Allá por los años setenta, el profesor Richard Easterlin, economista de la Universidad de Pennsylvania, publicó un estudio cuya conclusión más protuberante era que el desarrollo económico no necesariamente conduce a la satisfacción personal. Dicho en castizo: que el dinero no hace la felicidad.

Vivo en lo que en un tiempo se conoció como el condado de La Florida.

A los vecinos nos ha sido notorio el modo en que la avenida Los Mangos se llenó en cuestión de pocos  años de concesionarias de vehículos. El folkore de la comarca atribuye a una sola persona – dedicada, al parecer,  al negocio automotriz– la propiedad de todos los terrenos donde se han construido esas encristaladas fortalezas que son, a la vez, sala de exhibición, venta  de automóviles y taller de servicios.

En el curso de lo que ha sido descrito, también por el folklore local, como una guerra entre municipales mafias  oficialistas, una de las edificaciones destinadas a albergar una venta de vehículos nuevos, fue expropiada hace ya tiempo por la Alcaldía de Libertador.

El enorme edificio de varios pisos, lleno oficinas, rampas, escalinatas y sótanos – en esto sigo la tradicion oral del condado – iba a destinarse, una vez expropiado,  a una escuela de policía de alta calificación profesional. Bueno, el caso es que desde finales de 2010, la futura superescuela de policía alberga a medio centenar de familas damnificadas.  Y cada vez que paso por ahí pienso en el profesor Richard Easterlin.

Allá por los años setenta, el profesor Easterlin, economista de la Universidad de Pennsylvania, publicó un estudio cuya conclusión más protuberante era que el desarrollo económico no necesariamente conduce a la satisfacción personal. Dicho en castizo: que el dinero no hace la felicidad.

La paradoja de Easterlin discurre, en lo esencial, como sigue: “Pese a a la estrecha correlación entre el ingreso y la felicidad personales, existe escasa conexión enre ambas categorías,medidas en el tiempo y,sobre todo, al compararse entre países”. El ejemplo más socorrido por Easterlin era el Japón, donde todas las encuestas, hechas entre 1950 y finales de los 60, arrojaban que los nipones eran cada día más ricos pero menos felices.

Según el simpático profesor Easterlin, el bienestar depende del ingreso “relativo”: la gente se siente mal, no porque sea pobre, sino por hallarse en el fondo del “pipote” particular – el país en particular– en que les toca vivir.  El ingreso relativo – comparado con el de quienes te rodean– importa más que tu ingreso en términos absolutos, sostenía a Easterlin.

Valga lo que pueda valer,  el hecho es que la paradoja de Easterlin se convirtió rápidamente en un tópico clásico de la ciencia social. Era citada en trabajos académicos y banalizada por los medios de prensa. Desde hace poco, sin embargo, la paradoja de Easterlin ha venido siendo atacada despiadamente por mumerosos estudios y comentaristas. David Leonhardt, del New York Times, ironizaba  en 2008 acerca de las conclusiones de Easterlin, diciendo: “¡claro: tener un iPod no te hace más feliz porque entonces quieres un iPod Touch”.

Trabajos más recientes – dados a conocer hace pocos por el a acreditado Brookings Institution, como el de los especialistas Betsey Stevenson y Justin Wolfers, también ellos de la Universidad de  Pennsylvania–, arrojan que las conclusiones de Easterlin son en extremo erróneas, especialmente  en lo que atañe a la correlación entre países.  Según ellos, se puede  estar “conforme con que tengo”, pero es mejor ser gente conforme con lo que tiene cuando se vive, digamos,  en  Suiza.

La nuez de estos hallazgos podría parecer universalmente trivial  y reducirse a un  “vivir en países ricos es mejor”, si no mediasen, en algunos casos, elementos culturales, como la melancolía de algunas muy afluentes sociedades asiáticas y escandinavas. Hong Kong y Dinamarca, por ejemplo, ostentan paridad en capacidad adquisitiva de sus pobladores, pero el nivel promedio de satisfacción existencial en Hong Kong es e 5.5 ( de un total posible de 10) , mientras que el de Dinamarca es de 8.

Me ha ocurrido varias veces, al pasar junto al albergue de los damnificados de la avenida Los Mangos, convertido ya en “colonia”, dicho en el sentido que los mexicanos del DF dan a a esa palabra,  pensar en la paradoja de Easterlin y sus detractores.

Con el paso de los años, lo que en un principio lució samaritana provisionalidad, se ha ido convirtiendo en la rutina de un vivir sin esperanzas en instalaciones inadecuadas erizadas de     antenas Directv y bajo custodia de personal militar. No se sabe, de paso,  si esto último es bueno o es malo. Y los seres humanos que, allí confinados, ven pasar el tiempo mientras acumulan y afrontan necesidades inescapables – el lavado de la ropa, disponer de la basura y las aguas servidas, etc –, no lucen ni de lejos más contentas que cuando su vida peligraba bajo el diluvio de fines del año pasado.  Salvo el de los niños, más que disgusto, sus rostros dejan ver una pesada indiferencia, el estupor del desempleo y –¿porqué hurtarle el cuerpo a la palabra?– una superlativa desesperanza rodeada de bolsas de basura y perros realengos.

Todo ello podría computarse como un tanto para Easterlin, pero tengo la impresión de que los damnificados de la avenida Los Mangos concidirían más con Stevenson y Wolfers y preferirían mudar el albergue a, digamos, Zurich  o Vancouver, a pesar de la barrera del idioma y las diferencias relativas al ingreso.