En diciembre pasado, justo cuando estallaba la burbuja WikiLeaks, quiso la suerte que me hallase de visita en la sala de redacción de El País de Madrid. Ninguno de mis amigos pudo parame bolas porque estaban, como suele decirse en el medio, “apagando un incendio”. La situación, en aquel momento,  era esta: seis grandes diarios del planeta, entre otros El País, habían adquirido los derechos para ofrecer primicias de las celebérrimas filtraciones de cables cifrados de la diplomacia estadounidense.

Tenían fecha tope para hacer uso de ese beneficio, antes de que todo pasase al dominio público. La aglomeración de cables era abrumadora y a los mejores redactores y jefes de sección se les había encomendado digerir e interpretar para el lector ordinario toda  aquella opulenta  masa informativa.

Prevalecía en la opinión mundial que el “caso WikiLeaks” – de esto hace apenas noventa días– significaba nada menos que el fin del secreto diplomático. Y, quizá, el derrumbe de la política exterior norteamericana.

Para muchos de los curtidos redactores –la mayoría de ellos experimentados corresponsales extranjeros–, las cosas no lucían tan fin de mundo.  Poniendo a salvo la imperiosa necesidad publicitaria de bombearle algo de vida a la circulación de los seis diarios, el consenso entre los analistas era que, en el mejor de los casos, lo que WikiLeaks ponía al descubierto era, más bien, la indecible hipocresía de la clase política, planetariamente considerada.

En cuanto al funcionariado del Departamento de Estado, este quedaba muy bien parado: hacen su trabajo de un modo escrupuloso  y sostenido. La mayoría de los cables– por no decir la totalidad de ellos– contenían informes bastante atinados, ceñidos a la realidad. Ninguno describía operaciones encubiertas, del tipo que coordina la proterva CIA – lo que sí habría sido motivo de justificado escándalo– ; casi todos  desplegaban considerable destreza en el acopio de información privilegiada y ofrecían muy bien razonadas “composiciones de lugar y momento” políticos.

Dicho de otro modo: los diplomáticos gringos no sólo  van a cocteles; también hacen el trabajo porque el que les pagan.

Quien se haya tomado la molestia de leer los cables  originales que suelen acompañar los digestos de la gran prensa habrá advertido que, en no pocos casos, hay estilo, buen decir y hasta una pizca de ironía en los informes enviados a Washington.

El miércoles pasado, El País reflotó una de sus pizas de interpretación. A muchos en la MUD seguramente mueve a suspicacia el raro sentido de la oportunidad que tuvo el titular:  “El principal partido opositor pidió dinero y favores a EE.UU.” Yo, en cambio, me inclino a creer que lo ocurrido fue que, como pasa en cualquier diario, se pronto hace falta llenar un espacio para el cual el material original no resultó adecuado suficiente. Pero lo verdaderamente “descacharrante”, para usar un vocablo coloquial peninsular, es el subtítulo: “La embajada americana dice que el principal problema de Acción Democrática (AD) es su secretario general: Henry Ramos”.

No deja de herir el orgullo nacional el que tenga que venir un diplomático gringo a revelarnos cuál ha sido uno de los principales escollos afrontados por la oposición a Chávez. Pero, a la ve, es cosa muy de agradecer, porque ha surtido efecto en nuestros analistas el barato chantaje con que algunos elementos de la MUD pretenden acallar el clamor de los electores por unas primarias confiables…y oportunas; esto es, realizables en 2011.

Es notorio que el principal opositor a esa idea ha sido el secretario general del otrora gran partido de masas, hoy convertido en una especie de errático equipo de softball senior que desde hace años no renueva su directiva y, al contrario, despide a la poca sangre joven y talentosa que pudiese hacer sombra al imprescindible  Ramos Allup.

Las razones de Ramos Allup para posponer las primarias – al menos, las que glosan los comentaristas de la fuente– son peregrinas en extremo. Como eso de que la campaña debe ser corta y contundente. Comenzar en, digamos, octubre de 2012, para que Chávez no agote al candidato opositor que, implícitamente, debería ser Ramos Gallup, quien con tal argumento inadvertidamente se da por agotable en una campaña recia contra Chávez.

Lo cierto es que, como quiera que la MUD se conduce como un sanedrín  que sesiona en secreto, los fanáticos no hemos podido enterarnos si, en efecto, Ramos Allup y su delirante idea de que AD es todavía un gran partido y él propio Ramos Allup el candidato que puede “pulverizar” a Chávez, sean la “piedra de tranca”.

Lo cierto es que la prosa que el consejero político de la embajada, Mark A. Welles, desarrolla en su cable, fechado el abril de 2006, no puede ser desdeñada, en especial, por lo que tiene de ironía y lancinante juicio. Oigámosle:

“TEMA: ACCION DEMOCRÁTICA: UN CASO DESESPERANZADOR”

“Acción Democrática, (AD); el mayor partido opositor en Venezuela, se dirige velozmente hacia ninguna parte. Su líder, el secretario  general Henry Ramos Allup carece de imaginación – “unimaginative”–, se muestra demasiado seguro de sí mismo – “overconfident”– y es hasta repelente. En lugar de promover la unidad entre la oposición, Ramos Allup insulta a los funcionarios de los demás partidos. En lugar de ofrecer alguna fórmula, los dignatarios de AD suplican la ayuda internacional, a cuyos representantes, Ramos Allup también irrespeta.[…] El principal problema de Acción Democrática tiene un nombre: Henry Ramos Gallup. Es  crudo, abrasivo, arrogante y susceptible – “thin-skinned’–. Su estilo no difiere mucho del estilo del presidente Chávez. […] En un país donde los partidos sumamente jerarquizados es la norma, tanto funcionario de AD , así como contactos en otros partidos, destacan a AD por su práctica de toma de decisiones centralizada. No sólo  es AD extremadamente verticalizada: es también dictatorial. El partido prohibió a uno de sus dirigentes, Luis Emilio Rondón, aspirar a la secretaría general en 2005. Al comentar la falta de elecciones internas en AD, Rondón se preguntó retóricamente, en presencia de un consejero político [ de la embajada de USA] qué es lo que hace  AD diferente del chavismo”.

Llámenme pitiyanqui, pero el consejero Welles parece conocer a Ramos Allup mejor que sus pares de la MUD.

En lo personal, yo no votaría en unas primarias donde los criterios del hombre-problema de AD llegasen a imponerse.

¿Y usted?