Sartre en Cuba, 1960

Sartre en CUba Las he desplegado sobre mi escritorio como mano de naipes: fotos que registran la primera visita de Jean Paul Sartre y Simone de Beauvoir a Cuba, a comienzos de 1960. Volaron a la isla por expresa invitación de Fidel Castro.
Sartre publicó durante su estadía 16 notas para el diario parisino France Soir que son su crónica del viaje. Fueron recogidas en un tomito que lleva el mismo nombre de la serie: Huracán sobre el azúcar.
Las fotos, captadas por Alberto Korda, fotógrafo cubano que inmortalizó la seráfica imagen del Che Guevara que ha iluminado camisetas, posters y tatuajes desde hace más de medio siglo, invariablemente dejan ver a Sartre y su compañera desentonando en lo que a vestimenta se refiere.
En una de ellas, captada desde la proa de un pequeñísimo bote a motor, la corbata negra de Sartre, volada hacia la espalda por el viento, y el turbante, la gruesa tricota y el ceño fruncido de la Beauvoir sugieren que Fidel Castro, quien viaja de pie en el bote, detrás de la pareja, no les advirtió que saldrían a recorrer un canal de riego que atraviesa lo que parece ser un muy soleado cañaveral.
Sartre, sofocado por el calor y el cafard de los trópicos debió quitarse la americana en algún momento, antes de que Korda tomase la foto, y la lleva sobre sus rodillas, junto con la petaca de tabaco y la pipa. Comme d’habitude, su estrabismo no deja saber qué atrae más su atención, si la ribera del canal o el rocoso perfil de La Beauvoir quien, a su vez, entrecierra los ojos, mirando a lateral de cámara, con la expresión deslumbrada de quien, ya en la playa, nota que ha dejado olvidadas en el hotel sus gafas ahumadas.
Fidel, ya lo dije, viaja de pie, con la cabeza descubierta. Tiene a la sazón 34 años, luce “joven y bienamado de los dioses”, y hay en su levísimo amago de sonrisa algo del cazador que se hace fotografiar, a lo Hemingway, con las presas que acaba de cobrar: nada menos que a los sumos mandarines de la intelectualidad europea de posguerra.
Ni Sartre ni la Beauvoir eran, por cierto, los primeros intelectuales de izquierda que acudían a ver y consignar en un travelogue todo lo que para ellos entraña una revolución en marcha. La lista, en verdad, es larga, y comienza muchos años antes de la revolución cubana – prensemos en John Reed y sus evocaciones rusas y mexicanas –, aunque no siempre el recuento del viaje trajo halagüeñas noticias a los creyentes que no habían tenido ocasión de peregrinar a la tierra donde, según habían oído decir, una revolución obraba sus prodigios.
Lo digo pensando en André Gide, no precisamente un sedentario, y autor de penetrantes libros de viajes a Turquía, el Congo, al Chad. El ganador del Premio Nobel de Literatura (1947) se hizo blanco de toda clase de injurias cuando en 1936 publicó su devastador Regreso de la URSS.
Durante su viaje a Cuba, la Beauvoir y Sartre, vieron y anotaron con entusiasmo, buen decir galo y también solidaria consternación, muchas cosas que les tocó vivir. Una de ellas, quizá la más estremecedora, fue el sepelio de las víctimas de un atroz sabotaje dinamitero a La Coubre, un carguero, casualmente también francés, que había atracado en La Habana con 70 toneladas de municiones procedentes de Amberes. El atentado, atribuido entonces a la CIA, causó más de cien muertes. Fue durante la multitudinaria ceremonia luctuosa cuando Korda captó la imagen del Che, tocado con su boina estrellada y la mirada triste y profética.
La ocasión atrajo una de las más grandes concentraciones ante las que Fidel Castro haya pronunciado jamás un discurso. Oigamos lo que el autor de Las Palabras transmitió a sus lectores franceses acerca de la oratoria castrista: “Fidel piensa hablando, o más bien, vuelve a pensar todo lo que va a decir; lo sabe, y sin embargo, lo improvisa. […]En ningún momento el ritmo del auditorio se impuso a esa voz que jamás se sintió poseída por la urgencia o por las rabias populares. Me alegré: entregada a sí misma, a su sola pasión interior, la oración fúnebre mostró mejor lo que era, lo que fundamentalmente son los discursos de Fidel: una explicación. […]Esa elocuencia pedagógica, a veces un tanto pesada y otras fulgurante, daría a un oyente francés la impresión apenas consciente de oír hablar a Charles Péguy. Me han dicho que sedujo a los cubanos desde el primer día que usó la palabra. Cansada de discursos, la nación desdeñaba las frases; desde que Fidel le habla, no ha oído ninguna. Hechos. Demostraciones. Análisis. Estupefactos, los cubanos no reconocieron en eso a los viejos arrebatos del parlamentarismo. La voz humana, pues, podía servir para otros fines”.
*
Con todo, Sartre reserva la admiración más ferviente para el Che Guevara, quien recibe a la pareja – ¡estuve a punto de escribir “los esposos Sartre”, olvidando la permisiva doctrina de ambos sobre el amor contingente! – en su despacho del Banco Central. Korda brinda imágenes que ahorran cualquier elucidación sobre la tiranofilia de los intelectuales descrita por Mark Lilla en su libro Pensadores temerarios.
Sartre y la Beauvoir se sientan en un sofá; el Che lo hace en una butaca. Ha ofrecido un puro habano a Sartre quien debe arrimar el culo al borde del sofá e inclinarse hacia el Che para encenderlo. El Che le acerca un encendedor pero el gesto se confunde, a causa de una mala angulación de Korda, con el de un obispo que ofreciese su dedo anular al beso de un feligrés. La Beauvoir luce divertida ante la idea de ver a su “Castor” fumar lo que quizá sea el primer Partagás Serie “D” # 4 de su vida.
Sartre y el cheLa conversación, tal como la transcribe Sartre, resulta en una vindicación de la concentración de poderes y la inexperiencia del nuevo funcionariado estatal como ventaja comparativa de la revolución. Quizá el intelectual “generalista” que hay en Sartre aborrezca a los altivos tecnócratas egresados de la ENA (Ecole Nationale d’Administration), pero igual tengo para mí que todo no es más que otra derivación de un tema obsesivo de los pensadores de izquierda europeos: el de la ontológica “originalidad de las revoluciones” tercermundistas.
Habla Sartre: “Castro – me dijo un día Guevara, indicándome su propia cabeza – podría raramente hallar una cabeza más completa”. Así se conceptúa a sí mismo Guevara, recién encargado del Banco Central. La entrevista ocurre poco después de cosechar el comandante argentino su primera zafra de fusilamientos en la fortaleza de La Cabaña. “En los ministerios y en las instituciones – celebra Sartre –, un gobierno de rebeldes y resistentes puso a la cabeza de los servicios más altamente técnicos a resistentes y rebeldes”. Lo justifica afirmando que los dirigentes, afrontando el gran esfuerzo de arrancar Cuba a la miseria, “se quedan cortos, a menos que, mientras se forman los cuadros, asuman todos los cargos, todas las competencias y no teman convertirse en hombres universales”. Sartre ofrece como demostración de esa universalidad el comentario de Enrique Oltusky, un rebelde de la primera hora, fallecido en 2012: “No sé por qué me hicieron Ministro de Comunicaciones. Quizá porque estaba encargado de destruirlas durante la guerra [revolucionaria]”.
A la muerte del Che, en 1967, Sartre escribiría de él que “no fue solamente un intelectual, sino el ser humano más completo de nuestra era”. Y es verdad que la violencia revolucionaria fascinó hondamente a la pareja. Muchos años después, la Beauvoir aún recordaba lo que Sartre le dijo una noche en La Habana: “esta es una revolución sin maquinaria ni burocracia: lo que hay, en cambio, es un contacto directo entre los líderes y el pueblo y una masa de pugnaces y ligeramente confusas esperanzas”.
Y añade: “tal vez [aquello] no durase mucho, pero era una visión reconfortante. Por primera vez en nuestras vidas éramos testigos de una felicidad obtenida por la violencia”.

@ibsenmartinez

 

El teatro “contrarian” en Caracas: Soler & von Mayemburg

El feo vendajeEl brillante polígrafo inglés Michael Frayn, autor de comedias inexorablemente   desternillantes, como su célebre Noises off ,  y de dramas como Copenhagen o Democracia, en los que temas eternos de filosofía moral se tornan espectáculo perturbador y memorable, ha hecho, en sus ensayos y también en numerosas entrevistas, una distinción que luce capital. Creo, modestamente,  que todo dramaturgo, en especial si es latinoamericano, debería compenetrarse con ella, aunque solo sea un poco.

Frayn distingue tajantemente el llamado “teatro político” de lo que llama,  con mucho tino, “teatro de lo político“. Por aquel, se entiende de ordinario, y desde muy temprano en el siglo pasado, a la utilización agitativa y propagandística  de texto, escenario y actores.

Sin duda, fue ésta la disposición de quienes, durante décadas − ¡y aún hoy! − idealizaron el teatro como un recurso de “agitprop”, palabreja compuesta de “agitación” y “propaganda” con la que el partido comunista soviético y sus satélites centroeuropeos designaban las tareas de evangelización de la clase obrera y la pequeña burguesía radicalizada en las primeras décadas del siglo XX.

Es la misma tarea que, equívocamente y sin mayor examen, se asignó, en la América Latina de los años sesenta y setentas, al teatro de  Bertoldt Brecht, reduciéndolo a  ser, no solo apóstol del teatro “no-aristotélico”,  sino también del teatro entendido como “espejo y guía de los oprimidos”, como fanal orientador de los confundidos por la falsa idea de la realidad que transmiten los llamados “valores  burgueses”.

Los aportes formales de Brecht ( que embobecieron a muchos de sus epígonos latinoamericanos)  no son, sin embargo, el único expediente al que un dramaturgo puede recurrir a la hora de “problematizar” las verdades de  la polis, las verdades de los poderes fácticos y las de los espectadores corrientes y molientes.

Es a esto a lo que alude Frayn al trazar un lindero entre el teatro “de denuncia”, ese teatro que, literal o figuradamente, vocifera agravios y llamados al combate, del teatro que −  sosegadamente, digámoslo así −,  aborda temas  propios de la cotidiana condición ciudadana y los somete a gentiles torsiones para hacer patente la inconsistencia de mucho de lo que la corrección política da buenamente por zanjado. Este es el tipo de teatro que ha hecho del catalán Esteve Soler uno de los dramaturgos más relevantes de la actualidad mundial.

En Venezuela, el veterano y prestigioso grupo teatral “Escena de Caracas” ha sido el intérprete más consecuente del cuerpo de obra de Soler, autor que ya ha sido traducido a múltiples  idiomas y subido a escena con resonante éxito en tres continentes. Desde 2013, y bajo la dirección del joven y talentoso Juan José Martín,  “Escena de Caracas” ha acometido el propósito de representar integralmente la más celebrada obra de Soler: su  trilogía llamada “de los contras”.

El desaparecido Christopher Hitchens bien podría haberla llamado “Soler’s contrarian trilogy”. Aquí calza una breve digresión necesaria sobre el significado de “contrarian”. La razón en fácil de comprender: no tenemos aún el cabal equivalente español de todo lo que Hitchens logró condensar  en una sola palabra.

¿Qué es, en efecto, un “contrarian”? ¿En qué cree o ha dejado de creer? El propio Hitchens abundó en el tema, separando la paja del grano con provocadora ironía en su célebre “Cartas a un joven contrarian”. Un “contrarian” vendría a ser un liberal   − en el sentido político, mas no necesariamente en el económico −, pero un liberal de cepa muy singular: alguien inquisitivo respecto de todo lo aceptado por la ortodoxia “progresista” de izquierda  y, a la vez,  especialmente suspicaz de sus propias convicciones liberales, en particular de aquellas afianzadas en la “corrección política” posmoderna.  Dicho lo cual me atrevo a definir a Esteve Soler como un “dramaturgo contrarian”.

Ciertamente, Soler no  es el único “contrarian” que escribe para las tablas : el alemán Marius von Mayemburg explora el mismo territorio que Soler, aunque con  singularidades muy distintivas frente al catalán.  No sugiero con ello que von Mayemburg y Soler formen parte de algún “movimiento” internacional, seguidor de determinados postulados estéticos; simplemente advierto que una misma familia de temas los obsede.

Considérese la trilogía que Juan José Martín y “Escena de Caracas” se propusieron llevar a escena desde 2013, con el montaje de “Contra el poder”, seguido, el año  que aún corre, por “Contra la democracia”. El grupo anuncia para 2016 la tercera pieza del tríptico − “Contra el amor”− y, a juzgar por su “récord de pista”, estoy seguro de que se saldrán con la suya.

Quien haya tenido la suerte ( o mejor dicho, el tino) de ver “Contra el poder” y “Contra la democracia” habrá advertido que la estrategia de Soler supone una sublimación de los recursos que, mucho más de medio siglo atrás,  desplegó el tan jaleado “teatro del absurdo”. ¿Por qué digo “sublimación” ?  Porque,   leídos o vistos hoy día, el “nonsense” y las provocaciones a los valores burgueses que ocupaban a los Ionesco y los Jarry de la segunda posguerra se nos antojan ingenuos, se agotan en un desparpajo ya sin garras ni dientes: lograban, ciertamente, su propósito de dislocar las convenciones del hecho teatral, pero….poco más.

La “experiencia Soler”, en cambio, si bien recurre a instalarnos de golpe en situaciones  cuyas premisas sabe dislocar muy rápidamente,  su escritura logra imprimir  un añadido persuasivo.  El texto se dirige  infaliblemente a confrontarte con la inanidad, y en ocasiones, la inhumanidad encerrada en los topos  de la corrección política. Contra la democracia # 1 El humor negro de Soler ciertamente recurre a la violencia pero, por obra de su maestría, incluso la efusión de sangre logra hacernos, no solo sonreír, sino ¡y es mi punto!, reconsiderar  lo que la buena y noble corrección política ha prescrito y hemos aceptado sin mayor examen.

La mayéutica que anima los vivísimos cuadros escénicos de Soler lo vindica como mucho más que un autor de paradojas sin moraleja.  Al contrario, la perplejidad política que infunden sus obras persiste mucho tiempo después de abandonar la sala. Y es en este sentido que hablo de una superación de los ilusionismos tremendistas del viejo y bueno teatro del absurdo de los años 50 en procura ya de un propósito: invitarte a pensar la posmodernidad.

El elenco de “Escena de Caracas” que acompaña a Martín en la trilogía de Soler es un concierto aceitadísimo de deslumbrantes actores en el tope de su desempeño: Nadeschda Makaganow, Delbis Cardona y Rafael Gil.  Desde que ví “Contra la democracia”, cada vez que quiero sonreir, evoco uno de sus mejores cuadros: una mujer afgana ( Nadeschda Makaganow) vive en una ciudad europea y, cubierta de pies a cabeza por una burka, intenta hacerse entender del público merced un intérprete ( Rafael Gil), ¿su vecino?   Lo que comienza como una razonada declaración de principios, como una vindicación del derecho a ser diferentes − tópico inconmovible de la corrección política −, termina  con la  escalofriante delación de un hecho de sangre,  verosímilmente motivado, de paso,   en el “modo de ser afgano”. No se requiere  ser un protofascista xenófobo como monsieur Jean-Marie Le Pen para suspender el juicio al prejuicio religioso.

El proceso que cumple “El feo”, la pieza de von Mayemburg es muy otro, si bien, como quedó dcha. más arriba, el espectador de ambos montajes puede percibir invisibles vasos comunicantes “contrarian” entre una misma familia de temas.

La institución a la que pone asedio von Mayemburg es la de la meritocracia corporativa,  esa engañosa sacralización del talento y el esfuerzo que el mundo  empresarial exhibe como blasón de miles de corporaciones transnacionales.

Lette (un Antonio Delli sencillamente superlativo), el protagonista de esta pieza coral  − magistralmente coral,  cabe añadir − es la cabeza visible de la División de Investigación y Desarrollo de una gran corporación e inventor de un dispositivo electrónico de seguridad que puede  poner a la empresa  a la cabeza de sus competidores en la producción y mercadeo de tecnología de punta.  Lette se dispone, muy ufano,  a viajar a un enclave alpino − uno se imagina un sitio como Davos − donde habrá de presentar su invención. Pero, con un pie ya en el avión,  su jefe (Adolfo Nittoli ), se lo impide. ¿El motivo?  Lette es…feo.

Desde los primeros parlamentos, el espectador  percibe de que la corporación está dispuesta a llevar muy lejos esta interdicción pues, tal como argumenta el vicepresidente de operaciones, la indecible fealdad de Lette  es tal que, seguramente, resultaría contraproducente a los efectos del mercadeo de la innovación. Lette, quien, por su parte, nunca antes se había percatado de su superlativa fealdad hasta que, Fanny,  su esposa  (Ana Melo) se lo hace ver de modo incontrovertible. La moderna cirugía plástica viene en auxilio de Lette es una de las más indelebles escenas de la obra: la operación que, radicalmente, introduce a Lette al mundo de los guapos irresistibles.

A partir del momento  en que Lette verifica cuán guapo lo han dejado, la pieza de von Mayemburg adquiere, no solo cantidad de movimiento escénico, sino que se torna en un telar de paradojas tan demencialmente divertidas como cargadas de verdades sobre la lógica del éxito en la sociedad postindustrial.  Las expectativas y frustraciones de Lette, y el resto de los 8 personajes de la pieza, respecto al dinero, el sexo, la supremacía gerencial; en fin,  en torno al poder mondo y lirondo que la sola apostura debería derramar sobre Lette, se despliegan en una verdadera tour de force  : von Mayemburg no deja pasar un recurso técnico sin servirse de él con mesurada maestría. El cuarteto de actores, completado por Javier Figuera, logra multiplicarse con souplesse  y alcanzar momentos de intensa expresividad, dotando al montaje del delicado equilibrio requerido por una regocijante e inteligente “farsa de ideas” en la que el arte de Antonio Delli deslumbra, al tiempo  que es viga maestra de un singular elenco de versatilidades.  La banda sonora está llena de sorpresas. La dirección , de nuevo, es de Juan José Martin.

El montaje de”El feo”  corre por cuenta de “El teatro de la noche” y se está presentando en la Sala Plural del Teatro Trasnocho ( paseo Las Mercedees), los sábados a las 4 pm y domingos a las 6 pm.

 

I.M.

19 de agosto de 2015

 

¿Sabe leer Blades?

ruben-blades.jpg_1813825294Me lo pregunto porque, a juzgar por su extenso comentario a “Pinches ideas”, un artículo mío aparecido en El País de Madrid el pasado 29 de junio, el autor de “Plantación adentro” se ofusca por cosas …¡que nunca escribí! Continuar leyendo »

Las Pinches Ideas

1434541662_338959_1435683245_noticia_normal (1)Las pinches ideas son parientes cercanas de las que Paul Krugman, ganador del premio Nobel de Economía en 2008, llama “ideas zombis”. Continuar leyendo »

El siquiatra es el síntoma (En torno a “Sangre en el diván”.)

El éxito alcanzado, dentro y fuera de Venezuela, por “Sangre en el diván” me sugiere estas notas que, en rigor, no son una reseña teatral. No podrían serlo: ausente de Caracas desde hace ya algún tiempo, no he podido ver la ya muy celebrada pieza, pero no pasa un fin de semana sin que lo lamente de veras.  Continuar leyendo »

Teodoro en Madrid: una crónica

TeodoroTodo lo que aquí narro ocurrió, si la memoria no me engaña, en abril de 2003, poco días después de la caída de Bagdad. Continuar leyendo »

Roberto Clemente: Orgullo, pasión y elegancia

clemente1Roberto Clemente, es cosa indiscutida, poseyó un brazo sencillamente  ultraterrreno que, combinado con su mercurial velocidad lo convirtieron en  el jardinero derecho más exitoso de todos los tiempos en eso de prevenir que un corredor llegase a la antesala en un sprint desde primera. Continuar leyendo »

Tal Cual: ¿Un Entierro Vikingo?

tALCUAL LOGO TEODOROLos periódicos se extinguen.

No es una tendencia contemporánea; es algo inherente a su naturaleza: se extinguen y no es cosa de andar buscando quicios donde sentarse a llorar como un sauce. Así que, señoras y señores, ¡a lo mío!,  que es ser columnista de Tal Cual.

Para esta entrega había yo pensado, desde hace tiempo,  airear varias ideas del notable periodista y pensador  – no siempre coinciden en una misma persona ambos oficios – Arcadi Espada (1957), cuyo libro Periodismo práctico  se ha convertido en biblia contemporánea de muchísimos periodistas nacidos a este lado de la revolución digital.

Las ideas a que me refiero no son exclusivamente suyas: han sido espumadas de entre los pareceres y la experiencia de muchísimos otros periodistas y editores del orbe entero. Y las recoge en una antología muy atinadamente titulada El fin de los periódicos.( Duomo ediciones, Barcelona, 2009.)  Traigo de allí, a la atención del lector ,,  una observación que debemos a Jill Lepore. La transcribo, aun antes de ilustrar a los desprevenidos sobre quién podrá ser Jill Lepore:

Los periódicos no están siempre del lado de la libertad. No todo el mundo está de acuerdo en qué siginifica libertad. Algunas luchas no terminan. Y no es el periódico el que está en peligro de muerte y necesita salir levantarse de su tumba. Es la libertad de prensa.”

Jill  Lepore (1966), quien es profesora de Historia  estadounidense en Harvard, debe saber de qué habla porque es mujer de muchos talentos que en 2005 ganó el Pulitzer en la categoría “Historia” y sus ensayos aparecen con frecuencia en The New Yorker y The New York Times. El ámbito de sus intereses es muy vasto, con énfasis en las libertades individuales. Es ensayista muy prolífica que incursiona  ocasionalmene en la novela. La cita que invoco proviene de uno de sus ensayos, recogido, justamente, por Arcadi Espada en un  ómnibus sobre el fin del periodismo impreso.  El ensayo se titula Números atrasados: El día en que murió el periódico.

Que los periódicos no están siempre del  lado de la libertad es algo que cualquier venezolano de la era chavista ha podido constatar. Que no todo el mundo está de acuerdo en el significado de la palabra “libertad”  resplandece cada vez que Diosdado Cabello abre su rabiosa boca de gamonal, siempre deseoso de  superar, sin éxito, a ese superlativo mundial de  la procacidad llamado Mario Silva; en cada comparescencia aplazada de Leopoldo López; en cada borborigmo extrapunitivo de Blanca Eckhout; en las provocaciones de la Fiscal General o la Defensora del Pueblo; en los “equilibrismos” del pobre diablo que preside la casa editora de El Universal, a quien ordenaron, seguramente a gritos, purgar la página de opinión y despedir a Rayma; en las contorsiones de todas las gerencias de los medios televisivos venezolanos y, last but not least,   en la tan inexplicable como estulta propensión a arrastarse ante el poder que, en el ocaso de su vida, muestra desvergonzadamente el experiodista Eleazar Díaz Rangel (a) “Lulo”.

¿Cerrará definitivamente Tal Cual? ¿Se saldrá con la suya la banda delictiva fuertemente  armada y dispuesta a matar que pretende sojuzgar para siempre a Venezuela tendiendo un cerco de hambre, arbitrariedad, asesinatos y mentiras? “Algunas luchas no terminan”, dice Jill Lapore en la cita que brinda pretexto a esta nota.

Prueba de ello  en un suceso a la vez moralizador y entusiasmante: la misma noche en que sicarios a sueldo asesinaron vilmente al diputado chavista Robert Serra, un grupo de insumisos periodistas venezolanos encabezados por César Batiz, la crème de la crème  de la desaparecida  unidad de investigacion  de Ultimas Noticias, recibía en Medellín el consagratorio premio “Gabriel García Márquez”.

Sin duda  hay justicia poética en el hecho de que el brillante y escrupuloso reportaje premiado,   haya  forzado al gobierno de Maduro a admitir que las balas asesinas del 12F  partieron de su bando. Tamoa Calzadilla y Laura Weffer,  hablando de superlativos del gremio, acaban de recibir el premio María Moors Cabot, que ya en 2012 fue otorgado por la Universidad de Columbia a Teodoro Petkoff, director de esta casa, en mérito a su indoblegable lucha por la verdad en tiempos de oscuridad y asfixia.

No son, por cierto, los periodistas que he mencionado los únicos  que, en las duras circunstancias que vive la libertad de prensa en Venezuela, perseveran y dan voz a los demócratas de Venezuela, dentro y fuera de ella.

¿Morirá Tal Cual? ¿ Cerraremos este capítulo del periodismo venezolano con un “entierro vikingo”, antes de irnos todos a casa? ¿ Se extinguirá, simplemente,  sin pena ni gloria, al mismo tiempo que la reserva de papel?

Eric Alterman – otro admirable periodista– decía hace poco que el verdadero problema no es la muerte inminente de los periódicos, sino la muerte inminente de las noticias.

La dictadura posmoderna de Maduro, Cabello, sus lameculos civiles  y sus narcogenerales, sin duda seguirá segregando noticias. Y,  probadamente, inteligencia y presencia de ánimo periodísticos sobran en Venezuela para iluminar los hechos y orientar el juicio de millones de ciudadanos con derecho a conocer toda la verdad.

Parafraseando el titular de un editorial de Teodoro, al dar cara a la atroz arremetida de Diosdado Cabello : “No los callarán”.

@ibsenmartnez

 

 

 

 

 

 

 

 

La libreta cubana y la olla china

karl_marx2Rebuscando en la trastienda de mi disco duro, hallé un rimero de notas sobre el tipo de “inventiva”económica que perversamentre asiste a los tiranos totalitarios. Así, hoy presentamos, con el concurso  de la señora Bond: “Fidel  y la olla china.” Continuar leyendo »

I remember Citgo

Un día cualquiera de 1998 me hallaba yo en Tulsa, Oklahoma, con ánimo de entrevistar al presidente de la hoy controvertida Citgo Petroleum Co. Continuar leyendo »