Menos de diez minutos después de que el Consejo Supremo Electoral brindase el primer boletín en cadena nacional – a eso de las 6: 30 pm­ de la tarde    del 7 de octubre de 2012–, el presidente en funciones, Hugo Chávez, llamó por teléfono  al presidente electo, Diego Arria, para felicitarlo por su aplastante victoria.

Siempre partidario de facilitar la cobertura de prensa de todos sus actos, el presidente Arria sostuvo un breve, aunque quizá algo áspero, intercambio preliminar de formulismos  con el presidente saliente rodeado de la prensa que  colmaba su comando de campaña.

La ruidosa nube de reporteros de prensa, radio y televisión que acercaban sus micrófonos  y grabadores al rostro, aún juvenil, del presidente electo me dificultó  recoger las primeras  palabras que pronunció el ganador.  Empero, alcancé a escuchar nítidamente cuando Arria, impérterrito, decía al auricular:

“Es una vergüenza planetaria que hayan ustedes modificado una norma  secular entre nosotros y aplazado tan socarronamente la entrega de la banda presidencial.  Pero no importa, Chávez, no me harás perder el tiempo. No me sentaré a esperar la toma de posesión. Maduro puede reemplazarte en la ceremonia de transmisión de mando porque lo que eres tú estarás desde la semana que viene rumbo a La Haya a enfrentar los cargos de la Corte Internacional Penal. Pudieron hacerlo con Milosevic y lo harán contigo, te lo aseguro. Tengo amigos, no lo olvides.  Muchos amigos en la comunidad internacional. Te equivocaste conmigo, ¡demagogo!”.

Para entonces, todos los periodistas presentes en búnker se mostraron sobrecogidos cuando Arria, en su turno de escuchar lo que Chávez tuviese que decirle, alzó una mano extendida pidiendo silencio en derredor.  Su respuesta merecía ser escuchada en silencio.

“Lo de mi finca es lo de menos para mí, genocida. Y ya es tarde para que zalameramente me ofrezcas desalojarla, fumigarla y devolvérmela con todos mis animales  y mis aperos de labranza y unos dólares sueltos que estaban en mi mesa de noche junto al retrato autografiado de Kofi Annan. Soy hombre de palabra y mi primera ejecutoria como mandatario de Venezuela será cumplir la que fue promesa primordial de mi campaña cual es la de  encanarte por crímenes contra la humanidad, ¡narcomalandro!, ¡castropelele! Mañana mismo iré personalmente a Miraflores para detenerte y más vale que te entregues sin oponer resistencia, ¡forajido! Prepárate a responder a la justicia internacional, gordo feo. Así que no te me pongas cómico cuando me veas cruzar a pie, solo y sin armas, la esquina de Llaguno a mediodía, Chávez. Porque  no hay nada que hacer: a cada cochino le llega su Arria”. Y colgó.

Los momentos más aterradores en la vida de  Chávez, aquellos en los que se ha sentido flaquear, lo han  dosprendido invariablemente y fatídicamente con un teléfono en la mano.

La noche del Museo Militar se les acabó la pila a los celulares con los que seguía el curso de los acontecimientos.  Fue por teléfono que Castro le dijo en una noche de abril: “oye, asere monina: estás rodeado, socio; mejor entregas ya la pelota y el guante. Guárdate paraotro día;  si todos nos vamos a morir, ¿para qué  inmolarse antes de tiempo? Arranca en fa para Fuerte Tiuna”.  Cada vez que se deprime o amedrenta por  un inesperado contratiempo, Chávez tarda en hacerse escuchar y cuando se encadena… es por teléfono. El diagnóstico sobre su enfermedad ha sido lo único que no llegó por teléfono; se lo dio de viva voz su amigo, figura tutelar, consejero y médico tratante, Fidel Castro. Por eso, al escuchar la voz de su némesis, el mismísimo Diego Arria,  advirtiéndole ¡por teléfono! de la llegada del Día del Juicio Final fue demasiado para el León de Barinas y, sencillamente, se desplomó.

Recorrió, angustiado los hitos de Miraflores – el Salón Ayacucho, el Despacho, la fuente con la estatua del coporito ese que escupe agua –, sin poder avenirse a la idea de tener que dejar el poder sin pataleo alguno  ni a la idea de que pudiese haber un poder legislativo que no fuese el suyo dispuesto a juzgarlo.  Las personas de su confianza lo miraban de lejos, sin animarse a perturbarlo con una adulancia que bien podría estar fuera de lugar. Al cabo, cedió al impulso de llamar a Fidel.

Habría preferido ir a conversar con él en persona, pero volar a La Habana la tarde de las elecciones habría enviado una buena noticia a los mercados mundiales y eso, darle un motivo de contento a Wall Street, es algo que Chávez jamás haría.  Se resignó a hablar con Fidel por  el fatídico teléfono, claro.

“Asere – dijo el Viejo- , no cojas lucha con el tema de la justicia internacional. Son todos unos comemierdas. Deja que te juzgue la Historia, chico. La Historia te absolverá”.

Por el tono desasido y desengañado del anciano que le hablaba como masticando agua desde La Habana, Chávez no supo discernir cabalmente si las palabras de Fidel encerrabn un consejo o una broma.

“Tú dices eso porque no sabes quién es Arria, Fidel. Es un tipo jodido. No sé  quién le habrá invadido y arrebatado su conuco de mierda, pero te juro que yo no dí esa orden. Tú me conoces ; yo no ando en eso, cazando moscas. Yo ando en vainas de mayor importancia histórica: derrotar el imperialismo yanqui, el nuevo orden económico mundial, etc. ¡Yo no soy un robagallinas ¡, quisiera que Arria lo entendiera, pero ahora que me ganó las elecciones se comporta como Harry el Sucio y mañana viene por mí y, francamente, taita,  estoy muy…muy…”

Chávez creyó escuchar un ronquido de durmiente al otro extremo de la comunicación.

“¡Taita!, ¡taita!, ¿estás ahí?”

“No te inquietes, nagüe”, dijo la voz patriarcal que tenía siempre sobre Chávez  el efecto de un ansiolítico. “Yo a esos pepillitos como el tal Arria me los sé  de memoria. Es igualito a esos los bitongos con quienes estudié en Colegio de Belén en La Habana en los años 40. Igualito a sus hijos y a sus nietos. No buscan sino figurar y hacerse congresistas del Partido Republicano, como Lincoln  Díaz-Balart o Ileana Ross-Lehtinen. Me los pasé a todos por el arco de triunfo y me comí la tarta. Pásate a Arria por el Arco de Triunfo tú también”.

“Por el Arco de quién…?”, requirió Chávez, muy angustiado.

“Es una figura retórica”, respondió Fidel, con paciencia tutelar. “Quiere decir  ̒límpiate los cojones̕ con él y sus amenazas y tú verás, tú va a ver”.

Al dia siguiente, a la hora señalada, Diego Arria abordó su automóvil. Iba solo, tan sólo acompañado de su chofer.

“Sintoniza 103.3 FM” , ordenó Arria. “Quiero  saber si la Urdaneta está congestionada”.

Lo estaba. Una multitud vociferante y un destacamento de tanques y otro de la Guardia del Pueblo acordonaba Miraflores desde la Plaza España hasta Pagüita. “Tómenlo en cuenta”, recomendaba cordialmente Alejandro Cañizales desde La Máquina.

“Lo llevo a Miraflores, doctor?”, preguntó, medroso, el conductor.

“¡No,chico! Tengo cosas mejores que hacer. Vamos al Eurobuilding: tengo almuerzo con Patricia Janiot. ¡Hoy me sale audiencia total en CNN!”