Tengo un ojo para el cameltoe. Los hay de proverbial belleza,  arrogancia, donaire. Para exponerse a su hechizo basta mantener la vista baja al pasear por un mall.

“La seda – afirma el Corán – se ha hecho para que la mujer ande vestida y desnuda al mismo tiempo”.

No parece un juicio reprobatorio;  podría más  bien tomarse como una muy apta definición del mejor atributo de la seda : ser una segunda piel para la mujer; lujosa, acaso estampada. No es casual que, en elogio de cierto satinado tipo de tez femenina, se diga de ella que es “sedosa”.

Tengo para mí que la mitad de ese atributo está, sin duda, en el tejido; la otra, en cambio, reside en la imaginación, o como hoy se diría: en el receptor. Todo ello resulta más acusado cuanto más íntimo sea  el contacto entre ambas pieles. Pocas veces el verbo “translucir” resulta tan cabal como cuando   alude al trato que entabla la seda con lo que la pudibundez de antaño llamaba “partes íntimas”.

Hasta una edad relativamente avanzada – fuí un niño muy desprevenido–, la estatuaria clásica y renacentista , y en especial,  los pliegues de esa  marmórea túnica griega cuyo sugestivo nombre  es  “peplo”y que en los libros de arte cubría a medias efigie tras efigie de marmórea y femenina desnudez, me llevó a pensar que el más recóndito encanto de la mujer era un delta de superficie plana, indiferenciado de cualquier otro  triángulo escaleno  invertido. Aquellas estatuas no dejaban imaginar las pilosidades del mons veneris,  ni los aromas embriagantes que emanan de la gruta primordial.

Imparto ahora noticia de mi primer encuentro con la expresión “sonrisa vertical”.

Me apresuro a decir que  no fue en la afamada colección de narrativa erótica promovida en los años 80 por el sello Tusquets. La descubrí muchísimo antes, pues ese símil era motivo frecuente en la literatura galante del siglo XVIII y XIX que, furtivo, leía yo en los títulos de la alguna vez célebre “Colección Pompadour”. La licenciosa colección – mexicana, años 20 del siglo pasado, con ilustraciones de manierista audacia – era el Aleph de una vasta biblioteca, legada por mi tío, don Gabriel Espinosa.

Como tropo literario, llamar “sonrisa vertical” al pliegue que  forman los labia majora de la vulva humana, se me antoja hoy día un eufemismo que remite a épocas de tafetán, crepé, chiffon y muaré; un tiempo de insinuantes envoltorios.  Puesto a escoger, prefiero la sonrisa cameltoe.

La jerga de los paparrazzi define como cameltoe – literalmente  pezuña de camello”– a la línea que deja apreciar los labios mayores de la vulva bajo ropa muy estrecha o ajustada. Los camellos son artiodáctilos: su pezuña hendida semeja, en efecto, y de un modo asombroso, las valvas de los genitales femeninos humanos.

El cameltoe no es sonrisa que deba adivinarse bajo tules  y encajes; es una sonrisa solar, franca, orgullosa;  una sonrisa dispensada a diario, a todos y a  ninguno, por millones de jeans ajustados, prendas playeras y  elegantes conjuntos de tejido expandible.

Tengo un ojo para el cameltoe. Los hay de proverbial belleza,  arrogancia, donaire. Para exponerse a su hechizo basta mantener la vista baja al pasear por un mall.

¿Me pide usted  una muestra arquetipal de esa sonrisa? Tipee en Google dos palabras: Sharapova y cameltoe: descubrirá a  Monalisa con raqueta.