1.

Poco antes de su muerte, ocurrió que viajásemos juntos en automóvil, Cabrujas y yo, desde Santafé de Bogotá a una finca en la sabana, en el confín de Cundinamarca. Yo conducía mientras él fumaba «en cadena», en el asiento del copiloto.

De una infancia entre geólogos petroleros me quedó el prurito de consultar mapas y pretender saber siempre, en el trascurso de un viaje por tierra o aire, qué rumbo llevo, de cuál vertiente de la cordillera se recuesta la carretera, a qué altitud volamos. Viajo atento a los buzamientos, las afloraciones, los lechos secos y cosas así. Sin lograrlo por completo, procuro en todo momento estar geográficamente situado; procuro no sentirme ciegamente en tránsito.

Le hice notar a Cabrujas algo en el paisaje —un hito cualquiera, en todo caso algo que al cabo no recuerdo y ya no importa—, un paisaje que a ratos es sabana húmeda, a ratos son gargantas que se abren a pequeños valles sorprendentemente templados, y de suelo cultivable. Valles que en Colombia llaman «calentanos».

Dijo entonces que el paisaje —el descampado, the wilderness, la rase campagne— lo dejaba indiferente. Que no podía discernir ninguna singularidad en un bosque: sólo árboles. Y de entre ellos, apenas distinguir los grandes de los pequeños. No conocía sus nombres, ni el de las aves. Había vivido siempre en una ciudad.

Añadió, con sorna citadina, que solo podía reconocer el cundeamor y una frutilla que en su infancia llamaban «bomba». Y que era ciego al pelaje de las bestias de monta o carga, que la palabra «alazán» lo remitía indefectiblemente a un restorán de carnes.

Y vino entonces una efusión autobiográfica: había nacido en 1937, de Poleo a Buena Vista, muy cerca del Palacio Blanco: ni más ni menos que un no lugar en la Caracas de hoy. En la actualidad hay allí un túmulo bajo el cual se presume corría la calle en que nació.

Los Cabrujas eran una pareja pobre, extremadamente pobre, y vivían en una casa alquilada, donde también funcionaba el taller de sastrería del cabeza de familia.

Al nacer José Ignacio, su madrina, Francisca Calcaño, ferviente católica como lo fue el padre de Cabrujas y caracterizada figura de una cofradía de laicos, le regaló al ahijado recién nacido un terreno, apenas una cuchilla de tierra, en la calle Argentina, entre quinta y sexta avenidas.

Catia era por entonces un paraje casi rural, indiviso del casco central merced una trocha, hiperbólicamente llamada Calle Real, que arrancaba desde Pagüita y se movía hacia el oeste.

Son de Catia, y por cierto referidas a un tiempo muy anterior a la explosión que significaron Propatria y el boom petrolero, las únicas reminiscencias «campestres», el único roce de Cabrujas con la Venezuela no digamos campesina, sino más rasamente, con la Venezuela en descampado:

En mis primeros recuerdos, de seis o siete años, Catia era como campestre, la calle todavía era de tierra, iluminada por unos postes que daban una luz mortecina, muy provinciana.

Los alrededores eran todos pastizales y a quinientos metros de mi casa había vacas que pastaban y campesinos canarios que cuidaban sus pequeños huertos, vacas y chivos.

Cuando ya tuve doce o trece años, me entretenía subiendo con mis amigos los cerros cercanos, siempre en dirección a El Junquito, no creo que hayamos llegado nunca hasta El Junquito, pero esa era la vía que tomábamos.

Había allí una flora muy abundante, muchas flores amarillas, millones de cundeamor, violetas en cantidades increíbles y algunas plantitas misteriosas, como una que nosotros llamábamos «bomba», que terminaba en una especie de canutillo y si te la llevabas a la boca y la humedecías con la punta del lengua, luego de unos segundos explotaba, hacía ¡pac! Y soltaba las semillas. Si calculabas mal y te estallaba en la boca no te hería, pero sí sentías una molestia. Había también muchos lagartijos, verdes, amarillos, verdiamarillos, moteados de rojo, que circulaban por allí, y era un espectáculo atraparlos, meterlos en una botella, examinarlos, darles de comer. Y arañas, arañas de todo tipo, mariposas incontables, a veces de muchos colores, tornasoladas, pero generalmente aburridas mariposas amarillas que no llamaban la atención por lo corrientes. Eso era mi infancia, lo que no me hizo un hombre natural, ni un niño natural.

Yo transcurría por todos esos paisajes atormentado, no podía decir que era bello, no sería honesto conmigo mismo, o no lo sería con ese niño que cruzaba el paisaje sin notarlo (Milagros Socorro, Catia tres voces, Caracas: Fundarte, Colección «Rescate», Nº 12, 1994, p. 58)

Acaso ya por aquel tiempo prosperaba en él la convicción mil veces afirmada, de viva voz o en crónicas de prensa, tanto en su pieza maestra El día que me quieras como en sus incursiones en ese neorrealismo costumbrista y no exento de existencialismo «en clave criolla» que fueron las más sonadas de sus telenovelas.

Hablo aquí de una noción de provisionalidad que Cabrujas identificaba como atributo primordial de lo caraqueño. Probablemente donde mejor pudo formular esta noción fue en la entrevista concedida en 1994 a la escritora Milagros Socorro, de la cual he venido citando:

Siempre he pensado que Caracas es una ciudad en la que no puede existir ningún recuerdo. Es una ciudad en permanente demolición que conspira contra cualquier memoria; ese es su goce, su espectáculo, su principal característica. En algún momento de mi vida me he horrorizado ante esa situación; hoy no. Hoy pienso que es una legitimidad, y así como hay pueblos que construyen, hay otros que destruyen. Hay pueblos que tienen en la construcción un sentido de la vida, como algunos lo encuentran en la destrucción.

El caraqueño es un pueblo demoledor, no por nada, sólo por ser fiel a su propia historia. Esta es una ciudad de terremotos, los sismos han jugado un papel preponderante en la forma del desarrollo de la ciudad, la propia naturaleza es la primera causante de la destrucción del proyecto de la ciudad. Pero aparte de eso, Caracas responde a un ideal, algo que está por verse.

Caracas siempre fue un lugar de paso, un lugar intermedio, en sus orígenes no fue un sitio para quedarse, apenas un tránsito para ir hacia el sur: pasar por aquí y seguir avanzando.

Quedarse en Caracas fue siempre una desgracia, entonces todos los edificios de esta ciudad fueron construidos con un concepto provisional, todos los edificios de la Conquista, y aun de la Colonia, son muy simples y apenas parecidos a lo que quieren representar, pero sin llegar a ser nada.

Por eso la catedral de Caracas no es una catedral, es una aspiración de algo que no llegó a hacerse. Y hoy uno la puede visitar y la encuentra vetusta pero inacabada. Por eso, los caraqueños hemos soñado siempre con el día en que inauguremos la ciudad, una ciudad que se parezca a nosotros mismos; lo cual es virtualmente imposible, pero un delirio colectivo. De allí que el caraqueño goce con el espectáculo de la destrucción de aquello que considera provisional, esperando que en ese hueco aparezca lo definitivo (Ob. cit. p. 53).

Mirando hacia atrás, luce inevitable que esta noción se desplazara hacia su poesía. Característicamente, y como para llevar agua a su propio molino, el poema de Cabrujas que aquí damos a la prensa fue originalmente escrito para recitante, para una voz entreverada con la música de Juan Carlos Núñez.

Una edición discográfica, conmemorativa de la fundación de Caracas y costeada por una empresa de ingenieros consultores, fue el motivo de este poema, virtualmente inédito hasta hoy.

Cabrujas sonreiría ante la idea de que la edición no ostente leyenda alguna que noticie quiénes son los ejecutantes, o al menos el lugar y fecha del registro.

Escuchar hoy la voz de Cabrujas —pues él es el recitante— leyendo este texto sobrepuesto a una pieza para vientos, percusión y vocalise, cobra un cariz inquietante, irónico y anticipatorio a la vez:

No hay fanfarrias solemnes

Conviene recordar a veces

Que se trata de un valle y de unas gentes

Y de un lugar de paso

Que nadie vino a quedarse demasiado

Porque todos los carteles que medían la distancia

Hablaban de exilio y mientras tanto

Que las casas se entendían en los planos

Con esa facilidad de los cuadrados

Que no hubo un ser con imaginación de triángulo

Que fue un lugar de obstinados terremotos

Que Catedral fue un por decir y no una torre

Que eran hombres de prisa

Y que cualquier constancia partió de una derrota

Conviene recordar que fue ciudad de locos

Al norte de una empresa

Que entrar en ella era bajar de la montaña

Y que todo iba a ser mejor mañana

Que una cosa antes de ser, se parecía

Así la gente, así la música

Así esta historia

Siempre al norte, mientras tanto y por si acaso.

José Ignacio Cabrujas, circa 1978

2.

Considérese ahora el libro Mi cocina, a la manera de Caracas y la lectura que dé él hace Cabrujas. Desde su aparición, el libro de Armando Scannone provocó en el dramaturgo un entusiasmo lindante con el fanatismo fundamentalista.

Este libro, omnipresente en la Caracas del último cuarto de siglo, y en el que una personalidad gustativa fija los vectores de una gastronomía caraqueña, termina por ofrecer infalibles algoritmos que conducen a la cristalización de algo inconcebible en este desmemoriado no lugar: una tradición gastronómica.

De nada valía intentar hacerle ver a Cabrujas que A la manera de Caracas era precisamente un brillante contraejemplo de su teorema de la provisionalidad.

Un día, colado de mirón en sus fogones, aventuré en plan provocador que el libro de Scannone era una frondosa refutación de su idea de que Caracas es tanto más Caracas cuanto más se despoja de sí misma.

—¿Cómo pudo ser posible este libro, sin una tradición? ¿ Sin una memoria? —pregunté, retador.

—Por eso mismo —respondió el sofista de Catia, añadiendo una pulgarada de azafrán a la paella—, porque hurta el cuerpo a la idea de tradición y prefiere «insinuar» provisionalmente una cocina «a la manera de Caracas». Scannone logra situarse de modo natural en algo que llamaré «el futuro arquetipal», ese al que propendemos «provisionalmente» desde 1567.

—¿?

—Cuando Caracas sea al fin Caracas, y fíjate que no digo «si volviese a ser», advierte que no digo «si Caracas continuase siendo», sino que digo «cuando por fin llegue a ser Caracas», entonces ésta, la provisional «manera de Scannone», será su cocina, su tradición.

Quod erat demostrandum…

3.

»Que fue un lugar de obstinados terremotos…»

Cuando lo conocí y trabamos amistad —pronto hará un cuarto de siglo—, Cabrujas vivía entre las esquinas de Mercedes y Tienda Honda, en la parroquia de Altagracia.

Desde el balcón de aquel pequeño, acogedor apartamento duplex, podía verse el interior de la iglesia, todavía era visible a simple vista la nuez estructural de lo que fue un convento del siglo XVII caraqueño.

Allí escuché a Cabrujas mencionar por vez primera a Fray Mauro de Tovar, fraile benedictino que fue obispo de Caracas entre 1640 y 1654 y quien, entre otros designios pastorales, trajo el de fundar un Seminario.

El lector hallará una satisfactoria noticia de Fray Mauro en el Diccionario Polar de Historia de Venezuela. Se enterará allí de que fue un esforzado paladín de la autoridad eclesiástica sobre la civil, y también que su obispado descolló por una incesante floración de escándalo y querella.

Cabrujas trabajaba por entonces en una novela, de la que alcancé a leer un par de prometedores capítulos y que ¡ay! dejó inconclusa. Aspiraba trasmutar en El señor de los escándalos—así iba a titularse la novela—la peripecia de Fray Mauro, el obispo atrabiliario y voluntarioso.

Uno de los casos más sonados durante su obispado, que deja ver el modo bilioso con que Fray Mauro supo avivar el colonial conflicto de jurisdicción ente lo civil y lo eclesiástico, fue el proceso de anulación del matrimonio entre Ana de Cepeda contra su marido, Pedro Navarro, gente principal de la Provincia, plantado por «malos tratos y amancebamiento» de Navarro con su hermana, Jimena Ponte.

Fray Mauro hace presos a los presuntos incestuosos, excomulga a la madre de ambos, pues la tiene por encubridora, excomulga al Gobernador cuando este pretende intervenir, excomulga a quien se atreva a interponerse.

Las excomuniones menudearán en este proceso que, según el bando, solicitará la atención de Real Audiencia y del Arzobispo Metropolitano de Santo Domingo.

Pero la novela de Cabrujas atendía a otra querella escandalosa: la de Fray Mauro y los frailes mercedarios, cabe sospechar que por rivalidad entre las órdenes.

Exigía el obispo la demolición del convento que los mercedarios reconstruyeron, sin su expresa autorización, luego del terremoto de 1642.

A Cabrujas fascinaba el hecho de que el pleito entre los mercedarios y el obispo, con su ración de desacatos, excomuniones y carcelazos, se desplegara entre terremotos, reedificaciones, incursiones filibusteras y nuevas demoliciones.

En ese demoler para reconstruir y perentoriamente volver a demoler, con el concurso de la Naturaleza o contra ella, entre vicisitudes de guerra y rutinas de paz, quería ver Cabrujas un anticipo del talante descontentadizo de una ciudad de locos, donde las casas se entendían en los planos con esa facilidad de los cuadrados, sin imaginación para los triángulos, donde Catedral fue un por decir y no una torre, y donde cualquier constancia partió de una derrota.

Bogotá, agosto de 1999.

 

Ibsen Martínez está en @ibsenM