Nadie, o casi nadie, recusa el estragado patrón de belleza del Osmel  Sousa, imbuido de racismo y de una   obcecada aspiración de simetría que ha logrado el prodigio de que la Miss Venezuela de cualquier año sea indistinguible de la del año anterior. ¡Hasta el gesto de incrédula, histérica  sorpresa de lágrima fácil con que cada una recibe la noticia de haber sido elegida parece maquinal fruto de ensayo ante el espejo de una linea de producción digna de una planta de ensamblaje Toyota!

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