En “La rebelión de los náufragos” figura una larga entrevista concedida por mí a su autora, Mirtha Rivero. Lo que sigue no se aparta en lo esencial de lo vertido allí…salvo  en una conclusión que encuentro insoslayable.

Hace cerca de treinta años, en una de sus más celebradas novelas, don Mario Vargas Llosa tomó una añeja y malsonante palabra castiza y la elevó a una dignidad que nunca antes había tenido. Esa palabreja es “escribidor”.

La voz “escribidor” ha corrido con muy buena fortuna desde los tiempos de “la tía Julia”.Yo, al menos, la encuentro muy  adecuada para describir la profesión del libretista de telenovelas.Transmite cabalmente la idea de una tarea ardua,  prolongada, frenética, desmañada  y fútil. Lo sé muy bien porque durante un trecho de mi  vida fui escribidor de culebrones.

Un estudio de televisión donde se graben culebrones es una bestia negra devoradora de libretos. La misión del escribidor  de culebrones es producir libretos y lanzarlos a las fauces de la bestia antes de que el estudio lo alcance y lo devore a él.  Para ello tiene que sacarle ventaja al frenesí devorador del estudio.  Debe escribir libretos a toda máquina y en equipo con otros plumarios igualmente frenéticos. Permítanme algunas precisiones sobre la industria de la telenovela. Y perdonen de antemano si llego a ponerme demasiado “macroeconómico”.

2.-

Igual que el petróleo, la cocaína o el Miss Venezuela, la telenovela es un rubro de exportación. Un economista diría,además, que al menos en nuestro país, se trata de una industria poco intensiva en capital, a diferencia de la del petróleo. Y diferencia de la del petróleo, requiere muy poca tecnología de punta:  sólo un poco tirro, cartón piedra, cámaras de video de baja resolución y en soportes que toleran muchas generaciones de reproducción de video.

Se produce en bolívares –la moneda más devaluada del planeta, después de la de Zimbabue –, y se  vende en dólares americanos. Se vende muchas veces y en muchos mercados, alguno de ellos grandes mercados emergentes, como la India. En países como Indonesia y sus cien millones de habitantes. O los de la antigua Unión Soviética y sus satélites, para no hablar de las redes latinas en Estados Unidos yde Iberoamérica.

Globalmente considerado, se trata de un negocio de miles de millones de dólares al año. Sin contar la publicidad.

Para el escribidor, que a cambio de un salario cede los derechos de autor, una telenovela es un relato que consume unos ciento cincuenta capítulos.En realidad bastan dos capitulos– ¡sólo dos– para contarla:el primero y el último. Entre ambos deben ir los otros ciento cuarenta y ocho, cada uno lleno de cuarenta y cuatro minutos de obstáculos entre los amantes, invariables contratiempos de invariable invención. Es decir, de nada memorable. Y todo en 40 cuartillas excretadas en jornadas de hasta nueve horas de  escritura.

Hay , por supuesto, fenómenos de productividad, como la cubana Delia Fiallo y el colombiano FernandoGaitán. Yo no: mi pecado capital es la pereza.

Una mañana de mil novecientos setenta y tantos, José Ignacio Cabrujas,  me  dijo: “ Poeta , usted nunca hará fortuna en este negocio: tiene demasiados pudores literarios y lo peor es que le falta tesón: nunca llegará a los ciento cincuenta capítulos”. Alguien más honesto que yo se habría retirado  en ese mismo instante de una industria para la que no tenía suficiente musculatura anímica, pero yo quería el dinero que paga la industria de la telenovela. Quería el dinero … pero sin los 150 capitulos.

Eso es el equivalente moral de pretender ser pitcher abridor de un equipo de grandes ligas y ganar millones de dólares sin lanzar nunca los seis innings reglamentarios cada cuatro noches, de acuerdo a la rotación de pitcheo. Como ven, estoy hablando de una picaresca. Mi propia picaresca.

En ese talante ideé el Método Martínez para permanecer en la nómina de libretistas sin escribir nunca un argumento original.   Para lograrlo, bajaba el periscopio y navegaba bajo la superficie, sin dejarme ver en lo posible. Si me veían y me llamaban para escribir una telenovela, optaba por la línea de menor resistencia y me ofrecía como adaptador o dialoguista.

Los adaptadores adaptan: trastean con libretos ya probados. Los  dialoguistas se limitan a escribir justamente eso: diálogos. No urden argumentos; no tienen la responsabilidad ni la obligación de ganar el rating. Permanecen en la sombra; son escritores fantasmas de quince y último.

Comencé a labrarme una pésima reputación entre los ejecutivos de la industria. Si me encomendaban escribir una telenovela, me esmeraba durante los primeros cuatrocientos metros, pero al llegar al primer codo de la pista perdía fuelle; invariablemente desfallecía y tiraba  la toalla.

Muy pronto encontraba el modo de darme por ofendido, estuviese o no ganando el rating. En realidad, me hacía el ofendido   antes de comenzar a perder el rating. Y  me daba por ofendido por cualquier cosa: por algo que dijo o hizo o dejó de hacer el ejecutivo de producción; ¡por cualquier pendejada!

Entonces escribía una larga, enjundiosa carta de renuncia. Tengo la impresión de que la carta de renuncia es uno de los pocos géneros literarios en  que he descollado. La perfecta carta de renuncia tiene que ser irrevocable, porque si no, corres el riesgo de que te den la razón, cambien al ejecutivo, y tengas que seguir escribiendo hasta llegar a los 150 episodios.

Ustedes se preguntarán, ¿qué sentido tiene renunciar a un buen salario? Sobre todo si a la telenovela le está yendo bien en la medición de audiencia. La respuesta está en mi pecado capital: la pereza, la molicie. Quería el dinero y tiempo para gastarlo.  Hablo de una época en la que imperaba el régimen de prestaciones; quizá algunas personas muy mayores entre el público lo recuerden.

Con el cheque de liquidación – antigüedad, indemnización por censantía, etc– podía apartarme de todo aquello durante un año y dedicarlo a eso que llaman “ocio creador”. Sólo que en mi caso era ocio, simplemente.  No  tenía nada de creador. ¿La telenovela inconclusa? La terminaba de escribir alguno de mis dialoguistas. Alguien con más tesón que yo. A esa especie de año sabático, logrado tan inescrupulosamente, yo lo llamaba “la beca Granier”. O la “beca Cisneros”, según la víctima.

Con el tiempo, fui acumulando un dossier, una verdadera antología de cartas de renuncia. Llegó un momento en que ya no fueron de renuncia, sino de despido.  En aquellos días, la industria de la televisión era un cartel   oligopólico. Con muy poca rotación laboral. Pero, modestia aparte, el talento no abunda y  fatalmente, al terminar mi sabático, me re-enganchaban.

Así, pude sobrenadar durante unos quince años en la nómina mayor de libretistas sin producir jamás una telenovela realmente memorable. Siempre como el  subdialoguista Martínez. Pero no se puede estirar indefinidamente la buena suerte: en alguna parte, algún ejecutivo se dio cuenta de aquella estafa continuada. A comienzos de 1991 se me hizo evidente que mi contrato vencería a fines de año y que ese sería el fin de mi carrera delictiva.

En junio de aquel año comencé a preocuparme. No sonaban mis teléfonos. Por precaución, escribí la sinopsis de una telenovela que titulé “Eva Marina”. Y escribí el primer capítulo, por si acaso. Y comencé a frecuentar el canal. Intentaba hacer citas, pero ningún ejecutivo parecía interesado en echar un vistazo a mi proyecto.  Me asusté. No había ahorrado ni medio en todos esos años.

Comparados con los salarios de la televisión, lo que paga el periodismo impreso o la publicidad, son peanuts. Ví abrirse un abismo a mis pies: el abismo de la indigencia. Muy preocupado, le pedí un favor a mi amigo Diego Bautista Urbaneja, por entonces director de El Diario de Caracas. El diario formaba parte del holding de empresas 1BC, cuya cabeza visible era el doctor Marcel Granier. El favor era ayudarme a “baipasear” a los ejecutivos renuentes y ponerme directamente al habla con el propietario. Una noche de noviembre de 1991 cenamos los tres juntos.

Me concentré  mentalmente, y mucho, antes de ir a aquella cena. Debía encarnar a un analista político. Hablé del estallido social de febrero del 89, ocurrido apenas  dos años atrás. Hablé de las dificultades del plan de ajustes macroeconómico, de la corrupción rampante, del desempleo creciente, de la inflación,  de la crisis del bipartidismo, cité cifras del Banco Internamericano de Desarrollo y del PNUD.  Sugerí que el año siguiente la “agenda social” iba a recalentarse y que convendría estar preparado para ello.

Me refería justamente al año para el que todavía no tenía contrato, aunque eso no lo mencioné, y terminé proponiendo sacar el aire una telenovela “con comentario social”: esa fue la expresión que utilicé.

El doctor Granier no pareció muy convencido,  pero a los pocos días llamó alguien del canal para que fuese a firmar la renovación del contrato. Respiré aliviado. Aunque estaba persuadido de que los ejecutivos renovaban mi contrato a regañadientes y  sólo por órdenes superiores, estaba claro que me darían largas, que nunca me encomendarían la telenovela estelar. Tenía ante mí un año completo  para el disfrute de la beca RCTV.No volví a saber de los ejecutivos ni ellos de mí.

Hasta que el 4 de febrero, un teniente coronel de paracaidistas, hasta ese momento desconocido,  encabezó una sangrienta intentona de golpe. Esto, sin duda, hizo repicar campanillas de alarma en  alguna parte y en menos de tres meses salía al aire mi telenovela “de comentario social”. Con otro nombre, claro. Y un soundtrack de Yordano.

Todo el mundo adora que le cuenten una conspiración. Hay quien prefiere creer que la caída de CAP, el fin del bipartidisimo, del régimen de concertacion de élites – el llamado Pacto de Punto Fijo– fue obra de una  conspiración de notables como Uslar Pietri, Ramón Escovar Salom, Marcel Granier, Pablo Medina y el CEN de Acción Democrática.

Es posible, pero en todo caso, a mí no me hicieron partícipe.

Igual llámenme náufrago.