempeño: Nadeschda Makaganow, Delbis Cardona y Rafael Gil.  Desde que ví “Contra la democracia”, cada vez que quiero sonreir, evoco uno de sus mejores cuadros: una mujer afgana ( Nadeschda Makaganow) vive en una ciudad europea y, cubierta de pies a cabeza por una burka, intenta hacerse entender del público merced un intérprete ( Rafael Gil), ¿su vecino?   Lo que comienza como una razonada declaración de principios, como una vindicación del derecho a ser diferentes − tópico inconmovible de la corrección política −, termina  con la  escalofriante delación de un hecho de sangre,  verosímilmente motivado, de paso,   en el “modo de ser afgano”. No se requiere  ser un protofascista xenófobo como monsieur Jean-Marie Le Pen para suspender el juicio al prejuicio religioso.

El proceso que cumple “El feo”, la pieza de von Mayemburg es muy otro, si bien, como quedó dcha. más arriba, el espectador de ambos montajes puede percibir invisibles vasos comunicantes “contrarian” entre una misma familia de temas.

La institución a la que pone asedio von Mayemburg es la de la meritocracia corporativa,  esa engañosa sacralización del talento y el esfuerzo que el mundo  empresarial exhibe como blasón de miles de corporaciones transnacionales.

Lette (un Antonio Delli sencillamente superlativo), el protagonista de esta pieza coral  − magistralmente coral,  cabe añadir − es la cabeza visible de la División de Investigación y Desarrollo de una gran corporación e inventor de un dispositivo electrónico de seguridad que puede  poner a la empresa  a la cabeza de sus competidores en la producción y mercadeo de tecnología de punta.  Lette se dispone, muy ufano,  a viajar a un enclave alpino − uno se imagina un sitio como Davos − donde habrá de presentar su invención. Pero, con un pie ya en el avión,  su jefe (Adolfo Nittoli ), se lo impide. ¿El motivo?  Lette es…feo.

Desde los primeros parlamentos, el espectador  percibe de que la corporación está dispuesta a llevar muy lejos esta interdicción pues, tal como argumenta el vicepresidente de operaciones, la indecible fealdad de Lette  es tal que, seguramente, resultaría contraproducente a los efectos del mercadeo de la innovación. Lette, quien, por su parte, nunca antes se había percatado de su superlativa fealdad hasta que, Fanny,  su esposa  (Ana Melo) se lo hace ver de modo incontrovertible. La moderna cirugía plástica viene en auxilio de Lette es una de las más indelebles escenas de la obra: la operación que, radicalmente, introduce a Lette al mundo de los guapos irresistibles.

A partir del momento  en que Lette verifica cuán guapo lo han dejado, la pieza de von Mayemburg adquiere, no solo cantidad de movimiento escénico, sino que se torna en un telar de paradojas tan demencialmente divertidas como cargadas de verdades sobre la lógica del éxito en la sociedad postindustrial.  Las expectativas y frustraciones de Lette, y el resto de los 8 personajes de la pieza, respecto al dinero, el sexo, la supremacía gerencial; en fin,  en torno al poder mondo y lirondo que la sola apostura debería derramar sobre Lette, se despliegan en una verdadera tour de force  : von Mayemburg no deja pasar un recurso técnico sin servirse de él con mesurada maestría. El cuarteto de actores, completado por Javier Figuera, logra multiplicarse con souplesse  y alcanzar momentos de intensa expresividad, dotando al montaje del delicado equilibrio requerido por una regocijante e inteligente “farsa de ideas” en la que el arte de Antonio Delli deslumbra, al tiempo  que es viga maestra de un singular elenco de versatilidades.  La banda sonora está llena de sorpresas. La dirección , de nuevo, es de Juan José Martin.

El montaje de”El feo”  corre por cuenta de “El teatro de la noche” y se está presentando en la Sala Plural del Teatro Trasnocho ( paseo Las Mercedees), los sábados a las 4 pm y domingos a las 6 pm.

 

I.M.

19 de agosto de 2015

 

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Tal Cual: ¿Un Entierro Vikingo?

tALCUAL LOGO TEODOROLos periódicos se extinguen.

No es una tendencia contemporánea; es algo inherente a su naturaleza: se extinguen y no es cosa de andar buscando quicios donde sentarse a llorar como un sauce. Así que, señoras y señores, ¡a lo mío!,  que es ser columnista de Tal Cual.

Para esta entrega había yo pensado, desde hace tiempo,  airear varias ideas del notable periodista y pensador  – no siempre coinciden en una misma persona ambos oficios – Arcadi Espada (1957), cuyo libro Periodismo práctico  se ha convertido en biblia contemporánea de muchísimos periodistas nacidos a este lado de la revolución digital.

Las ideas a que me refiero no son exclusivamente suyas: han sido espumadas de entre los pareceres y la experiencia de muchísimos otros periodistas y editores del orbe entero. Y las recoge en una antología muy atinadamente titulada El fin de los periódicos.( Duomo ediciones, Barcelona, 2009.)  Traigo de allí, a la atención del lector ,,  una observación que debemos a Jill Lepore. La transcribo, aun antes de ilustrar a los desprevenidos sobre quién podrá ser Jill Lepore:

Los periódicos no están siempre del lado de la libertad. No todo el mundo está de acuerdo en qué siginifica libertad. Algunas luchas no terminan. Y no es el periódico el que está en peligro de muerte y necesita salir levantarse de su tumba. Es la libertad de prensa.”

Jill  Lepore (1966), quien es profesora de Historia  estadounidense en Harvard, debe saber de qué habla porque es mujer de muchos talentos que en 2005 ganó el Pulitzer en la categoría “Historia” y sus ensayos aparecen con frecuencia en The New Yorker y The New York Times. El ámbito de sus intereses es muy vasto, con énfasis en las libertades individuales. Es ensayista muy prolífica que incursiona  ocasionalmene en la novela. La cita que invoco proviene de uno de sus ensayos, recogido, justamente, por Arcadi Espada en un  ómnibus sobre el fin del periodismo impreso.  El ensayo se titula Números atrasados: El día en que murió el periódico.

Que los periódicos no están siempre del  lado de la libertad es algo que cualquier venezolano de la era chavista ha podido constatar. Que no todo el mundo está de acuerdo en el significado de la palabra “libertad”  resplandece cada vez que Diosdado Cabello abre su rabiosa boca de gamonal, siempre deseoso de  superar, sin éxito, a ese superlativo mundial de  la procacidad llamado Mario Silva; en cada comparescencia aplazada de Leopoldo López; en cada borborigmo extrapunitivo de Blanca Eckhout; en las provocaciones de la Fiscal General o la Defensora del Pueblo; en los “equilibrismos” del pobre diablo que preside la casa editora de El Universal, a quien ordenaron, seguramente a gritos, purgar la página de opinión y despedir a Rayma; en las contorsiones de todas las gerencias de los medios televisivos venezolanos y, last but not least,   en la tan inexplicable como estulta propensión a arrastarse ante el poder que, en el ocaso de su vida, muestra desvergonzadamente el experiodista Eleazar Díaz Rangel (a) “Lulo”.

¿Cerrará definitivamente Tal Cual? ¿Se saldrá con la suya la banda delictiva fuertemente  armada y dispuesta a matar que pretende sojuzgar para siempre a Venezuela tendiendo un cerco de hambre, arbitrariedad, asesinatos y mentiras? “Algunas luchas no terminan”, dice Jill Lapore en la cita que brinda pretexto a esta nota.

Prueba de ello  en un suceso a la vez moralizador y entusiasmante: la misma noche en que sicarios a sueldo asesinaron vilmente al diputado chavista Robert Serra, un grupo de insumisos periodistas venezolanos encabezados por César Batiz, la crème de la crème  de la desaparecida  unidad de investigacion  de Ultimas Noticias, recibía en Medellín el consagratorio premio “Gabriel García Márquez”.

Sin duda  hay justicia poética en el hecho de que el brillante y escrupuloso reportaje premiado,   haya  forzado al gobierno de Maduro a admitir que las balas asesinas del 12F  partieron de su bando. Tamoa Calzadilla y Laura Weffer,  hablando de superlativos del gremio, acaban de recibir el premio María Moors Cabot, que ya en 2012 fue otorgado por la Universidad de Columbia a Teodoro Petkoff, director de esta casa, en mérito a su indoblegable lucha por la verdad en tiempos de oscuridad y asfixia.

No son, por cierto, los periodistas que he mencionado los únicos  que, en las duras circunstancias que vive la libertad de prensa en Venezuela, perseveran y dan voz a los demócratas de Venezuela, dentro y fuera de ella.

¿Morirá Tal Cual? ¿ Cerraremos este capítulo del periodismo venezolano con un “entierro vikingo”, antes de irnos todos a casa? ¿ Se extinguirá, simplemente,  sin pena ni gloria, al mismo tiempo que la reserva de papel?

Eric Alterman – otro admirable periodista– decía hace poco que el verdadero problema no es la muerte inminente de los periódicos, sino la muerte inminente de las noticias.

La dictadura posmoderna de Maduro, Cabello, sus lameculos civiles  y sus narcogenerales, sin duda seguirá segregando noticias. Y,  probadamente, inteligencia y presencia de ánimo periodísticos sobran en Venezuela para iluminar los hechos y orientar el juicio de millones de ciudadanos con derecho a conocer toda la verdad.

Parafraseando el titular de un editorial de Teodoro, al dar cara a la atroz arremetida de Diosdado Cabello : “No los callarán”.

@ibsenmartnez

 

 

 

 

 

 

 

 

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