Cuando cerré el libro de Javier Corrales y Michael Penfold que hoy comento, no pude dejar de pensar que “Dragón en el trópico” [ “Dragon in the tropics: Hugo Chávez and the political economy of revolution in Venezuela” , Brookings Institution Press, Washington, D.C. 2011] ofrece, entre otras excelencias, una inquietante explicación de “la viabilidad de lo inviable” y de las razones de su perdurabilidad que invita al lector a revisar buena parte de lo que hasta ahora se nos ha ofrecido como interpretación de porqué el chavismo, como el Tiranosaurus Rex del cuento de Monterroso,  sigue allí.

El escritor estadounidense Paul Theroux acuñó la expresión “explicador de aldea” en uno de sus libros sobre otro autor contemporáneo: el británico – de remoto origen trinitario –  V.S. Naipaul, a quien, en 2001,  le fue otorgado el premio Nobel de Literatura.

La expresión no está exenta de irónico desparpajo, pero tampoco es del todo un  sarcasmo. Para un autor de estupendos libros de viajes como Naipaul,  la figura del explicador de aldea resulta absolutamente insoslayable. Sin él, no habría sabido dar forma a sus incisivos libros sobre la India, Suramérica, Africa o  el mundo islámico no-árabe.

¿Qué es un explicador de aldea?   Es muchos casos se trata de un nativo, pero ello no es condición necesaria ni mucho menos suficiente. Tampoco es preciso que sea un especialista en ciencias sociales. Lo característico, la diferencia específica, lo que hace difícil dar con un buen explicador de aldea,  son su familiaridad con el medio que describe, aunada a una prevenida suspicacia de toda sabiduría convencional sobre el mismo.

Visto así el asunto, todos hemos deseado  alguna vez ser un notable explicador de aldea. Basta recordar la última vez que un musiú muy bien intencionado, de visita en el país, nos ilustró con un simplista sumario de las “verdaderas” causas de nuestra ya prolongada discordia nacional.

El buen explicador de aldea no pierde nunca los estribos, no se escandaliza ante los preconceptos que el visitante ha traído en su equipaje o las ideas falsas que ha podido concebir durante su vuelo rasante. Al contrario, con suma paciencia ofrece contraejemplos que le permitan hacer iluminadoras distinciones.  Suele ocurrir que, en el proceso, él mismo advierta que sabe mucho más de lo que imaginaba.

Quien esto escribe se ha visto, como casi todo el mundo, en el trance de explicar la aldea, pero carezco por completo de la bíblica paciencia que requiere el oficio. En especial si mi interlocutor es un mochilero neo-trotskista holandés invitado por el Ministerio del poder popular  correspondiente a un congreso sobre las posibilidades del trueque como moneda social transamazónica.

He mencionado al principio a Sir Vidia Naipaul, un autor sin duda controvertido, cuyos pareceres sobre  muchas naciones del Tercer Mundo, muchas de ellas sociedades descolonizadas durante la segunda mitad del siglo XX, no se caracterizan por su correccion política. Al contrario, su visión de lo que él llama “sociedades a medio hornear” suele irritar a los bienpensantes de izquierda por un implacable pesimismo que algunos tachan de eurocéntrico, cuando no de francamente  neocolonialista.  Me apresuro a decir que no he traído aquí a Naipaul de modo casual.

Casi todas las ficciones  de Naipaul transcurren en países de embuste, recurso novelístico que a estas alturas nadie recusará. Son países del Tercer Mundo, imaginados desde la propia experiencia de Naipaul en Africa o en las Indias Occidentales, por poner sólo dos ejemplos.

Sus narradores no son “exploradores blancos” provenientes del mundo metropolitano; no son corresponsales, ni espías ni diplomáticos. Suelen ser   habitantes de esas naciones que él juzga a medio hacer.  Una característica de sus ficciones es que transcurren en países que experimentan cambios profundos, de los que no hay precedente orientador. Cambios estremecedores para la vida del común  y que la vieja retórica llamaría “revolucionarios”.

Para no ir demasiado lejos con Naipaul diré que, en mi opinión, esas ficciones versan brillantemente, entre otras humanas cosas, sobre la tortuosa viabilidad de lo aparentemente inviable. Y sobre la diabólica capacidad de perpetuación que, en ocasiones, muestran proyectos políticos que la sabiduría convencional juzgaría condenados al fracaso más estruendoso.   Al decir esto, pienso especialmente en “Un recodo en el río”, uno de las más notables novelas de Naipaul.

2.-

Cuando cerré el libro de Javier Corrales y Michael Penfold que hoy comento, no pude dejar de pensar que “Dragón en el trópico” [ “Dragon in the tropics: Hugo Chávez and the political economy of revolution in Venezuela” , Brookings Institution Press, Washington, D.C. 2011] ofrece, entre otras excelencias, una inquietante explicación de “la viabilidad de lo inviable” y de las razones de su perdurabilidad que invita al lector a revisar buena parte de lo que hasta ahora se nos ha ofrecido como interpretación de porqué el chavismo, como el Tiranosaurus Rex del cuento de Monterroso,  sigue allí.

El método seguido por los autores, y sobre todo, la disposición de dar respuesta a la pregunta por la desconcertante resiliencia de lo aparentemente inviable, sin duda hace de este libro uno de los más extraordinarios  análisis de la Venezuela contemporánea puestos a nuestro alcance.

La premisa mayor del libro es la de que nos hallamos en lo que la literatura especializada llama un “régimen hibrido”, sistema político en el que, recurriendo a palabras de los autores, “los mecanismos que determinan el acceso a la gestión estatal combinan prácticas a un tiempo democráticas y autocráticas”.

Muchas consecuencias inesperadas para el país, tanto como para el lector, derivan de esta caracterización, muy alejada de la de “dictadura pura y dura”.

No arruinaré en un párrafo o dos lo que a los autores les toma  bien contadas 195 páginas de comprehensiva y, sobre todo, clarísima y amigable  exposición de sus conclusiones. Me referiré solamente a una de ellas. Y es al amasijo de precondiciones que Corrales y Penfold llaman “la maldición de los recursos institucionales” que han hecho posible el tránsito hacia el ejemplar régimen híbrido que padecemos.

Esta noción – la maldición de los recursos institucionales –, paráfrasis política de un concepto originalmente económico, alude a una insuficiencia de las insituciones que precede históricamente al chavismo.

Tengo para mí que el logro de mayor alcance que ostenta este libro es el de haber logrado poner en relación  pertinentemente discursiva, y dando muestras de una gran creatividad interpretativa,  la noción de régimen híbrido con la de petroestado. En esa intersección se cifra la singularidad del neopopulismo venezolano, con todas sus crueles paradojas.

La de que el precio pagado por el autoritario régimen “petropopulista” para asegurar su competitividad electoral haya sido afectar negativamente, de modo que hasta ahora luce   irreversible, la actividad petrolera no es la menor de esas paradojas.  Ni que ello haya ocurrido en el  curso del boom de precios más abultado y duradero de toda nuestra historia contemporánea. A partir de esas constataciones, este libro nos lleva a confrontar  hechos y tendencias que, ciertamente, no halagarán a los optimistas.

Entre los hechos más tercamente irreductibles está el que los regímenes híbridos estén claramente mejor dotados  que los democráticos para  “surfear” por sobre  el ciclo de booms y de sequías de precios. Y lo son  de un modo que condena al infierno de la puerilidad la frase “ deja que bajen los precios para que vean”. Esto último dicho siempre como si, en el futuro previsible, los precios del crudo puedan entrar globalmente en baja.

El subtítulo de este libro acota su tema central: la economía política de un régimen híbrido, marcadamente estatizante y militarista,  instaurado sobre  un petroestado secularmente populista.

Los autores de “Dragón en el trópico” [ que pronto tendrá editor en nuestra lengua ]  logran con creces lo que se propusieron: mostrar el mecanismo económico y político que explica la para muchos exasperante – e inexplicable– “insumergibilidad” del chavismo. Y ofrecen, a quien quiera actuar en política, un sereno y aleccionador ejemplo de cómo debemos pensar al más formidable y proteico adversario de las libertades públicas e individuales que haya enfrentado la sociedad venezolana en el último siglo.