Hace casi veinte años, apenas derrumbado el muro de berlín, Rafael Arráiz lucca me pidió escribir un prólogo a una edición de “El día que me Quieras”, de José Ignacio Cabrujas aparecida en Monte Avila ditores. Hoy lo comparto para contribuir a la confusión general en torno al “socialismo  del siglo XXI”, el llamado socialismo real, el utópico  y, en suma, todos los socialismos que en el mundo han sido.

I

Vosotros, comunistas, os habéis
acostumbrado a exaltar sin amor,
a denigrar sin odio.
(Pier Paolo Pasolini, Las cenizas de Gramsci)

 

Dos observaciones disyuntas pretextan esta nota: a) Cabrujas estrena El día que me quieras hacia el final de una década cuyo paisaje moral estuvo —y no sólo entre nosotros: también en Europa— dominado por una desilusión política que no osaba decir su nombre.

b) Gente más docta que yo ha dictaminado que toda simbolización es arbitraria.

Ello debe ser cierto porque, puesto en el trance de proponer una imaginería que dé cuenta cabal de aquellos años, ninguna me asalta más arbitrariamente que aquella fotografía de agencia noticiosa que nos entregó a Salvador Allende enfundado en un sweater de diseño ajedrezado bajo su austero traje de casimir, tocado con un casco de acero, empuñando un fusil de asalto AK 47 de fabricación soviética, mirando a lo alto, tratando de discernir al enemigo —¿aviones sublevados?, ¿algún francotirador sedicioso?—; en suma, acatando su destino de donoso utopista constitucional, de cortés redentor aventado a una arena de generales y de dólares, como un protomártir socialista echado a merced de los leones de un circo transnacional.

No hay, sin embargo, ultrajado asombro en su mirada; hay casi el alivio macabro de volver a topar, en el último minuto, con esa vieja magia negra latinoamericana que nos ha condenado a ser, desde los tiempos de la Malinche, el paraje del mundo donde mejor y más ruidosamente fracasan todas las hipótesis, donde se revienen todos los proyectos; desde el proyecto independentista, enciclopedista y liberal que —eso esperaba Bolívar— iba a hacer de nuestras naciones una vasta Pennsylvania andina y jefferssoniana hasta la quijotesca y viril proposición guevarista de sembrar en América Latina ´dos, tres, muchos Vietnamsª.

Los setenta fueron los años que agotaron todos los segundos alientos, todos los propósitos de enmienda del movimiento comunista internacional, todos sus esguinces tácticos y estratégicos, todos sus sicoanálisis en los que el diván era sustituido por el paredón de fusilamientos, todos sus gestos, todos sus designios y todas sus liturgias.

Aquella gran humanidad que había dicho ´¡basta!ª para ponerse en marcha, de que hablara el Che, no pudo cumplir la cuota demencial de 10 millones de toneladas de azúcar que Fidel Castro fijara como punto de honor de autarquía revolucionaria y antimperialista.

La victoria vietnamita sobre el Goliath estadounidense condujo de inmediato a las atrocidades genocidas de Pol Pot en Kampuchea.

Los mundanos, cartesianos dirigentes del occidentalísimo comunismo italiano no lograban hacer cuajar su retórica del ´no se alarmen: somos italianos antes que comunistasª: los italianos les pagaban, elección tras elección, con la misma moneda de que hablaba Pasolini: exaltarlos sin amor y denigrarlos sin odio: los elegían para alcaldes de Bologna pero jamás para ocupar el Palazzo Quirinale en Roma. En Francia, el Secretario General del PC, Georges Marchais, cortejaba votos agitando la nada internacionalista bandera chauvinista.

El zar Leonid Brezhnev hacía aprobar ante el Soviet Supremo planes quinquenales de corrupción planificada y la condena de exilio interior y muerte civil para Andréi Sajárov.

Louis Althusser, notable filósofo francés que propugnaba la vuelta a las fuentes ´clásicasª del marxismo y desechar toda exégesis, estrangulaba a su esposa al final de un turbio episodio académico…

Era la bajamar de las utopías.

¿Puede extrañar que muchos hayamos visto en El día que me quieras una acre transmutación de nuestras desazones militantes? Salvador Allende, el constitucionalista, topaba con la CIA y la ITT y con decenas de miles de cacerolas vacías.

De algún modo, en una operación actoral que ocurría cada noche en las tablas del Alberto de Paz y Mateos, nuestro correlato era Pío Miranda, charlatán, good-for-nothing que veía volatilizar su pueril patraña koljosiana y soviética ni siquiera a manos de Juan Vicente Gómez, el tirano insoslayable y omnímodo, sino por obra y gracia de la mera visita de Carlos Gardel, musical, galana y avasallante fantasmagoría propalada por la RCA Víctor.

II

Lo que llevo dicho quizá valga para la minoría que alguna vez militó en el empecinado y errático campo de la izquierda pero no alcanza a explicar el decidido fervor del público más tumultuoso y entusiasta con que un autor teatral haya podido contar entre nosotros.

Algún detractor quiso ver en la multitudinaria gravitación del público hispanoamericano en torno a El día que me quieras el resultado de una calculada operación de pesca de arrastre cuya red y motor fuera de borda vendría a ser la mítica, avasallante figura de Carlos Gardel.

Sería ocioso refutar esa mezquina impertinencia que deliberadamente finge ignorar un hecho poblacional incontestable: a buen seguro hay en el planeta muchísimos más gardelianos que comunistas.

Pero con todo y el cariz de excepcional idolatría que concita entre iberoamericanos la figura de Gardel, tengo para mí que la magia blanca de esta pieza está en su cualidad teatral de ´alucinación dirigidaª, para usar la expresión de Borges, de impecable reverie habitada por la familia Ancízar y en su chejoviana demografía de viudeces voluntariosas e impecunes noviazgos eternos.

A esa vida detenida y sin virtualidades, como la de esos insectos atrapados en un trozo de ámbar, llega Gardel y aroma para siempre la casa y las vidas de las Ancízar con la sola certidumbre de su existencia.

Esa certeza cancela el proyecto koljosiano de Pío Miranda que no ha sido más que una cobarde postergación, una patética engañifa que cobra la forma de un proyecto de vida sólo desplegable en el ámbito desprendido y noble —y remoto— de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas.

Gardel, el triunfador cosmopolita jovial, es la donosa realización del que siempre hubo en él; las Ancízar, el simpatético espectador que es Plácido y el retórico Pío Miranda no han tenido ni siquiera destino que arrostrar: sueñan que viven, sonámbulos, bajo una dictadura sorda y muda.

Al cabo Gardel parte tras dejar sus señas postales y los Ancízar son de nuevo aventados a esta equivocación de la Historia. Pero Miranda se ha salvado al abjurar de toda Arcadia filantrópica y futura, al acatar el mandato de ser, a su vez y por primera vez, el que siempre hubo en él: una herida viviente, aquí y ahora.

III

Así recordaba El día que me quieras, el acre barroquismo de su escritura, su estética de anacronismos deliberados y felices, la mirada compasiva, escéptica y jubilosa, a la vez que nos propone con envidiable maestría. Pero la perestroika y la debacle de las economías centralizadas del este de Europa, han venido a conferirle un cariz impensable hace una década.

Lo que pudo tener de blasfemo, provocador y partisano se ha volatilizado hasta hacerse parte del clima de ideas que ahora impera.

«¡No hay Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas!» ya no es una desgarrada insolencia de Pío Miranda, boyardo sangrante.

Su invocación de la vida koljosiana, de Romain Rolland, los kulaks y los emblemáticos tractores del trigo ucraniano tienen hoy, como nunca, toda la traza de una martingala engañabobos.

Se nos ha hecho Pío, en suma, más arbitrariamente embustero en su condición de quien no sabe pagar los diezmos que harían de él un hombre con títulos para la vida. Por ello es más encarnizada su tragedia.

Ya no es dable a los críticos discernir ´tesisª en ella; su asunto es, de ahora en adelante y con más nitidez que nunca, las indóciles, ecuménicas, carnales angustias humanas ventiladas por Cabrujas con airosa y airada impudicia.

Ibsen Martínez

Caracas, Julio 1990