El buen teatro invariablemente te manda a casa haciéndote preguntas. Y la pregunta que  “La Ola”  deja flotando en la sala es : “¿estamos seguros de que no puede pasar aquí?”

Les presento, una vez más,  al idiosincrásico profesor  que experimenta con métodos heterodoxos de enseñanza en un salón  de clases lleno de adolescentes díscolos, desaprensivos, ansiosos, promisorios.

Es un dispositivo dramático siempre tentador que, sobre todo en el cine, ha recorrido con los años el registro que va de lo sensiblero a lo verdaderamente humano y profundo;  desde “Semilla de maldad” ( Richard Brooks, 1955), pasando por “Al maestro con cariño” ( James Clavell, 1967) o “La plenitud de Miss Jean Brodie” (Ronald Neame, 1969) hasta “La sociedad de los poetas muertos” (Peter Weir, 1989) o “Descubriendo  a Forrester” ( Gus Van Sant, 2000).

Denominador común del género es, por supuesto, el discurrir sobre la educación de un carácter : la forja del adulto a partir del adolescente: un avatar de lo que los alemanes dieron en llamar “bildungsroman”: el relato de un aprendizaje, de una formación;  la historia de una pérdida de la inocencia.

“La ola” (Die Welle, 2008), del realizador alemán Dennis Gansel, aun sirviéndose  de la dupla “aula-profesor”,  se aparta apenas de esa fructífera tradición para  construir  una deslumbrante metáfora del totalitarismo y las insidiosas maneras que tiene de instaurarse en una sociedad que se cree libre. Aborda un tema escapadizo: la química orgánica que rige el origen de los regímenes fanáticos y masificadores del siglo XX y que muchos creían y aún  creen cosa superada en el siglo XXI.

2.-

Acostumbrados a que sea el cine quien siga al teatro, sirviéndose casi siempre de piezas exitosas transmutadas en guión cinematográfico, la agrupación teatral “Skena”, que lidera el actor Basilio Alvarez, nos sorprende con un brillante montaje cuya mayor virtud es la autonomía de su teatralidad. En este caso, es el teatro el que “sigue” al cine y  el resultado es sencillamente prodigioso.

Yendo a los orígenes, tanto la película alemana como  el montaje venezolano se remontan a   hechos reales, ocurridos en una secundaria de Palo Alto, California. Ambas ganan en la transmutación.

Los hechos: en la escuela secundaria Cubberley, en 1967, un profesor llamado Ron Jones propuso a sus alumnos, burla burlando, un experimento encaminado a mostrar que ninguna sociedad abierta es inmune a la aparición de la peste totalitaria.  Se trata de lo que los expertos en dinámica de grupos llamarían un “juego de roles”.

Al cabo de esa única primera semana, el efecto neto, en modo alguno procurado deliberadamente por Jones – él sólo quería ilustrar qué cosa es una sociedad totalitaria– fue la diseminación entre todo el alumnado de la secundaria de una epidemia colectivista: un fenómeno de sectarismo inquietantemente indetenible y violento.

El modo en que todo esto ocurrió remite a la “epidemiología de las ideas” descrita por el sociólogo canadiense Malcolm Gladwell.

La película, ambientada en Alemania y en época actual,  está soberbiamente construida sobre un guión de Peter Thorwarth y el propio Gansell, un guión  que se diría inmejorable.

Tan bueno que dio pie a la  versión teatral que, en Caracas, ha escrito Basilio Alvarez. Como no soy un ecuánime y severo crítico teatral, sino un tipo a quien le gusta el teatro,  puedo permitirme un entusiasmo patriotero: la versión de Basilio Alvarez sublima lo mejor del guión cinematográfico germano.  Y permite que otro Alvarez – Armando,  no Basilio­ –, el brillante director de “La Ola” caraqueña, construya un espectáculo que algunos llamarían “multimedia” y que este cronista llama teatro a secas…y del bueno.

3.-

Las intrusiones del video y, hablando en general, de elementos  audiovisuales en el teatro no son en absoluto una novedad. Desde los años veinte del siglo pasado fueron muy socorridas. El resultado rara vez justificaba el recurso y en esto, creo, hay consenso entre los directores contemporáneos que aún apuestan al hechizo de la palabra y el gesto.

Sin embargo, Armando Alvarez se las apaña  para conjugar diestramente la acción teatral con el video – tanto pregrabado como en vivo –, y esto de un modo armónico, algo  sumamente difícil de alcanzar. En especial si, en algunos momentos, llega a haber dieciocho actores en escena.

Descontando a la bella y convincente Catherina Cardozo ( Anna), al astuto entre los actores astutos Juan Carlos Ogando ( profesor Wieland), y al protagónico Basilio Alvarez ( el profesor Zelko Rainer, trasunto del Jones californiano), el elenco de “La Ola” reúne a un grupo de novísimos jóvenes actores entre quienes, a  no dudarlo, está el futuro del teatro venezolano. Son los díscolos, desaprensivos, ansiosos y promisorios alumnos de Zelko Rainer.

Si quiere usted saber sus nombres tendrá que leerlos en el programa de mano – ¡son un pelotón ¡ – y para ello lo mejor que puede hacer es ir a ver “La Ola”, la próxima semana,  en la sala de usos múltiples del Teatro Trasnocho Cultural, cuya programación puede consultarse en su página (www.trasnochocultural.com).

Sin embargo, sé que ninguno de esos jóvenes se resentirá de que alabe aquí a sólo tres de sus compañeros de elenco: a  Valentina Rizo (Mona), a Teo Rodríguez (Tim) y Alejandro Díaz( Ferdi, el exasperante guasón de la clase; tan vívidamente  exasperante que, a ratos, el espectador siente ganas de subir a escena y estrangularlo).

No daría cuenta cabal de la fluidez con que discurre esta compleja propuesta sin mencionar otros logros: la escenografía de Carlos Agell y la incorporación de una banda sonora que es  afortunado convivio de lo más granado del rock nacional con la música original de Gabriel Figueira.

En los videos pregrabados, el montaje ostenta el lujo de los consagrados Julie Restifo, Martha Estrada e Iván Tamayo.

Al salir de la sala y llegar a casa, aún turbado por el inesperado desenlace de “La Ola”, caí en cuenta de que, sumido en la penumbra de la sala, ella me  había estado recordando  el tema de un novela de “política-ficción”,escrita por el estadounidense Sinclair Lewis, que causó revuelo en su país en 1935, apenas dos años luego del ascenso de Hitler al poder.

Su titulo es “It can’t happen here” ( “Eso no puede pasar aquí”), y  narra la peripecia imaginaria de un sagaz y arrollador demagogo americano que, contra todo pronóstico,  crea su propio movimiento,  su propia milicia… y gana la elección. Luego tuerce las las leyes hasta convertir a los Estados Unidos en una estado totalitario y policial.

Pensé por un rato en usurpar el título de Lewis para esta crónica. Igual no quiero dejar de invocarlo porque el buen teatro invariablemente te manda a casa haciéndote preguntas. Y la pregunta que, al finalizar, “La Ola” queda flotando en la sala es precisamente esa: “¿Porqué estamos tan  seguros de que no puede pasar aquí?”