To every Man his Mystery /A trade and only one. (G.K.Chesterton)

Chesterton sugiere  en sus versos que a cada hombre bastan su misterio y un oficio. Mi asunto es el misterio de  Rafael Bolívar Coronado, escritor de  oficio venezolano.  Bolívar Coronado– a menudo, en lo sucesivo, diremos simplemente Bolívar –  abrazó para siempre su indescifrable vocación mientras actuaba como secretario de un   general cuyo nombre  suena  a conchabado de  Tirano Banderas: se llamaba León Jurado y era  secuaz del sanguinario dictador Juan Vicente Gómez, quien lo había hecho gobernador del remoto estado Falcón: la costa más septentrional del Caribe venezolano.

El episodio es la nuez de la única efusión autobiográfica de Bolívar, “Memorias de un semibárbaro”. Leída hoy, pasaría a ratos por un inédito de Jorge Ibargüengoitia. Su situación y su argumento se enuncian  en  veloz pretérito imperfecto: Yo había era poeta y había ganado unos juegos florales, había escrito la letra del ‘Alma Llanera’ – intrincada zarzuela nativista –  y obtenido el favor del Emperador con las mismas artes del mandarín de un poema de Ramos Sucre: comparando su rostro al de la luna.

La merced concedida  al joven poeta impecune es hacerlo tenedor de libros en los trabajos  de una tortuosa carretera interestatal, construida por presos políticos.  El paisaje es árido, xerófito;  se está siempre a pocas millas náuticas   de la ventosa isla de Curazao, posesión neerlandesa y refugio de enemigos del gobierno.

El gobernador Jurado y el oficial  de presos se detestan mutuamente y sin recato.  “ [El general] Jurado me distinguía con su amistad – escribe el semibárbaro– y el jefe de la carretera con su confianza; teníala tanta en mí que entre los dos nos apropiamos del presupuesto de la carretera: con orden de tener trescientos hombres en los trabajos, sólo ocupábamos doscientos.

Imparto ahora la preocupación mayor del dictador Gómez en aquel verano de 1913. Pronto vencería su período constitucional sin que el congreso hubiese modificado el artículo referente a la duración del mandato. El congreso no era de fiar porque todos los diputados habían sido designados a dedazos por el anterior dictador, Cipriano Castro, compadre de Gómez depuesto por éste en un descuido de aquel. Castro, sin embargo,  no se resignaba a morir en el exilio y fraguaba o alentaba invasiones desde Trinidad, desde Colombia o Curazao.

En la jerga antinarcóticos de hoy día se nos habla de “entregas vigiladas”; pues bien, Gómez, el tirano, buscaba algo parecido a una “invasión vigilada”: una intentona controlada a distancia que,  al fracasar,  le permitiese justificar el estado de excepción y permanecer  indefinidamente en el poder. Luego buscaría el modo de hacerse de un congreso obsecuente  para cambiar las reglas.

El mejor candidato para encabezar una invasión vigilada era Simón Bello, de profesión comerciante, llamado cariñosamente “ el gordo” , nombrado general en razón de ser cuñado de Castro y cabeza del exilio en Curazao. Según el semibárbaro, el gordo Belllo era expresión superlativa de lo que gusta en llamar “chulería épica criolla”.

La movida de apertura del gordo fue intentar sobornar a Lázaro González, un sigüi de León Jurado, para que amotinase las tropas a su mando, hiciese preso al gobernador, al comandante de armas y a todos los empleados del gobierno estadal.

Lázaro González corrió a delatar  al gordo Bello. Jurado pidió instrucciones a Gómez y este ordenó que la propuesta del gordo “fuese aparentemente aceptada, y una vez que desembarcase, se fingiese obedecer sus órdenes hasta hacerle revelar todos cuantos planes pudiese tener Castro.” Después, reducirlo a prisión, junto con los demás malos hijos de la patria.

Jurado y su comandante de armas intentaron redactar juntos la carta-cebo  con que Lázaro atraería al gordo Bello a la celada. Lázaro opinó, luego de leerla, que, la verdad, no parecía cosa suya, que le faltaba algo, que el estilo es el hombre, que el gordo era muy zamarro y no picaría. Se negó a firmarla y el gobernador propuso entonces llamar “al poeta ese que lleva las cuentas de la carretera.”

Al hacerse cargo de la situación como ministril del general Jurado, el semibárbaro concibió una fantasía coral de mensajes facciosos. Primero envió un telegrama que rezaba, escueta y cautamente: “Recibido. Va carta.L.C.”.   La carta, enviada días más  tarde, pretendía ser un informe político sobre el descontento en las guarniciones de la región. Deliberadamente farragosa, trufada de chismorreo cuartelario, de errores ortográficos e inconcordancias de género y número, reclamaba la presencia del gordo Bello en Venezuela pero, a la vez, sugería paciencia.  Convenía acumular fuerzas antes de dar el primer paso.

Terminaba poniendo al gordo Bello sobre aviso mensajes de adhesión que le llegarían desde muy distintas poblaciones del estado bajo la forma de inocentes telegramas de asunto comercial o privado. “Ese sí parezco yo”, exclamó Lázaro, muy halagado.

La parodia y la usurpación de identidades asomaba desde entonces como el método Bolívar Coronado.  El semibárbaro inventaba topónimos con pasmosa fluidez y trasteaba desenvueltamente con   verosímiles nombres y apellidos falsos. Así, comenzaron a llegarle al gordo Bello sugestivos telegramas y esquelas  desde todas las guarniciones, haciendas  y pulperías  del estado.

La pieza maestra de la serie fue el circunstanciado relato, hecho en un profuso y radiante telegrama, escrito ya sin parar mientes en el costo por palabra, de la arrojada toma de la capital del estado y el apresamiento del general  Jurado y su estado mayor. “Desde esta madrugada, Coro es nuestra, general”, declara. La exhortación final es perentoria: el gordo debe pasar a Venezuela y  ponerse al mando de una inminente insurrección general antes de que el dictador Gómez  note algo raro y reaccione.

A partir de la ficticia toma de Coro, los telegramas que en un mismo día llueven sobre el gordo Bello dejan de ser cautelosos y, característicamente,  se tornan desembozados, jubilosos e insistentes.

La fantasía coral termina con tres secos despachos de Lázaro  González: “Véngase ya, ligero”. “Véngase ya”. “Véngase”.

*

Comparto ahora algunos párrafos de Bolívar para encarecer su don narrativo:  “Recibió Lazarito ( Lázaro González, a quien llamábamos así extramilitarmente), recibió Lazarito ( repitámoslo para no desentonar la armonía del párrafo) un cablegrama de don Simón en el que le anunciaba su próximo arribo. Esto ocasionó  nuevas previsiones: mandó Jurado imprimir divisas blancas para la soldadesca con el mote ¡Viva Castro!

“Las tropas, encantadas. Creían que era cierto que el gobierno del Estado Falcón se había levantado en armas contra Gómez, pronunciándose por Castro. Simón Bello iba a ser engañado por cohortes a su vez engañadas”.

El estado mayor del gordo Bello, por su parte,  desembarcó  con un par de días de adelanto. Llevaban órdenes para Lázaro González pero fueron de inmediato apresados e incomunicados. El semibárbaro se mantuvo ocupado enviando entusiasmantes despachos  a Curazao de parte del estado mayor cautivo. Todo era tan auspicioso,  decían, que habían resuelto adentrarse en el país y adueñarse de media docena de guarniciones. En  vista de lo cual el gordo Bello se animó al fin a pasar a Venezuela.

[…]

“En el muelle formaban  dos filas de soldados que, al pasar el gordo, seguido de su espaldero y su ordenanza, presentaron armas.

“Lázaro me ordenó darle un viva. El mismo no quiso hacerlo porque aquella mañana dizque había amanecido con una ronquera porfiada a causa de un catarro.

—¡Viva el General Simón Bello!–­ grité con toda la fuerza de mis pulmones y los soldados corearon el ¡hurra!

Bello me dirigió una mirada acariciadora y preguntó a Lazarito:

—   ¿Quién es este joven, chico?

“Lázaro le dijo quién era yo, nombrándome, de paso e in situ, coronel. Entonces Bello correspondió galantemente dando un viva a mi nombre  y avanzó, majestuoso, hacia el edificio de la Aduana.

Resolvió alojarse en el edificio de la Aduana y ordenó que trajesen dos camas: una para él y otra para su ayudante de campo. Mandó también desembarcar su equipaje que consistía en una maleta y …

50 sacos de harina de trigo

25 bultos de cebolla

70 cajas de whisky

50 cajas de brandy “Marie Brisard”

60 cestones de champagne

45 cajas de leche condensada

100 barriles de cigarros puros “La Legitimidad”

“En total, cuatrocientos treinta bultos en los que no había ni una caja de gasa desinfectada para vendar heridos. Sin duda, las  operaciones militares  iban a marchar  de brazalete con las comerciales.

La farsa debió de prolongarse durante varios días porque, al decir de Bolívar, Bello parecía tener órdenes estrictas de no revelar nada referente al plan de Castro. Durante todo ese tiempo, el general Jurado permaneció oculto. “En una sola noche de festejo–recuerda Bolívar – nos bebimos once botellas de whisky y se gastó media arroba de pólvora en fuegos artificiales, pero las sugestiones del entusiasmo no  valieron para nada, aunque mañosamente le hacíamos sutiles, penetrantes preguntitas. Borracho y todo, el gordo Bello no soltó palabra del plan. Jurado  resolvió, entonces, salir de su escondite y personalmente reducirlo a prisión”.

Del gordo Bello no hemos vuelto a saber, pero  no es imposible que haya muerto en las cárceles de Gómez. Sabemos, sí, que el episodio mortificó las ambiciones literarias de Bolívar: no era esa la carrera que perseguía y, dos semanas más tarde, renunciaba a la privanza del general Jurado. Sin embargo, no se inhibió de solicitar una última gracia del Emperador: un boleto sin retorno a España, por ver, como el Buscón de Sevilla, si “mudando mundo y tierra” mejoraba su suerte.

2.-

Hay un pez comestible del Orinoco y sus afluentes llaneros que, en  tamaño y perfil, semeja una moneda.  Una vez fuera del agua, la luz del sol da a sus escamas, que figuran una especie de efigie romana, el color del oro quemado. Su nombre indígena es “morocoto” y con él se designaba a la moneda de veinte dólares oro que, en tiempos de Bolívar Coronado, era de curso corriente en mi país.

“Me vine a Madrid, hermano,  a cambiar el medio real sencillo por la morocota”, escribe el semibárbaro en carta a Gabriel Espinosa, un amigo caraqueño.  Se trata de una expresión de amplitud indefinida que en Venezuela alude  más bien a la gloria personal que a la riqueza, sin excluir ésta del todo. El sencillo es lo rutinario, lo inconducente, lo mezquino; en fin, la innoble poquedad de la vida; la morocota, en cambio,  es… una moneda de oro.

Pero al llegar al rompeolas de todas las Españas, el semibárbaro se halló, irónicamente, en el reino que su admirado Emilio Carrere llamó “de la calderilla”, cuya virgen es Nuestra Señora de la Casualidad.

Yo me figuro ese reino como la intersección entre lo que Fernando  Iwasaki llama, en un brillante y justiciero ensayo, el  preboom latinoamericano y el hamponato literario que, en su “Novela de un literato”, Cansinos Assens describe como “…individuos indefinibles, abúlicos, incapaces de un esfuerzo sostenido, medianías con alguna chispa de genialidad a quienes Emilio Carrere ha acabado desmoralizar con sus apologías  de la bohemia literaria”.

Gente  “de mucho vino y poco pan” que fraterniza con las busconas y duerme  en los baldíos si no logra juntar los cincuenta céntimos que cuesta un camastro en la promiscua Han de Islandia, un abyecto hostal donde Bolívar hizo amistad con Pedro Luis de Gálvez, periodista malagueño, ex presidiario y bohemio  de quien se contaba que una vez metió a un hijito suyo, muerto al nacer, en una caja de zapatos y lo paseó por los cafés  como recurso de patetismo de la mendicidad.

Gálvez dejó escrito un tratado de gorronería– Arte y modo de sablear – y fue quien una noche sin blanca en la Plaza de las Cortes  le señaló a lo lejos a Rufino Blanco Fombona, adinerado patricio, literato y exitoso editor,  saliendo de la brasserie del Hotel Palace: “Ahí va don Rufino, su compatriota : con él tendría usted que hablar”. Pero Bolívar deja la recomendación para otro momento. Por ahora, su entradora facundia caribeña le ha ganado un sitio en la tertulia de Francisco Villaespesa y le permite rondar la redacción de la revista Cervantes que éste dirige. Allí cometerá sus primeros crímenes que no pertenecen a este cuento.

Yo también dejaré  a don Rufino para más tarde.  En realidad, y por todo lo que hoy se sabe  de él, de cruzarnos en Madrid, yo cambiaría de acera. Por ahora, me interesa mucho más invocar la feliz expresión de Iwasaki – preboom latinoamericano – cuando pone de bulto que “nunca han vuelto a coincidir en España tantos poetas, críticos y narradores latinoamericanos como los que encontramos en Madrid a comienzos del siglo XX”. […] “Si Barcelona fue la ciudad del boom Madrid fue la ciudad del preboom, porque en ella residieron los venezolanos  Bolívar Coronado y Rufino Blanco Fombona, los chilenos Augusto D’Halmar y Joaquín Edwards Bello, los uruguayos Julio Casal y Carlos Reyes, los cubanos Alberto Insúa y Alfonso Hernández Catá, los peruanos Felipe Sassone y José Santos Chocano, los ecuatorianos César Arroyo y Hugo Mayo, los mexicanos Amado Nervo y Jaime Torres Bodet o los colombianos José María Vargas Vila y Luis Carlos López, entre otros raros y olvidados como la bellísima chilena Teresa Wilms, musa trágica de Valle-Inclán, Guillermo de Torre, Juan Ramón Jiménez , Gómez de la Serna y González Ruano.” […] “El preboom enriqueció la literatura española sin necesidad de transformarla, porque a los clásicos de traje gris no les molestaba llevar una flor americana en el ojal de su escritura”.[1]

Un día de 1915,  Blanco Fombona, auténtica  flor carnívora americana en el ojal de Madrid, invita a  Rafael Cansinos Assens a su casa de  Benito Gutiérrez número 8.

Se han conocido tiempo atrás en la editorial Renacimiento. Rufino va al grano : gracias a un contertulio alemán, un señor Mueller o Bauer, ha logrado un contrato fabuloso para su incipiente Editorial América con la Sociedad General Española de Librería. La Sociedad, que en rigor es una casa distribuidora, “se ha comprometido a tomarle a Fombona en firme cuantos libros edite cada mes”.[2]

—El mundo de los inmortales bien muertos nos pertenece – le dice don Rufino, jubiloso, a Cansinos–.  Yo despacho por lo menos dos títulos al mes, así que vamos a trabajar de firme. A editar traducciones que no paguen derechos. Lo necesito a usted y a su amigo González Blanco como traductores. De nadie más me fio; todos los demás son unos pendejos. Fusilaremos sin piedad.  ¡Rusia, Cansinos: Rusia  es un filón!

Le dice, además, que piensa publicar poetas y novelistas americanos desconocidos en España, precursores del Modernismo, una biografía de Bolívar, ensayos de historia colonial americana, crónicas de los conquistadores.

La editorial crece y pronto despliega su catálogo en nueve colecciones que en el curso dieciocho años llegaron a  albergar trescientos títulos: la Biblioteca Andrés Bello, la Ayacucho, la de Autores Célebres. Don Rufino tendría sus razones para bautizar la de escritores hispanoamericanos “ Biblioteca de Autores Varios”. Tuvo una de Ciencias Políticas y Sociales y otra de la Juventud Hispanoamericana; la “Biblioteca del Porvenir” fue el visionario fondo de clásicos socialistas: Lenin, Bujarin, Engels,  Revesz ,Eisner, Bauer, algunos de ellos vertidos por vez primera al español. En la colección “La Novela para todos” se publican Tolstoi, Turgueniev, Dostoievski. ¡Rusia, Cansinos !

En algún momento de este relato, Bolívar decide que sus “Memorias de un semibárbaro” merecen un lugar en la biblioteca de autores varios y le lleva a  don Rufino el manuscrito. En el primer encuentro, busca la simpatía del editor haciendo valer su condición de compañeros de exilio. Ciertamente, desde su llegada a España, Bolívar no ha cesado de publicar en la prensa feroces  denuncias de la tiranía de Gómez, con la que rompió tan pronto zarpó de La Guaira.

Acosado  por los cónsules del dictador venezolano que solicitaban su deportación, en el curso de siete años, Bolívar llegó a escudarse tras más de seiscientos seudónimos.   “Memorias de un semibárbaro” fue rechazado sin mayores explicaciones.  El exilio no logró acercar a estos hombres. Un  motivo para ello aventura Bolívar en carta a Gabriel Espinosa.

Menos de un siglo atrás don Rufino – desembozado racista, al modo positivista de la época– habría sido un blanco principal, un “español de América”, un noble criollo liberal, seguramente independentista; Bolivar Coronado, cruza de canario y zambos llaneros, dice de sí mismo que no habría pasado de ser un “blanco de orilla”, quién sabe si realista. La jerarquizada sociedad colonial de castas venezolana no había  desaparecido con la Independencia. Según él, seguía pataleando, hasta en el en el exilio.

Me gusta pensar que la intersección perfecta entre el hamponato literario madrileño y el preboom latinoamericano fue la colección de historia colonial de la Editorial América, la niña de los ojos de Blanco Fombona, oficiante mayor no sólo del bolivarianismo, sino de otro de los cultos    florecidos entre el desastre del 98  y el Primer Centenario: el hispanismo: el hispanismo latinoamericano

Los nueve soberbios títulos de la colección de historia colonial son   todos apócrifos de Bolívar Coronado. Quizá con ánimo vengativo, pero en todo momento fingiendo no tener resentimiento alguno por el rechazo de su libro, forja  sublimes crónicas de Indias y se las ofrece, una tras otra,  a un editor que, como don Rufino, ambiciona singularizarse como hispanista mostrando al país de Menéndez Pidal singulares hallazgos del los siglos XVI y XVII americanos. Tenemos así una arrojada estafa literaria dentro de una mistificación historicista.

Y digo arrojada porque don Rufino  siempre echó por delante, no sólo su fama de  amigo de  Darío, sino también la de duelista à la Gómez Carrillo. Llegó a ufanarse con bastante fundamento de deber doce muertos en Venezuela. Si Bolívar fue un semibárbaro, don  Rufino podía ser un peso completo de la categoría con sólo proponérselo.

Los cronistas de embuste son el adelantado maestre Juan de Ocampo, descubridor de La Gran  Florida; Fray Nemesio de la Concepción, autor de uno de los tomos de Los caciques heroicos;  Fray Salcedo y Ordoñez, que legó su narración de un viaje a la región   los Chiapas  que, extrañamente, habitan las riberas del río Paraguay; Fray Mateo Montalvo de Jarama, fundador de las misiones de Rosa Blanca y San Juan de las Galdonas. ¿La más perfecta de estas fabricaciones? Sin duda, La Nueva Umbria, del maestre Juan de Ocampo: narra la conquista y cristianización en 1518 de un neblinoso territorio imaginario situado, como la Costaguana de Conrad,  entre las actuales Venezuela y Colombia.

No fueron éstas, por  cierto, las únicas falsificaciones de Bolívar publicadas en la Editorial América.  Su trabajo de escritor a la sombra, que hoy llamaríamos  “de proveedor de contenidos”, halló el camino de las demás  colecciones, y así,  acometió un ensayo positivista titulado El Llanero: estudio de sociología venezolana, que atribuyó a un tal Daniel Mendoza; una antología de letras españolas del siglo XIX que endosó a don Rafael María Baralt y hasta obras científicas, desde luego inéditas hasta entonces,  del sabio Agustín Codazzi.

Tanto el ensayo sociológico como alguna de las falsas crónicas alcanzaron a ser citados como fuente autorizada por académicos  de la tala del antropólogo venezolano Miguel Acosta Saignes.

Pero son las falsas crónicas de Indias las que  sugieren las preguntas más difíciles sobre la relación entre el editor y el falsario. Leídas con atención, se advierte que con cada entrega Bolívar se  torna más y más desprolijo, discurre como distraído. Parece estar más atento a remedar el son ­– el tumbao­, diríamos en Venezuela– del español de los cronistas y ofrecerlo como un eco in lontano del siglo XVI que a lograr la verosimilitud que exige el exigente negocio de los apócrifos.

Los anacronismos se hacen frecuentes y llegan ser de mucho bulto, como cuando fray Mateo Montalvo de Jarama nos habla de “urbanizaciones” en San Juan de las Galdonas, supuestamente fundada en 1656. ¿Porqué los prólogos de la colección acusan el código  y hasta el anaquel de la Biblioteca Nacional donde se halla el original pero no otorgan crédito alguno al copista? ¿Cómo es que don Rufino, autor de El Conquistador Español del siglo XVI, no advirtió que en las crónicas que se le ofrecían muchos capitanes, frailes , arcabuceros llevan los nombres y apellidos de aúlicos y espadones del tirano Gómez?

Con todo, la colección habría podido crecer mucho  más de no haber sido por Vicente Lecuna – un fanático del culto bolivariano que fue capaz de quemar cartas del Libertador al juzgarlas licenciosas y dañinas a la memoria del Héroe –,  quien desde Caracas le escribió a don Rufino advirtiéndole del uso anacrónico que su copista hacía de algunos vocablos imposibles en el castellano del siglo XVI.

La tradición quiere que sólo entonces el editor burlado, luego de verificar que los anaqueles y los códigos alfanuméricos nunca existieron, recorra bufando las redacciones y los cafés madrileños en busca de Bolívar, dejando  dicho en cada sitio que le pegará un tiro al avistarlo, que el falsario huya para siempre de Madrid en Barcelona y que se refugie en Barcelona donde murió, más pobre que una rata, como diría Bolaño, en 1924.

En su estudio ya clásico sobre los falsarios, el historiador  estadounidense Anthony Grafton afirma que, al cabo, la falsificación es una especie de delito y que para examinarla es preciso atender, como los detectives,  a los motivos, los medios y las circunstancias. Hacerlo así dejaría ver que en todo tiempo “la impostura ha servido a demasiados fines para que ninguna teoría los enlace a todos con un único nudo explicativo”[3] Sostiene, además, que toda falsificación es un proyecto intelectual y filológico, raramente trivial,  y por eso invocar ambiciones materiales no suele bastar para aclarar sus motivos.

Como suelen hacerlo muchos hampones, Bolívar Coronado adhería a un idiosincrásica restricción moral : escribía escarpados apócrifos, raramente triviales,  que atribuía a terceros, muchos de ellos contemporáneos suyos, como Arturo Uslar Pietri, pero jamás plagió.

Casi al final de sus días, se las arregló para legarnos una entrevisión de sus móviles.  Lo hizo en el prólogo de un centón de poemas que atribuyó a cuarenta y cinco imaginados poetas bolivianos. Esas biografías, cada una de ellas acompañada de poemas compuestos siguiendo escrupulosamente métricas distintas, hacen el “Parnaso Boliviano”. El compilador lleva el nombre de un comerciante venezolano, don Luis Blanco Meaño, que en la vida real era hermano de Andés Eloy Blanco, el poeta popular por excelencia de mi país.

Pero el Blanco Meaño de ficción es un médico boliviano a quien Bolívar Coronado agradece la ocasión de escribir las palabras liminares porque es la primera vez que en España logra publicar algo que lleve su firma. No era verdad: poco despúes de su huída de Madrid,  procurando desacreditarlo como un pícaro satélite de Gómez, don Rufino publicó las “Memorias de un semibárbaro”.

En el prólogo boliviano, Bolívar confiesa: “Estuve dos largos años en Madrid escribiendo libros a nombre de Juan de Ocampo, Albéniz de la Cerrada, Concepción Zapata, Montalbo de Jarama, nombres que yo inventaba y ponía en mis escrituras como cosas de mucha gloria y fama. ¿Qué cómo pude engañar a los editores? Muy sencillo. La explicación la ha dado el altísimo Emilio Carrere en una frase: en España viven del libro los que no saben leer”. Y en una carta al crítico español Julio Cejador, dice: “ He ganado aquí unos ciento ochenta duros haciéndole cuentos para niños a [Ramón ] Sopena y dos antologías de poetas ecuatorianos y bolivianos a [Manuel] Maucci. Lo hice todo en poco menos de veinte días; ¡considere usted cómo habrán quedado!”[4]

En Barcelona se acercó a los anarquistas, compartió sus luchas, escribió en su prensa sus habituales dicterios contra Gómez, añadiendo seudónimos a la lista, siempre amenazado por los cónsules con hacerlo deportar.  Alcoholizado y tuberculoso, se amancebó con la hija de un obrero impresor, también  anarquista. Se llamaba María Noguera y por ella sabemos que Bolívar solía trasnochar fabricando mentidos despachos de la guerra de Marruecos, donde nunca había estado. Lo hacía mezclando las historias que había escuchado en los hospitales de campaña y en las tabernas de Málaga.

Es fama que el jefe de redacción mostraba aquellas martingalas a sus pupilos dicendo: ”Señores, a esto llamo yo un despacho de guerra!”

Hubo madrugadas en que María despertó sobresaltada porque ya para entonces Bolívar Coronado no podía escribir sin reir a caracajadas.

En los versos finales de “Derrota”, un poema de nuestro Rafael Cdenas, he creído encontrar la cifra del semibárbaro: “ Yo que he percibido por relámpagos mi falsedad y no he podido derribarme, barrer todo y crear de mi indolencia, mi flotación, mi extravío una frescura nueva, y obstinadamente me suicido al alcance de la mano, me levantaré del suelo, más ridículo todavía, para seguir burlándome de los otros y de mí hasta el día del juicio final”.

Caracas, noviembre de 2010


[1] Fernando Iwasaki, Preboom, protoboom y posboom, en rePublicanos, cuando dejamos de ser realistas. Algaba Ediciones, Madrid, 2008, pp.172 y ss.

 

Cansinos Assens, Rafael, la novela de un literato¸Alianza, 2005, tomo 2, p.99.

[3] Grafton, Anthony, Falsarios y críticos: creatividad e impostura en la tradición occidental. Crítica, Barcelona, 2008. P.50.

[4] Cejador Frauca, Julio, Epistolario de escritores hispanoamericanos, Edciones de la biblioteca Nacional. Santiago de Chile, 1964, Vol II, p. 295.