Recuerdo nítidamente a los primeros colombianos que vi alguna vez: eran unos infortunados cirqueros costeños, varados en un baldío de Prado de María, mi barrio natal, un suburbio pobretón de la capital venezolana. Corría enero de 1958.

Nadie acudía a sus funciones. A los niños no nos dejaban acercarnos a ellos, pues por entonces decir “colombiano” era nombrar un “malandro”, un pícaro palabrero y “sin papeles”; un trapisondista marihuanero. Los cirqueros no tenían ni para la gasolina y se decía que mataban perros realengos para echárselos a unos leones tan flacos que parecían gente mal disfrazada de leones flacos.

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