Entries from: febrero 2011

Uno de George Orwell: “Divertido, pero no vulgar”

Que la buena escritura humorística no puede ser complaciente, cobarde, ni políticamente correcta es una verdad tan pertinente para la literatura inglesa del siglo XIX como para nuestros días y nuestra lengua.

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Slavoj Zízek: el bufón mortífero

Slavoj Zizek es uno de los pensadores más influyentes del mundo. Se le trata como a una estrella mediática y las universidades compiten por tenerlo en su planta de profesores. Una pregunta: ¿alguien ha leído qué es lo que escribe? Adam Kirsch desentraña la letalidad de su pensamiento para la democracia liberal.

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Cessna A188

Cristóbal Ponce celebró sus sesenta años con una parrillada dominical en un hangar, junto a sus únicas posesiones: un monoplaza fumigador Cessna y un viejo Piper Arrow de entrenamiento. El hangar estaba  en el aeródromo de un polígono industrial.

El fumigador era el único activo de Cristóbal pues ya no era aerotaxista ni daba clases de vuelo. “Activo es todo lo que pone dinero en tu bolsillo”, había escuchado decir alguna vez a su hijo, el economista. Le gustaba repetirlo, viniese o no a cuento.

Aunque el biplaza de entrenamiento era anticuado – tenía casi cuarenta años–, el mercado de los aviones es muy sentimental y siempe habrá quien quiera un Piper Arrow todavía en condiciones de volar. Una academia de vuelo costarricense le había ofrecido hacía poco casi ochenta mil dólares por él. Pero él no pensaba desprenderse del biplaza a menos que fuera absolutamente necesario. “Es ahorro volante; no tengo plan de retiro”, decía. Vivía exclusivamente de las fumigaciones.

A la parrillada vinieron un joven piloto destajista, un médico asimilado a la Guardia Nacional, un  abogado, las esposas de éstos y una mujer que había contratado servicios de fumigación agrícola hacía unas semanas.

La mujer se llamaba Herminia Collado, tenía un rebaño de búfalos de agua y había iniciado un cultivo de arroz en una sabana anegadiza. Había llamado por teléfono para indagar tarifas y condiciones. A Cristóbal le gustaron su voz carrasposa y el modo desenvuelto de cerrar el trato.  En los días que siguieron a la llamada se preguntó varias veces qué edad podría tener la voz de Herminia.

Quedaron en que, al regreso de otra fumigación en una  hacienda cercana, el piloto sobrevolaría la finca de arroz para evaluar los requerimientos del trabajo.  Antes de colgar, Herminia dijo que en su hacienda había una pista de cuatrocientos  metros, algo enmontada y bastante en desuso, pero que  podía hacerla acondicionar en cuestión de una semana o poco más si fuese necesario. Cristóbal  respondió que al piloto no le haría falta aterrizar porque sólo echaría  un vistazo desde el aire.

El padre de Herminia, el fundador del hato de búfalos, fue un  médico cirujano de Caracas que volaba semanalmente a la finca en un monomotor. Ni ella ni sus hermanos aprendieron a volar, pese a  las exhortaciones del padre. Al morir el viejo vendieron la avioneta.

La fumigación se demoró varios días y una mañana ociosa Cristóbal resolvió ir a personalmente a reconocer el arrozal.  Pensó volar en el Piper, pero en el último minuto saltó al  fumigador. Le gustaba su mucha maniobrabilidad a poca altura.  A sólo diez minutos de vuelo avistó la casa de la hacienda, las negrísimas manchas de los rebaños bufalinos, los sembrados de sorgo forrajero  y la pista, pero no vio el arrozal por ninguna parte. Descendió hasta los novecientos pies, luego bajó trescientos más y  aún  otros cien pies para pasar en vuelo rasante y echar un vistazo.

La pista era un desastre:  grandes surcos abiertos por las aguas de sucesivos inviernos rajaban a lo largo el claro ahora reseco. Con seguridad habría madrigueras de armadillos –cachicamos los llaman allí – entre los matorrales. Cinco o seis búfalos se hundían hasta el belfo en una laguneta cenagosa junto a una de las cabeceras.

De tomar tierra en aquel zanjón, Cristóbal arriesgaba, en el mejor de los casos,  perder el tren de aterrizaje, doblar la hélice, clavar un ala o la nariz en tierra. Después de la pasada a ras del suelo, trepó otra vez hasta los  mil doscientos pies y se alejó dos millas hacia el oriente  antes de  virar en redondo y aproximarse a la pista de Herminia Collado.

Tomó tierra a  cincuenta y cinco nudos, apretando los dientes, confiando en no caer en una madriguera de cachicamo. Se detuvo a cinco metros de los búfalos. Alarmados, aunque no demasiado – era sólo un avión –, los búfalos salieron  de su lodoso chiquero   y trotaron  hasta un grupo de acacias.  Ya en tierra,  sin parar el motor, Cristóbal viró ciento ochenta grados y cortó el gas. Salió de la carlinga y lo aplastaron el calor y la cegadora   reverberacion del llano a esa hora de la mañana.

Dio una vuelta en torno al fumigador que, aparentemente, no había sufrido daño alguno al aterrizar en aquella manga agujereada y cubierta de matojos. Caminó un poco por la pista, mirando a todos lados hasta convencerse de que  había agotado toda su buena suerte en el aterrizaje y que no podría intentar el despegue desde allí sin desnucarse. Se acuclilló bajo el ala del avión y se puso a mirar la sabana. Un gavilán piaba en las cercanías. Al rato, chasqueó y comenzó a mover la cabeza.

—¡Huevón! – soltó –. ¡ Ah viejo huevón!

La pista estaba en el confín de la propiedad y se llegaba a ella  por una trocha para vehículos de motor  que  había visto desde el aire.  Cristóbal caló su gorra y por ese camino se internó sin prisa en el chaparral.   Kilómetro y medio chaparral adentro comenzó a ver árboles llaneros, duros  y nudosos – primero un cañafístolo, más tarde un merecure – y el olor a bosta le advirtió de la cercanía de un rebaño.

De pronto vio a su derecha, bajo una acacia,  un saladero artificial desde donde una punta de ganado bufalino se desparramaba sobre el camino, cortándole el paso. Aunque lamían sal y rumiaban mirando a otra parte, los  búfalos  parecían estar esperándolo.

Ahora bien, Cristóbal había hecho muchas cosas en su vida y  alguna de ellas requirieron mucho coraje, mucho más  del ordinario, pero hallarse a corta distancia de ganado en pie, sin burladero a la vista, era algo que podía desazonarlo atávicamente hasta la parálisis  aunque  se tratase de dóciles búfalos de agua.

Allí se estuvo parado un rato,  sin pensar siquiera en dar un rodeo por entre el chaparral y volver al camino más adelante.  Se disponía a regresar  al avión, sin saber bien para qué, cuando escuchó el motor de un todoterreno aproximándose a toda velocidad. Los búfalos se hicieron a ambos lados sin mucha alarma, como siempre, sin atropellarse: era sólo un Toyota Landcruiser  negro que atravesó raudamente el rebaño, avanzó resuelto hacia a Cristóbal y frenó a su lado.

Lo conducía una mujer que vestía bermudas y una franela muy gastada con el logo del  “Campamento Vacacional Las Bufalinas ”. Traía  puesta una gorra de los  Medias Blancas de Chicago.  Un zagaletón de la hacienda la acompañaba.

—   Buenas – dijo la mujer.

—   Buenas, señora.

—   ¿Aterrizó con bien?

Era la voz de Hermina Collado.

—   Aterricé con bien, gracias a Dios, pero no he debido  poner ese avión ahí.

—   ¿Usted es el fumigador de “Aeroponce”?

—   No. Yo soy Cristóbal, el dueño de “Aeroponce”. Usted habló conmigo.

Se presentaron formalmente y  Herminia  dijo:

—   Me agarró por sorpresa. Pensaba que nada más iban a sobrevolar.

—   Yo también. Pero se presentó una falla mecánica. Como tenía visual de su pista no lo pensé más y me lancé de cabeza.

Cristóbal subió a la trasera del todoterreno y fueron a ver el avión. Herminia conducía a mucha velocidad y en tres minutos estuvieron allí. Dieron una vuelta en torno al fumigador sin  detener el vehículo.

— Va a tener que desarmarlo y llevárselo en parihuela. De ese cangilón más nunca sale volando – dijo ella y tomó el camino de regreso a la finca.

Cada año, de  agosto a octubre, la mujer abría un campamento vacacional para escolares capitalinos. La casa de la hacienda hervía de niños en edad escolar que todo el tiempo se tomaban fotos unos a otros con sus teléfonos celulares. Herminia dejó a Cristóbal instalado en su oficina mientras se ocupaba del almuerzo de los chicos.

La oficina era un lugar umbrío con aire acondicionado. Su austeridad,  el escritorio “Reina Ana” de Herminia y la bulla escolar que venía del exterior sugerían la rectoría de un colegio religioso  durante la hora de recreo. Las paredes estaban cubiertas de fotos enmarcadas pero el resplandor del contraluz no dejaba verlas. Al quedarse a solas, Cristóbal llamó por celular al piloto y le contó del fumigador atrapado en la pista.

—¡Hágame el favor! ¿Y usted qué fue a buscar ahí?

— Vainas de viejo.  Vente para acá, broder,  a ver cómo hacemos.

Le indicó dónde estaba la finca, apagó el celular y se puso a mirar las fotos, una a una y con las manos enlazadas a la espalda.  Pesca con atarraya en ríos llaneros, partidas de caza en los años cincuenta. Tigres, pecaríes que allí llaman báquiros, y  venados  abatidos, muchos años atrás, por el papá de Herminia y  sus amigos. ¿A quién había esperado encontrar allí? ¿ A Meryl Streep como la baronesa Karen Blixen de Recuerdos de África?

Almorzaron juntos, al fresco, en una mesita bajo un tamarindo.  Herminia dijo estar harta de la carne asada y sirvió vermicelli con una salsa  fría hecha de nueces, queso parmesano  y aceite de oliva. Regaron la pasta con un Frascati muy frío. Herminia se había duchado y  cambiado a un vestido de verano de algodón estampado. Se conocía que se había hecho las tetas recientemente.

Durante el almuerzo Cristóbal supo que  Collado era el apellido de casada que conservó al divorciarse. Tenía dos hijos, varones y adultos ya, que estudiaban fuera del país, y una chica que acababa de entrar a la universidad.  El ELN había secuestrado a Herminia hacía unos años – en  otra finca de la familia, más al occidente, en la frontera con Colombia, que sus hermanos vendieron a precio de gallina flaca para recuperar parte del dinero del rescate –, pero eso no hizo sino encariñarla aún más con sus búfalas.

Perseveraba con la mozzarela y los bocconcini pero   el negocio mayor estaba en el beneficio de la carne.  Su principal comprador era un matadero industrial nacionalizado por el gobierno. Para cobrar, Herminia debía ceder parte del dinero a un oficial de la guarnición estatal. “Coronel Veinte Por Ciento lo llaman”, dijo. Cristóbal lo conocía de vista.

Herminia preguntó qué tipo de falla había sufrido el “avioncito” y si Cristóbal había corrido algún peligro y él mintió al decir que, una vez en tierra y en un santiamén, había alcanzado a corregir a mano limpia lo que andaba mal en el motor. “Una tontería” que ni siquiera necesitaba refacción, dijo. El problema ahora era la pista.

— Ya mandé a emparejarla –dijo Herminia mientras recogía los platos–. Con el favor de Dios estará lista la semana que viene.

—Lucro cesante– dijo Cristóbal , sonriendo resignado.

—¿Cómo dice?

“Lucro cesante”, repitió, se  sirvió más Frascati y se volvió en la silla para mirar a sus anchas a Herminia mientras ella regresaba a la casa con los platos, dándole la espalda.   Doña Bárbara sin bigotes ni  fatiga del motor, llegando a los cincuenta en pie de guerra, con nalgas retemblonas, sí,   pero con tetas nuevas. Llevaba una gargantilla de cáñamo con un dije de plata  en forma de búfalo y  un tatuaje pitiminí – otro búfalo – sobre el tobillo derecho. El único defecto que halló era su rostro: una cruza de Virginia Woolf y Tommy Lee Jones.

Después del almuerzo fueron a pie a la quesera que estaba a un cuarto de kilómetro de la casa. Una perrita sata e importuna  los acompañó. En un establo pequeño junto a la quesera se alojaba Hernando, el padrote decano, vástago de un rebaño traído de Italia hacía quince años. Cristóbal se asombró de que Italia exportase búfalos de agua. Los suponía indochinos, filipinos, brasileños. “Muérete que también tenemos búfalos rumanos”,  dijo Herminia, risueña. Hernando era trinitario. Cristóbal acarició la testuz de Hernando y dijo: “tremendo negocio tienes aquí ”, tuteándola de vuelta.

—Ni tan bueno– dijo ella.

Pagaba a la guerrilla colombiana novecientos dólares mensuales como vacuna antisecuestro y vivía amenazada de invasión por los vecinos sin tierra. La Guardia Nacional no iba contra ellos si no les pagabas y aun así nunca estabas seguro.  Al regreso, el piloto ya estaba allí, esperando a Cristóbal para llevarlo a casa. Había tenido tiempo de echar un vistazo al fumigador.

—¿Cómo hizo para ponerlo en ese chiribital?–  bromeó–. ¿Con una grúa-helicóptero?

Las fumigaciones se contrataban inmediatamente antes y después del invierno y ya se acercaba de nuevo el verano. Cristóbal pasó la semana mano sobre mano, dando largas  a los arroceros y a los cultivadores de sorgo que llamaban para hacer fumigar sus plantíos. El jueves estaba tan deprimido por el lucro cesante que no salió de la cama hasta casi mediodía, cuando   se levantó para ducharse,  rasurarse, vestirse e irse a almorzar con  el doctor Ménez, su amigo abogado. Los jueves solían reunirse en “Marcelo Grill”, el restorán mejor puesto de la ciudad.

Méndez estaba ya sentado a la mesa favorita de Cristóbal, bebiendo con un funcionario de la Gobernación. Siguió llegando gente amiga del abogado, tanta que terminaron por juntar dos mesas. Con ellos almorzó carne asada con yuca sancochada y ayudó a despachar  dos botellas de whisky. Una chicas que trabajaban en el Ministerio de Tierras alegraron la tarde.

El abogado y sus amigos atendían enrevesados asuntos por teléfono y a ratos se quedaban absortos en sus blackberrys, leyendo el correo y enviando mensajes de texto. A intervalos departían con Cristóbal. Se habló de los últimos secuestros y de las expropiaciones agrícolas: treinta en lo que iba del año, solamente en aquel Estado. Una chica mostró y leyó en voz alta algo que propagaba  el twitter: la invasión, estimulada o tolerada por el gobierno,  de la finca vecina a la de Herminia.”Así funciona el petroestado populista  clientelar”, dijo Cristóbal. También eso lo había escuchado decir a su hijo economista. Nadie reaccionó al comentario.

A las cinco de la tarde estaba  tan bebido que prescindió de su carro y regresó andando a casa.  Se echó vestido en la cama y  despertó a cerca de las diez de la  noche. Entonces, todavia echado, sin encender la luz, llamó en un impulso al teléfono celular de Herminia.

Estaba en Caracas, en un reencuentro de ex condiscípulas del colegio de monjas, promoción 1976. Al fondo se escuchaba My Life de Billy Joel, también risas y chillidos. Confundido, Cristóbal se excusó por lo tardío de la hora y sólo atinó a preguntar por el estado la pista. Herminia soltó una carcajada.

—Tú lo que estás es enamorado, chico– dijo.

La pista estaría cruda hasta la semana siguiente, ¿lo  había  olvidado?  Sin embargo,  Herminia dijo que le alegraba su llamada y luego preguntó a  quemarropa : “¿qué haces el sábado?”. Las vacaciones habían terminado, “no queda ni un chamo por todo aquello”.

—Vete para allá, chico, anda. Tipo la una de la tarde. Y nos damos un piscinazo.

En bañador enterizo, negro y turquesa, la baronesa Herminia Blixen-Collado luce aún mejor que con su vestido de verano.  Cada mañana nada un crawl lento, vigoroso y acompasado  que sostiene durante dos mil metros.

Herminia ha dispuesto en la mesita bajo el tamarindo una bandeja con jamón serrano, bocconcini, aceitunas, queso llanero, trocitos de casabe al ajillo, berenjenas braseadas, pimientos morrones, grissini. También Frascati, cerveza helada, vodka, jugo de naranja, agua de coco, ginebra, escocés.  Metidos en el agua hasta la cintura, con los tragos en el bordillo, a cada tanto Herminia despeja la pileta de hojas de mango caídas mientras Cristóbal, animado por el gin,  cuenta sus anécdotas más probadas.

La de mayor efecto ha sido siempre la de la fiesta  en la que  Carlos, el Chacal,  asesina a dos policías secretos franceses y un chivato argelino: una noche de 1975, el teniente Cristóbal Ponce, de la fuerza aérea venezolana,  abandonó sin permiso la base de Creil donde recibía entrenamiento para acudir a una cita a ciegas con una estudiante de posgrado, amiga de una amiga. Terminaron juntos  en una  languideciente fiesta   de estudiantes de sociología y ciencias políticas, en un minúsculo piso de la rue Touillier, en París.

Aquella fiesta animó la leyenda urbana  favorita de toda una generación de becarios del petroestado populista clientelar durante el boom de precios que siguió al embargo árabe del 73.

Todo el mundo estuvo en esa fiesta– dice Herminia–. Hay por lo lo menos doce mil seiscientas trece personas que dicen haber estado en la última fiesta del Chacal en París.

—Pues yo sí estuve ahí. Y llegué antes que empezaran los tiros.

Herminia se ha aboyado de espaldas para escuchar el cuento mirando plácidamente al cielo, incrédula pero divertida. Su monte de Venus, empacado en lycra negriverde,  sobresale, somero, del agua entre sus muslos dorados y al verlo Cristóbal experimenta un fogonazo hemodinámico.

En su relato, Cristóbal, vestido de paisano, bebía una copa de vino tinto y mordisqueaba  un trocito de queso, sin unirse a la conversación que su amiga había entablado con quienes, a todas luces, eran sus condiscípulos, cuando llamaron a la puerta.

Eran tres agentes de una agencia de seguridad doméstica –la Direction de la Surveillance du Territoire– que escoltaban a un chivato pequeñajo, manso  y argelino. Preguntaron por un hombre que salió de la cocina a recibirlos con buenos modales y hablando sosegadamente en francés. El argelino se exaltó al ver que el hombre lo ignoraba por completo y comenzó a manotear y a gritar, alternando el francés con el árabe. Los detectives pidieron al hombre que mostrara sus papeles y este se excusó: estaban en su chaqueta, dijo cortésmente, y se dirigió a la única habitación del apartamento en busca de ellos.

El argelino no dejaba de vociferar insultos en árabe. Los agentes decidieron esposarlo,  rutinarios e impacientes. Los invitados a la fiesta miraban todo esto, más curiosos que inquietos, cuando el hombre salió de la habitación con una pistola automática en la mano. Disparó primero  a la cabeza del argelino, luego a la de cada uno de los agentes.  Un tiro por cabeza, en controlada cadencia de fuego. No habían terminado de caer y ya el hombre saltaba por sobre ellos y corría escaleras abajo, sin despedirse. Cristóbal se lanzó inmediatamente detrás de él.¿ Por qué?

Porque andaba lejos de su base, sin licencia, se le había hecho muy tarde tratando de “concretar” con la estudiante de sociología  y todavía quería por sobre todas las cosas hacer carrera en la fuerza aérea. Acababa de ver matar a tres hombres – sólo el cuarto iba a salvarse –, debía huir de allí y regresar a su base cuanto antes. En la carrera escaleras abajo, Cristóbal fue más rápido que Carlos, tanto que casi le da alcance al llegar a la puerta. Carlos se volvió, dispuesto a disparar sobre él, y aunque apuntó directo a la cabeza no lo hizo porque Cristóbal alzó las manos y, espeluznado, gritó:

—Pas de culebra avec toi, pana! Ne me brûlez pas!   Pas de culebra!

Herminia se hundió en el agua de golpe, chapoteando  entre carcajadas.

—¿Qué fue lo que le dijiste?– preguntó, muerta de risa, achinando los ojos, el cabello chorreando agua.

— “No tengo culebra contigo, pana, no me quemes”.

—¿ Y porqué en un francés tan choreto?

—Del susto se me encasquilló el español y le solté esa vaina. Fue lo que  me salvó, digo yo, porque al oírme Carlos comprendió que yo era un huevonote inofensivo, bajó la pistola, me dio la espalda  y cogió la calle.

Cristóbal aguardó  unos segundos antes de salir él también y correr en dirección contraria a la que había tomado Carlos. Por la rue Victor Cousin ganó la Plaza de la Sorbona y en Saint-Germain-des-Prés tomó un taxi. Pagó una fortuna por la carrera: la base aérea de Creil está a setenta kilómetros de París.

A la mañana siguiente se las apañó para obtener, con una excusa inverosímil, permiso para abordar un Hércules C-130 que transportaba a Venezuela tres cazas Mirage IIIE, recién adquiridos, y una carga de piezas de recambio.

La policía francesa no tuvo que apretar mucho a los asistentes a la fiesta para que la estudiante de sociología identificara plenamente al hombre que solamente ella conocía y que había escapado junto con Carlos. Al aterrizar en la base de Palo Negro, fue detenido por la Dirección de Inteligencia Militar,  a solicitud de la Sureté francesa. Estuvo siete meses preso antes de que lo exoneraran de toda sospecha, pero igual lo echaron de la Fuerza Aérea y desde entonces era piloto comercial.

Por la noche, Herminia lo llevó al observatorio que, en un extremo de la pista y en noches despejadas,  disponía para los chicos vacacionistas desplegando dos docenas de sillas de lona extensible y plantando entre ellas un telescopio  con qué mirar por turnos la bóveda celeste del llano.

Ella misma dictaba la charla sobre las constelaciones del hemisferio austral que ahora brindó a Cristobal, sentado éste en una tumbona. Compartieron un habano que él había traído y bebieron ron seco en pocillitos. Herminia dejó los faros del todoterreno encendidos y dirigidos a otro lado para alejar los insectos.

El tractor de la finca, con una traílla uncida a él, estaba aparcado en la pista a medias reparada, junto al fumigador. Cuando terminó la instrucción sobre la bóveda austral, Herminia preguntó sin decir agua va: “¿Cuál es el avión mas arrecho que tú hayas volado?”

El respondió sin titubeo: el caza Dassault Dornier Alpha, de entrenamiento, del que se eyectó  en vuelo de prácticas sobre un viñedo, cerca de Aisne, durante su preparación para volar los Mirage IIIE, treinta años atrás. De no haberse eyectado no habría querido aterrizar nunca más.

—¿Y el avión que más hayas querido volar?

— Un Gipsy Moth. Un biplano como ya no los hacen.

Para ilustrarla sobre el biplano de alas retráctiles, contó que Denis Finch Hatton, el aristócrata “cazador blanco”, el guía de safaris que la baronesa Blixen amó, compró uno y lo llevó en barco a Mombasa, en Kenia, donde tenía su finca. Robert Redford hizo el papel de Denys Finch en la película de Sidney Pollack basada en las memorias de la baronesa

—¡Pero fue volando en ese trasto viejísimo que se hizo mierda!

—Los aviones no se caen, Herminia: los tumban los pilotos chambones como Denys Finch. Seguramente iba distraído  mirando los elefantes cuando entró en pérdida. Era cazador de leones, no piloto.

—Lloré como una mismísima cuando Robert Redford se da tremendo  bollo en el avión y se mata y Meryl Streep  se queda íngrima y sola. ¿Te gustaría matarte en un biplano de esos?

—No me voy a matar ni en ese ni en nigún avión.

Estaban ya los dos bastante achispados y se fueron a la cama temprano. La casa tenía varios cuartos de huéspedes y Herminia alojó a Cristóbal en uno de ellos. Al día siguiente, ya en casa, Cristóbal  pactó por correo la venta del Piper Arrow a la academia de vuelo en Costa Rica. Tan pronto la pista estuvo lista, días después, fue a la finca a recuperar el fumigador. Menos de una hora más tarde regresó pilotando el biplano de entrenamiento.

—¡Setenta mil dólares! Estás  buchón–dijo Herminia–.¿Qué  vas a hacer con todo ese dinero?

—Comprar búfalas. ¿Cuanto me cuesta una búfala?

—Vendrían siendo mil dólares por ser para tí. Cómprame seis nada más, para empezar. Llenas.

—¿Llenas de qué?

—De bufalinos, gafo. Con el favor de Dios en trescientos días paren y así vas viendo si me compras. Con la  leche que producen se paga la pensión. Son  ahorro semoviente porque no se  deprecian.  En cualquier apretativa se venden facilito porque la gente siempre querrá comer carne.

—Activo es todo lo que ponga dinero en tu bolsillo.

Cerraron el trato y él la invitó entonces a dar una última vuelta en el biplaza antes de ponerlo a punto para sus compradores. Sobrevolaron   a novecientos pies la finca vecina, invadida ya,  y el arrozal  sitiado por los búfalos.  Después treparon hasta los dos mil pies.  No era Mombasa lo que podía verse sino el petroestado populista autoritario y clientelar. Tampoco éll era Denys Finch Hatton, pero nadie es perfecto.

—Muéstrame mis búfalas, Karen–  dijo Cristóbal por el intercom. La luz del sol cabrilleaba en el agua de un embalse.

—¿Karen? ¿Me llamaste “Karen”?

*

El Pozo “Humboldt 66”

Oil is where you find it. (Anónimo petrolero)

Brendan Hatch vino a buscar petróleo en el verano del 56.

Un hombre llamado Gamal Abdel Nasser había nacionalizado en julio de ese año el Canal de Suez y creó problemas en el suministro de crudo dulce del Golfo Pérsico a las refinerías americanas. Continuar leyendo »

Mark Twain Escribe De la Entrevista Como Género

A nadie le gusta ser entrevistado y, sin embargo, nadie se niega a ello porque los entrevistadores son educados y de modales gentiles, hasta  cuando salen en plan de destruir. No doy a entender con esto que  siempre salen  a destruir intencionalmente ni que, sólo luego de haber destruido, cobran conciencia de ello. No; creo más bien que su actitud es la del ciclón que sale con el cortés propósito de refrescar una villa sofocada por el calor, sin percatarse luego de que le ha hecho de todo menos un favor.

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El Bufón Mortífero

Adam Kirsch
(Traducción Ibsen Martínez)
Slavoj Zizek es uno de los pensadores más influyentes del mundo. Se le trata como a una estrella mediática y las universidades compiten por tenerlo en su planta de profesores. Una pregunta: ¿alguien ha leído qué es lo que escribe?

Yo di los nombres

Adrian Leftwich
Sudáfrica, 1964. El activista de un grupo en contra del apartheid es detenido por la policía secreta del Cabo. Sometido a interrogatorio, debe escoger entre guardar un silencio estoico o evadir el miedo a la muerte a cualquier precio. La decisión que toma se transforma, cuarenta años más tarde, en un desgarrador testimonio sobre el honor, la traición y la redención de un ser humano.

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Fortunata y Jacinto

A Ricardo Cayuela Gally

Llevaba diecisiete meses sin trabajo cuando llamaron del canal estatal: la amante del presidente de la República se disponía a escribir el culebrón de las nueve. Necesitaban un libretista con experiencia.

—El Number One nos la mandó con una tarjeta de recomendación. Enfática, caballo. Puño y letra —dijo Fariñas, el gerente de Dramáticos.

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Un Oficio del Siglo XIX

A Juan Villoro

Un hombre entabla conversación con el barman de un hotel en México, D.F., mientras hace notas sobre los libretos de una telenovela.

Los ha puesto sobre la barra y los lee con la mitad de su atención. A ratos subraya una palabra, a ratos traza redondeles. En la conversación toma para sí el papel de quien siente gratitud por una ciudad que dice conocer muy bien pero que, en realidad, visita por primera vez.
Cuando al fin llega la pregunta: “¿Y a qué se dedica el señor?”, responde que ha venido a matar “una porción de pinches viejas”. Suena rencoroso y remeda deliberada y pendencieramente mal el acento local. El barman sonríe entonces una sonrisa de “Éste ya se puso hasta la madre” y se aparta de él sin aspereza.

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