Hoy, correr – correr de modo deliberado y rutinario; correr como disciplina que genera su propio pensar sobre sí misma – forma parte de un globalizado repertorio de conductas humanas que habría resultado  sencillamente impensable  hace medio siglo.

Sobre las ventajas de correr se ha escrito un Himalaya desde entonces, y también, a buen seguro, sobre mucha gente saludable que ha caído fulminada por la muerte súbita por la falla de una artera válvula aórtica, por causa de una arritmia o, sin más, por un infarto masivo. La sarcástica letalidad de este tipo de episodio es tanto más cruel cuando más devoto creyente de las virtudes del aerobismo y de los complementos antioxidantes es el deportista muerto.

Leer artículo