Nassim Taleb, el sedicente “empirista escéptico”, analista financiero y exitoso escritor estadounidense, ha incorporado la expresión “cisne negro” al lenguaje “periodiqués” para calificar un cierto tipo de acontecimiento inesperado. Lo hace en su libro “El Cisne Negro: el impacto de los altamente improbable”.

Según Taleb, los analistas políticos ofrecen maquinalmente, con reflejos dignos de la pistola más rápida del Oeste, explicaciones racionales a todo lo ocurrido inopinada y sorpresivamente, al tiempo que subestiman el papel de lo aleatorio. Y eso, dice, suele obnubilar al observador y en lugar de esclarecer y ayudar a hacerse una idea de lo porvenir.

De acuerdo al idiosincrásico Taleb, para calificar como “cisne negro” un acontecimiento político, una novedad tecnológica o una ocurrencia financiera, debe cumplir con tres condiciones sine qua non, a saber

a)                 debe ser algo por completo inesperado y, además de inesperado, haber sido impensable para todos los “expertos” hasta el momento en que se registra.

b)                 debe tener consecuencias irreversibles en el sentido de que, luego de ocurrido el cisne negro, las cosas ya no puedan volver nunca a ser lo que fueron.

c)                 debe suscitar la respuesta inmediata de sus expertos y generar, ex post facto e instantáneamente, una explicación – y hasta muchas – de sus causas y de los motivos de quienes están detrás del cisne negro y, desde luego, también un pronóstico formulado en términos autorizados.

A simple vista, el cariz castastrofista con que los medios globales han tratado el derrame de información clasificada que entrañó WikiLeaks, tanto como las reacciones vehementes y enérgicas de los gobiernos involucrados, debería llevar a pensar que el episodio WikiLeaks  es un cataclismo del tipo “cisne negro”. Algo comparable con el meteorito que, según una controvertida hipótesis, impactó con el planeta Tierra, produjo cataclismos sin nombre, una nube orbital que oscureció al planeta y la extinción de los grandes saurios prehistóricos.

Sin embargo, no ha sido así: la Historia de este trecho del siglo no habrá ya de contarse en términos de antes de y después de WikiLeaks. Un mejor candidato parece serlo la llamada “revuelta árabe”.

Nadie avistó con antelación los sucesos que, desde comienzos de este año, estremecen no sólo a algunas naciones del Magreb, de variada constitucionalidad política, como Túnez, Egipto y, notoriamente, Libia, sino también a estados monárquicos del Golfo Pérsico, incluyendo al Yemen y Arabia Saudita.

Es imposible rastrear en la prensa especializada, del tipo “Foreign Affairs”, a  experto alguno que, si quiera tímidamente, llamase la atención hacia lo que, de manera inopinada y, tal como lo exige la tesis Taleb, aleatoriamente comenzó en Túnez.

Es obvio que, aun prescindiendo de que el desenlace de los acontecimientos en Libia no conduzcan a ninguna forma de gobierno “transicional”,  sino a un afianzamiento de la dictadura encarnada en Gaddafi, la nueva configuración del mapa político en el Mediterráneo Oriental ha tomado por sopresa al mismísimo Irán.

En efecto, el hecho de que la única teocracia no árabe de la región muestre cautela y se inhiba de condenar el origen de las revueltas, no deja, sin embargo, espacio para pensar que a los jóvenes tunecinos y egipcios los mueva algún designio de Teherán.

Emerge ahora – y sólo “a toro pasado”, como dirían en España–una masa de evidencia difícil de ignorar y de la que, al primer vistazo, destaca el cariz demócrata y “liberal” – en el sentido político – de buena parte de estas convulsiones. Admitiendo el carácter específico de los episodios tunecinos, egipcios y libios, no parece prevalecer en la dirigencia de los mismos ideas radicales de integrismo islámico.

Para seguir con la taxonomía de Taleb, el carácter irreversible de los acontecimientos se deja ver en la contención que tanto la Unión Europea como los Estados Unidos han mostrado ante los acontecimientos.  El caso de Libia, donde la mayor resilencia del régimen y su cruel disposición a ir muy lejos en el aplastamiento de la revuelta, es elocuente.

Más allá de la congelación de activos familiares y de consultas que hicieron viable una zona de exclusión aérea, lo cierto es que no han surgido iniciativas enérgicas de intervención  militar; aun si el sátrapa libio lograse prevalecer en este episodio, la suerte del régimen parece estar ya echada en el mediano plazo.

Por último, y siempre en sintonía con la ingeniosa caracterización de Taleb, está la florescencia de interpretaciones instantáneas de los acontecimientos. Son tantas y tan encontradas que el lector desprevenido no alcanza a poner nada en claro. ¿Subirá el precio del crudo pese a que el aporte de Libia al consumo global es de apenas un 1.5 %?. ¿Se encamina, en verdad, y tal como afirman muchos analistas, el mundo árabe hacia formas discernibles de democracia liberal?.

Y si así fuese, ¿podremos advertirlo a tiempo entre la espesa lluvia radiactiva que, sin siquiera permitirnos ver el desenlace de la crisis libia, ha traído consigo la catástrofe nuclear japonesa, ese otro inefable cisne negro?.