OIl rig blowoutEn 1878, un grupo de caballeros tachirenses que la jerga de hoy llamaría “emprendedores”, acordaron crear una compañía que se dedicase a la explotación de una concesión otorgada por el gobierno: eran  casi cien hectáreas en las que abundaban manaderos de hidrocarburos.

Uno de aquellos señores, don Pedro Rafael Rincones, hombre singularizado por su inteligencia y capacidad organizadora, fue el encargado de ir a los Estados Unidos a adquirir la maquinaria requerida para fundar “Petrolia del Táchira”.
Cambiando lo que haya que cambiar, que un grupo de hacendados y profesionales liberales venezolanos decidiese entonces dedicar parte de sus esfuerzos a desarrollar una industria que, para aquel entonces, no tendría más veinte años en el planeta, es como si en los noventas del siglo pasado, alguien en Venezuela hubiese decidido  impulsar otro Silicon Valley en los Andes.

Acaso convenga recordar que, en sus inicios, la industria del petróleo fue, casi exclusivamente, industria de la iluminación y el querosén su primordial producto derivado y verdaderamente comercial.

Desde el fin de la Guerra Civil estadounidense, el querosén comenzó a sustituir, paulatina, sostenida y rápidamente, al aceite de ballena como combustible para iluminación y calefacción en todo el mundo desarrollado hasta la época. Puede decirse, sin exagerar, que la invención del bombillo incandescente pudo haber puesto fin a la industria petrolera de no haber mediado la industrialización del automóvil y, en un plano mucho más general, de los motores de combustión interna.

De modo que los hombres de “Petrolia del Táchira” lo tuvieron claro desde muy temprano. Era aquel, además de emprendedor, un grupo innovador en la economía de su estado mayormente cafétero. De no haberse interpuesto lo que el historiador petrolero Efraín Barberii llamó ” circunstancias más allá de sus esfuerzos”, pudieron haber iluminado, no sólo una vasta extensión del Táchira, como en efecto lo hicieron, sino extender sus actividades a otras regiones del país.

En menos de diez años, Petrolia refinaba crudo a un ritmo de 2000 litros por día. Podríamos abismarnos  con las cifras duras de aquel emprendimiento que se prolongó por muchas décadas. Baste saber que su ciclo de desarrollo se cierra hacia 1911 y que sus productos, querosén y carbolíneo, llegaron a venderse tan lejos como Pamplona, en el departamento colombiano de Norte de Santander. La concesión, sin embargo se extinguió en 1934.

 

2.-

¿Por qué se afirma, entonces que nuestro primer siglo petrolero comenzó en 1914 en lugar del muy señalado 1878 tachirense? Hay, ciertamente, espacio para el debate, pero creo que sería un debate sumamente académico sobre la “fecha exacta” del comienzo de lo que, para bien o para mal, somos hoy día.Prefiero traer aquí las palabras de Ralph Arnold, un brillante geólogo estadounidense contratado, junto con otros cincuenta y dos geólogos de primera línea, por una compañía asfaltera británica para levantar el primer catastro geológico de nuestro país en 1911.

La General Asphalt, que así se llamaba la compañía, detentaba, a través de una filial, la Caribbean Petroleum Co., el control concesionario de un territorio que se extendía por diecinueve estados de la república. ¿Cómo fue esto último posible? ¡Ah!,  contarlo ya son otros cinco pesos,  amigo lector; quedará para otra ocasión.

Lo cierto es que, en noviembre de 1912, Arnold enviaba un informe preliminar a las oficinas de General Asphalt, en Filadelfia. Muchos años después, Arnold recordaría cómo su halagueño informe se ofreció a muchas compañías en los EE.UU, puesto que la General Asphalt carecía de los recursos para desarrollar la explotación en gran escala.

“Ninguna manifestó interés”,  contará, ya en 1960 . Como último recurso, un tal James Clarke Curtin, representante de la compañía, llevó el informe a Londres para mostrarlo a la Royal-Dutch Shell.

Muchos años después, el legendario forjador de un imperio petrolero, Sir Henri Deterding, presidente de la Royal Dutch-Shell, hombre osado y aficionado a los juegos de azar, recordaría aquel momento: ” ¿Porqué razón decidí afrontar ese riesgo tan grande? Tengo que admitir que el informe preparado por Arnold me impresionó por el valor potencial de esos inmensos territorios.[..] Hay que tomar en cuenta que hasta ese momento no existía ningún pozo en producción en Venezuela y que, antes de que tuviésemos seguridad de que estos pozos llegasen a existir, teníamos que invertir, obviamente, una suma colosal de dinero. Este negocio es riesgoso, sin duda alguna.¿Porqué, entonces, decidí acometerlo? Sencillamente, porque pensé que esta gran oferta en Venezuela, aunque implicaba un enorme azar, estaba justificada. Y así ocurrió”.

Royal-Dutch Shell adquirió entonces el 51 % de las acciones de la Caribbean Petroleum. Dieciocho meses más tarde, el pozo Zumaque-1 comenzaba a producir a razón de 40 metros cúbicos diarios. Estos cien años hacen de nosotros uno de los petroestados más antiguos del planeta.   El mismo que hoy hace lo que cualquier pulpero sabe que es camino más corto y seguro a la bancarrota: vender activos para pagar gastos fijos.