A Alberto Barrera Tyzska

Un productor venezolano de telenovelas fundó, a mediados de los años setenta, un laboratorio de semiología aplicada. Buscaba acorralar la fórmula de un argumento inagotable y autosuficiente, una especie de móvil perpetuo que venciera la erosión de lo manido y el tedio anticipador del auditorio.
Necesitaba una telenovela irresistible, capaz de derrotar una y otra vez los libretos de Delia Fiallo, exitosísima escritora cubana al servicio del canal de la competencia, cuyos culebrones ganaban impasiblemente las mediciones de audiencia desde hacía ya demasiado tiempo. El productor estaba harto de doña Delia; el productor quería el arma absoluta.


El Enrico Fermi de aquel “Proyecto Manhattan” fue un periodista argentino, peronista de izquierdas y amateur de alto desempeño. El Flaco Alfano había cultivado desde joven un genuino interés por la semiología y alcanzado tan superlativo dominio autodidacta de sus técnicas de disección que nadie en el perímetro académico del país podía equiparársele.
Había escapado a tiempo de la junta militar fascista, al precio de dejar atrás a su familia y una anchurosa biblioteca de temas semiológicos que había comenzado a acumular en los años cincuenta, desde el día siguiente a la tertulia universitaria en que supo que existía Roland Barthes. Desterrado a Caracas, resolvió ofrecer profesionalmente sus saberes y buscó sitio como profesor de semiología en la Universidad Central de Venezuela. La alternativa era aceptar un puesto como dibujante publicitario en J. M. Walter-Thompson. Pero no conocía a nadie en la universidad y era indeciblemente tímido. Deliberó entonces convertirse en un habitual y, en consecuencia, acudía sin falta a los estrenos del cineclub de Ingeniería, frecuentaba los conciertos dominicales del Aula Magna y se colaba como oyente en las clases de las vacas sagradas de la Facultad de Humanidades, haciéndose el encontradizo con nadie, pues a nadie conocía y era del todo incapaz de abordar a quien no hubiese sido presentado.
Durante semanas siguió esa estrategia, confiado en llegar a conocer así a algún miembro influyente del claustro académico, hasta la tarde en que, a punto de agotarse sus ahorros, el Flaco fue a sentarse en la última fila de butacas del auditorio de Humanidades. Lo hizo a tiempo de presenciar un debate que se desarrollaba en una sala casi desierta y cuyo tema era en sí mismo una hipótesis: los participantes discutían la conveniencia de una telenovela que modelase conductas solidarias en la población.
Los participantes eran una socióloga a cargo de un programa de la ONU en los barrios del oeste de Caracas, un antiguo miembro del Teatro Universitario, trocado en exitoso libretista de culebrones, y un psicólogo social que había escrito una monografía sobre el papel de la televisión en la adopción de estereotipos por los niños marginales de siete ciudades venezolanas.
La socióloga reprochaba al antiguo hombre de teatro su olvido de las convenciones del verfremdung brechtiano y el haberse dedicado a escribir culebrones que, según ella, perpetuaban formas patriarcales de dominio. Se hacía lenguas de la creatividad de un productor indio que había logrado recursos del Banco Mundial para producir una telenovela que abogaba por el control de la natalidad entre las adolescentes de la subregión asiática. La telenovela anticonceptiva había sido escrita por un equipo multidisciplinario de sociólogos, sanitaristas, pediatras, educadores, psicólogos y obstetras. “¡Si tan sólo se pudiera hacer una cosa parecida entre nosotros!”, suspiraba la funcionaria de la ONU.
A su turno, el libretista afectó un superior hastío desengañado. Dijo tener también noticia de la ubicua banda de científicos sociales que estafaba dinero multilateral traficando con culebrones para el desarrollo humano. Al parecer, ya había timado a la Unicef en México y al ministerio del ambiente de Brasil antes de probar con Cachemira y Bengala: el libretista dijo en una de esas que eran como el hombre que vendió varias veces la Torre Eiffel. Y se preguntó con sorna cuántas adolescentes bengalíes habían aprendido algo valioso acerca del amor y de los hombres mirando culebrones de ingeniería social.
Al Flaco le irritó el brillo mundano del libretista, su cinismo, su desenvuelta y fatua egolatría. Le irritaron todavía más las ínfulas del psicólogo social que cada tanto tomaba prestados conceptos de la física corpuscular o de la biogenética, vinieran o no a cuento.
Los preguntones se le antojaron todavía peores. Mientras descifraba el tartajeo de uno de los asistentes, que se identificó como estudiante de filosofía, el Flaco pensó con desengaño en su exilio, su familia, su pobreza y su timidez. Admitió por primera vez ante sí mismo cuánto le chocaban el acento y los modismos venezolanos, el tuteo parejero, la ignorante temeridad ambiente y el morboso igualitarismo de un país que no reconoce jerarquías de competencia.
Pidió la palabra sin ponerse de pie y recriminó cansinamente a los del panel por “freír pamplinas” sobre la teoría del reflejo. Y a todos los demás por escuchar en calma tantas “pavadas behavioristas” en lugar de plantear lo único que a su entender cabía hacer: desconstruir la telenovela, desagregar los elementos del género, inferir sus leyes de composición según un programa que inmediatamente comenzó a describir en todos sus detalles. De súbito, cobró consciencia de su ira y su enajenación. Avergonzado de su impertinencia, dejó una frase en suspenso y abandonó la sala.
El recinto de la Ciudad Universitaria es notable por sus aceras cubiertas, antídoto arquitectónico contra el sol del los trópicos que prolonga una idea feliz del estilo colonial antillano-español y permite circular por todo el campus sin quemarse el coco.
El Flaco renunció inmediatamente a la idea de hacerse profesor en Venezuela y ya se resignaba a hacerse cargo del puesto que esperaba por él en la agencia Walter-Thompson cuando sintió a sus espaldas unos pasos afanados en darle alcance. Los pasos retumbaban en el embovedado de la acera cubierta. Alguien lo apostrofaba, alguien siseaba y le pedía acortar el paso. El Flaco se detuvo y se volvió para mirar. El que trotaba en pos de él era un hombre bajo y delgado, con un notable parecido al Don Ramón de La vecindad de El Chavo. Alfano lo reconoció en el acto como el psicólogo social del panel. El psicólogo le tendió la mano, jadeante. Sonreía:
—Permítame presentarme: soy el profesor Guevara. Me encantó su intervención. Muy lúcida, muy enterada. Brillante.
—Muchas gracias.
—¿Cree de verdad que pueda desarmar un caza interceptor ruso?
Las palabras reverberaban en la acústica de concreto armado de la acera cubierta.
—¿Cómo dice?
—Desarmar un prototipo de caza interceptor. Para ver cómo funciona. Acaba de decir que eso es lo que deberíamos hacer.
Era verdad: en su peroración, el Flaco había usado el símil de un caza interceptor soviético, un prototipo capturado por los israelíes en 1973 y desarmado para estudiar sus reactores, su armamento, su aviónica.
Guevara notó la confusión del Flaco y se explicó:
—De noche soy profesor de Psicología Social. Pero de día trabajo para el Canal 12. Dirijo un equipo de investigación de audiencias: encuestas y vainas así. El canal acaba de adquirir una telenovela de Delia Fiallo. Nos gustaría “desconstruirla”, como dice usted, para ver qué tiene adentro. ¿Cree que pueda con el encargo? ¿Puede venir a verme el lunes?

El canal destinó más de la mitad del piso de escritores al laboratorio del Flaco Alfano. Dotaron la biblioteca con toda la bibliografía que, durante quince días y a razón de nueve horas diarias, Alfano estuvo dictando de memoria a una asistente que le fue especialmente asignada por Guevara.
En obsequio del laboratorio, los escritores de las telenovelas fuimos hacinados en un ala de aquel mismo piso de oficinas. Se nos ocultó escrupulosamente el propósito de aquella remodelación integral. Los ventanales del laboratorio fueron cegados con vidrio ahumado y persianas de metal anodizado. Se nos hizo ver que el tabicado, el equipo y el mobiliario de oficinas, las pizarras magnéticas, los videograbadores y las cafeteras eléctricas inauguraban una unidad de mercadeo internacional de las telenovelas que escribíamos.
Muy pronto comenzamos a toparnos con Alfano en el ascensor: un argentino tímido, alto, giboso, calvo y cortés que vestía en tonos de marrón y fumaba Kents en cadena.
Guevara venía a visitarlo todos los días. Se encerraban la mañana entera en el laboratorio, salían a almorzar juntos y Alfano regresaba al final de la tarde. Se quedaba en el laboratorio hasta pasada la medianoche. En su ausencia, los de mantenimiento acarreaban hasta el laboratorio grandes cajas de cartón precintadas. Día y noche, los cristales ahumados y las persianas descorridas dejaban sin embargo ver que había monitores permanentemente encendidos: aquella oficina tenía en verdad toda la traza de una gerencia nueva y Alfano bien podía ser el responsable de mercadeo para Miami y el área del Caribe. Al cabo de un tiempo dejó de interesarnos.

3
Fue Salvador Garmendia quien descubrió sin querer que las cajas que acarreaban los de mantenimiento estaban llenas de viejos libretos de telenovela.
El laboratorio había contratado a dos pasantes, dos chicas que asistían al Flaco en sus investigaciones. Una de ellas estudiaba letras en la Universidad Católica, la otra había salido del departamento que dirigía Guevara.
La que estudiaba letras quiso un día entrevistar a Garmendia para un trabajo escolar sobre narradores venezolanos que debía presentar en la universidad. El viejo accedió a responder sus preguntas en la cafetería del canal y luego quiso saber acerca de la chica, de dónde era, porqué estudiaba letras, en qué consistía su trabajo.
La chica no podía ver en Garmendia un espía industrial al servicio del canal de la competencia (nadie que lo haya conocido podría) y se animó a romper la cláusula de confidencialidad de su contrato: pasaba el día leyendo libretos de una telenovela de Delia Fiallo. Se trataba de uno de sus éxitos más sonados de una década atrás. La chica debía codificar los libretos de acuerdo a una guía muy complicada que el Flaco había elaborado tan pronto se encargó del laboratorio. Según contó a Garmendia, debía rellenar una cuadrícula con lápices de colores. La novela tenía casi cuatrocientos capítulos. Entre ambas pasantes apenas habían codificado unos setenta.
—Y el argentino, ¿como qué cosas lee? —indagó Garmendia.
— El señor Alfano relee, más bien. A Propp, Iser, a Vachek y la escuela de Praga. A Greimas, Bremond, Todorov, Barthes, Derrida, a Norris. Está escribiendo un paper.
—Un paper
—Sí. Para la revista arbitrada que vamos a publicar —precisó la chica.
La revista arbitrada se concentraría en temas de semiología y circularía por estricto intercambio entre institutos académicos especializados de todo el mundo.
Por lo visto, el Flaco dedicaba sus días a reconstituir su biblioteca perdida y a dirigir la revista trimestral con la que comenzó a hacerse de un lugar en el circuito de los especialistas internacionales. Llegó a viajar a un congreso en Sao Paulo mientras sus dos pasantes desconstruían a Delia Fiallo.
Cuando supe a qué se dedicaba Alfano no solamente sentí envidia sino verdadero respeto por él: comparado con nuestro trabajo (que consistía en perder estoicamente el rating ante las telenovelas de la doña y sufrir las hitlerianas rabietas del gerente general), el Flaco tenía el arreglo perfecto que armonizaba la academia con el matadero industrial.

El gerente general del canal, el vicepresidente de Espacios Dramáticos y el doctor Guevara firmaban la circular que instruyó a los escritores de planta asistir a una “presentación” a cargo del profesor Óscar Alfano, director del laboratorio de semiología.

Sería el primer encuentro formal entre el laboratorio y la cuadra de libretistas. La presentación tuvo lugar en un auditorio habitualmente destinado a las asambleas de accionistas.
Habían transcurrido once meses desde que comenzó la desconstrucción de la telenovela de Delia Fiallo y ahora pudimos ver el fruto de aquel esfuerzo, desplegado en un vasto diagrama que ocupaba todo el escenario y los laterales. La telenovela de la señora Fiallo había sido destazada según un método que se anunciaba en el diagrama como “Esquema actancial de Greimas-Gennette-Alfano para el análisis diegético-mimético de la telenovela”.
En el papel milimetrado habían dispuesto filas y columnas. Las columnas venían identificadas como “actancia 1”, “actancia 2”, hasta llegar a la “actancia 225”. Las filas eran “personajes”. Había algunas “subfilas” denominadas “voces” en el esquema Greimas-Gennette-Alfano. Se apreciaban iconos que advertían sobre la diferencia entre lo “homodiegético” y lo “heterodiegético”.
El gerente general habló de la contratación del Flaco en un tono que implicaba el principio del fin del empirismo propio del gremio de libretistas de culebrones. Con aquella conferencia se pretendía acercarnos a una formalización teórica que el gerente general —con fraseo cordial pero ominoso— esperaba que encontrásemos útil.
En su disertación, el Flaco dejó ver su admiración por Delia Fiallo. Según él, una semiología infusa guiaba a la doña en su quehacer sin necesidad de haber pasado por la Ecole Normale des Hautes Etudes.
A decir verdad, la conferencia del Flaco no se resolvió en un esclarecedor quod est demostrandum que hiciese más inteligible las claves del género y, en consecuencia, más hacedero y provechoso nuestro trabajo. Hacia el final, el Flaco dijo cosas como: “Faltaría desde luego afinar corolarios más precisos que permitan, por ejemplo, formular una teoría de la función del galán en la telenovela. Pero estoy seguro de que el esquema actancial diegético/mimético, tal como se los he expuesto, les permitirá desde ya…” Etcétera.
Al cabo no supimos nunca qué cosas ponía en claro el esquema Greimas-Gennette-Alfano respecto a la turbina, el armamento y la aviónica del caza interceptor de Delia Fiallo. Faltaba ciertamente afinar esto y formular mejor lo de más allá, pero una cosa sí resplandecía: al gerente general, antiguo ingeniero de comunicaciones, la jerga y el papel milimetrado de Alfano le sugerían la existencia de regularidades, simetrías, isomorfismos; en fin, de estructuras, funciones y leyes discernibles en todo lo que hasta ese día había tenido por el indómito, indiferenciado mazacote narrativo de Delia Fiallo. El gerente general estaba hondamente impresionado con el esquema Greimas-Gennette-Alfano.
Pocos días más tarde, el gerente llamó al Flaco a su despacho y le dijo: “Bueno, Alfano, ahora que ya sabemos cómo funcionan las telenovelas, escríbame una que acabe para siempre con la vieja”. Le dio cuarenta días para salir al aire.

5
El Flaco intentó primero reclutar a Garmendia para el proyecto. Alfano aportaría la estructura diegético/mimética y Garmendia se encargaría de los libretos. Garmendia opuso sabiamente que estaba ya muy viejo para aprender trucos nuevos y declinó sin aspereza, así como era él cuando trazaba un límite.
Por aquel tiempo yo no era más que un “dialoguista”, alguien que escribe escenas y diálogos que se desprenden de un diagrama, sabe Dios si diegético/mimético. El diagrama de cada capítulo es obra del autor de la telenovela. Un autor cuenta con tres, cuatro y hasta cinco dialoguistas. Todos trabajan sujetos a un taylorismo frenético que intenta mantener la cadencia de producción de libretos siquiera un paso por delante de la grabación de capítulos.
Garmendia puso sobre aviso al ejército de reserva de dialoguistas y todos se las arreglaron para estar ocupados o ausentes cuando Alfano asomara la cabeza en sus cubículos. De modo que el Flaco no logró hacerse de un equipo.
Furioso, el gerente general me desincorporó manu militari del equipo en el que trabajaba —el del viejo Garmendia, justamente— y me ascendió a libretista concertino de su arma absoluta contra Delia Fiallo, la telenovela diegético/mimética del Flaco Alfano.
Al Flaco le tomó una mañana entera contarme de viva voz el argumento de su telenovela. Nos citamos en la cafetería del Hotel Tamanaco y desayunamos juntos, rodeados de gringos de la Exxon, de la Phillips Petroleum y del grupo Shell. En la inminencia de la nacionalización petrolera, Caracas hervía de altos ejecutivos de las concesionarias.
Mirando hacia atrás, no alcanzo a recordar en detalle la historia que se proponía narrar el Flaco y que yo traté de escribir durante algún tiempo. Recuerdo, sí, que el Flaco gesticulaba una diversidad de niveles —”en el nivel paródico pasa esto; en el nivel retórico pasa esto otro”— para hacerme ver que habría un “culebrón-dentro-del-culebrón” porque la heroína y el galán eran, en la ficción del Flaco, actores de telenovela y todo el argumento amoroso transcurría en un canal de televisión. El tercero en discordia era un director de telenovela celópata.
Yo miraba a los petroleros criollos que desayunaban con los petroleros gringos y trataba sin lograrlo de llenarme de una mínima curiosidad por la peripecia de aquella telenovela programática que llevaba en su seno algo así como una metatelenovela. “Puede ser lindo”, predicaba Alfano, “mostrar al espectador el haz y el envés del género”.
En la vulgata del negocio de la telenovela figura la advertencia de que cuentas a lo sumo con tres emisiones de una hora para cebar tu anzuelo y enganchar un auditorio. Delia Fiallo solía lograrlo en una sola emisión, pero ¡entendámonos!, Delia Fiallo es Delia Fiallo.
Yo no supe explanar las premisas del Flaco en menos de 27 emisiones, al cabo de las cuales Delia Fiallo me había hecho trizas junto con el arma absoluta del gerente general. Nadie en todo el país soportaba ver TV Confidencial, que así se llamaba el culebrón con metatelenovela incorporada del Flaco Alfano.
El profesor Guevara vino muy preocupado a verme y yo sólo supe contarle cuán difícil me resultaba enunciar en el plano paródico de la metatelenovela la pasión por la heroína que devoraba al galán y, al mismo tiempo, mantener vivo el rencor inextinguible que los separaba en el plano retórico de la telenovela nodriza. Para subrayar las diferencias, los diagramas del Flaco instruían enfáticamente que la heroína besase al galán de improviso y que lo abofetease a la menor provocación. Los protagonistas dejaron de hablarme después de la segunda bofetada.
—En el plano paródico vuelcas tus aprensiones —dictaminó Guevara; y en el retórico ejecutas maquinalmente: no pones ni intuición poética ni imaginación narrativa. En el plano paródico ves solamente un campo catártico donde desfogar tus prejuicios intelectuales contra el género. En el retórico te funciona solamente la grafomanía. Concéntrate, ¿quieres? Date motivos para que te guste esta vaina o estás frito. Ternura, cabrón, mucha ternura.
El Flaco no la pasaba mejor. Consumía noches enteras emborronando el papel milimetrado que yo encontraba por las mañanas prendido al carro de mi máquina de escribir. Me llamaba desganadamente al atardecer para saber qué tal iba el libreto. Hubo semanas enteras en que no nos vimos ni hablamos ni una sola vez. Las cifras de audiencia indicaban que, luego de siete semanas en el aire, menos del 7% del encendido total estaba con nosotros.
Una mañana los protagonistas fueron a ver al gerente general. Ella no estaba dispuesta a continuar besando al galán como una regalada descosida según la cadencia exigida por Alfano de un libreto sí y otro no. Él no toleraría de ella ni un bofetón más por un quítame de ahí esa paja. Cuando quisieron mentirles que los números de la telenovela estaban subiendo paulatina pero seguramente, la protagonista se echó a reír y repuso que sabía que eso era imposible porque nadie la importunaba en el automercado desde hacía semanas. Contó que en la peluquería habían llegado a preguntarle cuándo volvería a la pantalla chica. La heroína y el galán exigían un inmediato cambio de libretista.     No fueron complacidos, pero desde las alturas me llegó la orden de poner fin a la telenovela diegético-mimética en exactamente cinco emisiones.
Esta historia termina como Cosí fan tutte: cada cual obtiene al final lo que andaba buscando, excepto quizá Salvador Garmendia, que siempre apuntaba a la luna. Antes de que el canal clausurase definitivamente el laboratorio, el Flaco Alfano tuvo tiempo de pulir el paper con el que anduvo por un tiempo de congreso en congreso: se titulaba Teoría del galán: una formulación diegético/mimética.
Su desempeño al frente de la revista arbitrada logró que lo invitaran a dictar un seminario sobre la telenovela latinoamericana en una universidad de Cataluña, donde permaneció varios años. Regresó a la Argentina en 1983. Actualmente es catedrático en una universidad de Nuevo México. Eso sí, perdió por segunda vez una biblioteca cuando el gerente general ordenó a Guevara donar los libros del laboratorio a la escuela de Artes de la Universidad Experimental de Maracaibo, antes de entrar resueltamente en tratos con la señora Delia Fiallo. Desde entonces la doña ha escrito ininterrumpidamente para el canal.
En cuanto a mí, hace quince años en el plano diegético dejé para siempre la televisión y en el plano mimético soy periodista. Salvador Garmendia murió pobre en Caracas, en 2001.