“Dinasty” fue,  memorablememente , el melodrama  blanco, angloamericano y protestante de la llamada “Reagaconomía”; el correlato semanal de las ideas de Milton Friedman en horario estelar.

El  hombre que en 1976 me empleó como guionista en Radio Caracas TV , la televisora clausurada arbitrariamente pronto hará cuatro años por Hugo Chávez, me dijo en la primera entrevista de trabajo:  “Aquí fabricamos culebrones.  El culebrón es un producto semielaborado de exportación que no requiere tecnología de punta y es poco intensivo en inversión de capital. Vídeo de baja resolución con historias de baja resolución: ese es nuestro negocio, muchacho”.

Añadió que no había planes de entrenamiento, que el  oficio se aprendía “haciéndolo” y me propuso comenzar inmediatamente.

Acepté, sin más, pensando que de lo que se trataba era de ir tirando mientras encontraba algo mejor, pero me sobrenadé casi 20 años en el oficio.  En ese tiempo me hice de premisas que creía tan sólo idiosincrásicos del culebrón latinoamericano de la época. Hasta que volví ver, en estas noches,  la segunda temporada de “Dinastía”.

Esta extravagancia merece aclaratoria, so pena de que el lector piense que, deliberadamente, echo mano a un tema baladí para no escribir lo que realmente pienso de la MUD y las primarias de la oposición que, por lo visto, se realizarán en noviembre de 2012.

El caso es que he estado, desde Semana Santa, tratando de poner orden en en cuartico de los trastos viejos, rescatando estanterías, revistas y libros que invariablemente he releído de inmediato, sentado en el piso,  aunque no estuviese en mis planes volver a ellos. Todo porque estaba tratando de encontrar la serie completa de “Band of Brothers”, en formato DVD, producida años atrás por HBO. No sé dónde pudo haber ido a parar mi colección de “Band of Brothers”, pero en cambio encontré una  copia pirateada de la segunda temporada de “Dinasty”.

Recordé, al hallarla, que alguna vez, en los tardíos años ochenta,  me invitaron a discurrir sobre las teleseries gringas en una universidad de Barcelona, y que,  arrastrando los pies, traté de escribir una “ponencia” sobre las series gringas. Al cabo, pudo más mi pereza  que las ganas de viajar a la ciudad condal, junto con mi aversión de aquel entonces por la televisión y sus alrededores. El residuo de aquel intento fue la segunda serie de “Dinasty” que, queriendo vencer el insomnio, he vuelto a ver de  cabo a rabo, veinte años después.

2.-

“Dinasty” comenzó a transmitirse en Hispanoamérica en 1983, con un rezago de poco más de un año. Pero una vez salió al aire, nos acompañó durante los diez años que los macroeconomistas bautizaron “la década perdida”.

Que una serie sobre las  vicisitudes de gente rica capturarse nuestra imaginación colectiva no es de extrañar. Si es cierto, como he llegado a creer al cabo de los años, que la telenovela latinoamericana es una metáfora del resentimiento social que alienta en el populismo colectivista y redistributivo, la mejor demostración de ello estaría en “Los Ricos También Lloran”, cuya versión original, producida por Valentín Pimstein para Televisa de México en 1979, hizo llorar hasta a los rusos de la era Yeltsin, y hablamos de gente que ya habían llorado 80 años de “socialismo real”.

“Dinasty” fue,  correlativamente , el melodrama  blanco, angloamericano y protestante de la llamada “Reagaconomía”; el correlato semanal de las ideas de Milton Friedman en horario estelar.

Hablando estrictamente, el equivalente  estadounidense del culebrón— un seriado de infinitos episodios de transmisión diaria —, no se produce pensando en el horario prime time ni discurre sobre los mismos temas de la telenovela  hispanoamericana. Sólo se asemeja a una telenovela de bajo presupuesto latinoamericana en que se rueda íntegramente en interiores.

“Dinasty” era distinta: filmada en 35 milímetros, sin escatimar en rubias ni presupuesto, pensando en el horario estelar de los domingos, era un relato de enconos familiares entre millonarios gringos que a los latinoamericanos nos resultaba extrañamente familiar. ¿Porqué?

Recuerdo nítidamente la segunda temporada porque fue en el curso de ella que el staff  de guionistas de Richard y Esther Shapiro, la pareja que desarrolló  y escribió la serie para la red ABC, adoptaron sin melindres la fórmulas de “invariable invención”  de las teleculebras que, indistintamente, producían  por entonces Televisa de México o RCTV en Caracas. Sin  que la casa productora incurriese, desde luego,  en la tacañería esa de  producir series “semielaboradas en video de baja resolución”.

Acaso en ello radicó la multitudinaria adhesión global : “Dinasty” era un culebrón con mucho “valor agregado” en la producción.Los ricos lucían verdaderamente ricos; las mansiones eran auténticas.

Fue en aquella segunda temporada cuando hizo aparición una misteriosa “testigo sorpresa” que vino a salvar de una comprometida situación tribunalicia a su ex marido Blake Carrington ( el desaparecido John Forsythe). El episodio se tituló como una acotación  de libreto teatral: “Entra Alexis”.

La aparición de Alexis Carrington ( Joan Collins), cuyo acento británico se perdía en los doblajes mexicano y español, marca el momento en que “Dinasty” se convirtió en una serie filmada en Hollywood, pero ceñida a las formas canónicas del género latinoamericano por excelencia.

Fue Boris Izaguirre, a la sazón galeote compañero en el menester de escribir culebrones a tanto la alzada, quien nos los hizo ver a nítidamente en alguna pausa para el café.

En el melodrama angloamericano al uso, el “modo de producción” que da origen al patrimonio en disputa se deja ver claramente: la trapisonda de los negocios está íntimamente asociada a la trama amorosa y a menudo invierte buen tiempo en narrar cómo se crea esa riqueza familiar. No ocurre así en el culebrón latinoamericano, en el que la fortuna ya está hecha y de lo que se trata es de “redistribuirla”, en el sentido populista y y casi expropiatorio al que ya aludimos.

Así, una telenovela digna de ese nombre es, poniendo a salvo el infaltable  elemento romántico, el relato de una guerra civil entre dos facciones de una misma familia. Afirma el historiador económico Paul Collier que las guerras civiles prolongadas   pasan de una “agenda de agravio” a una “agenda económica”.  Tal cual, me parece, tiende a ocurrir también en las telenovelas,

La rivalidad entre Alexis y Krystle (Linda Evans), la ambivalencia de Fallon ( Pamela Sue Martin), los “hijos secretos”, como Amanda ( Catherine Oxemberg, sustituida luego por Karen Cellini) o Adam ( Gordon Thomson), secuestrado al nacer como en el mito de Perseo, junto con los finales de suspenso catastróficos, como la espectacular y controvertida “masacre en Moldavia” —la boda real entre Amanda y el príncipe heredero de una nación vagamente balcánica en vísperas de revolución— con que terminó la temporada de 1985, acercaron claramente el producto hollywoodense a las peores fórmulas de la radionovela y telenovela latinoamericanas.

La masacre de Moldavia, cietamente , señaló el declive de la serie— hubo demasiados sobrevivientes, incluso para un culebrón— y recuerda las catástrofes a la que el escribidor Pedro Camacho solía  recurrir en “La Tía Julia Y el Escribidor”, de Mario Vargas Llosa.

Bonita manera de perder el tiempo, dirá usted. Pero a veces resulta mejor un añejo culebrón de tranocho, doblado en México, y visto durante una duermevela nostálgica,  que un miligramo de alprazolam.

No todas las semanas me siento André Glucksmann y escribo un prodigio de periodismo de opinión.

Disculpe usted, lector; otra vez será.