A Ricardo Cayuela Gally

Llevaba diecisiete meses sin trabajo cuando llamaron del canal estatal: la amante del presidente de la República se disponía a escribir el culebrón de las nueve. Necesitaban un libretista con experiencia.

—El Number One nos la mandó con una tarjeta de recomendación. Enfática, caballo. Puño y letra —dijo Fariñas, el gerente de Dramáticos.

Yo conocía a aquella mujer. Había sido amiga de Elsa, mi difunta esposa, también actriz, la pobre; también ella carnaza de culebrón.

Los del canal pensaron que quedarían muy bien poniéndola en la nómina de escritores. Era la única partida del presupuesto suficientemente dotada para afrontar los gastos fijos de una querida presidencial y asegurarle beneficios sociales.

La invitaron a almorzar, le hicieron firmar un contrato tipo “A” y se olvidaron de ella. Pero tres semanas después de la toma de posesión, el gerente general recibió una llamada del mismísimo Number One:

—Chico, te estoy llamando para informarme de cómo va el proyecto de Esther.

Fue la primera noticia que tuvo Pampín de que Esther abrigase algún designio distinto a cobrar un cheque cada fin de mes.

—Está muy entusiasmada —le dijo Number One a Pam-pín—. Ayúdenla con todos los hierros, hermano; tengo especial interés.

—¿Y qué la tiene tan entusiasmada? —pregunté.

—Una adaptación de Fortu-nata y Jacinto —anunció Pampín. No me pareció prudente corregir en ese momento al tipo que me estaba ofreciendo empleo.

—Pero eso ya se ha hecho —opuse, en cambio—. Televisión Española, hace años. Ana Belén era Fortunata.

—Lo que Esther se propone es una lectura latinoamericana de Pérez Galdós —precisó la sorna de Fariñas—. En Venezuela, época actual. Para no inflar los costos.

—En un tiempo esa jeva estuvo buenísima —evocó Pampín.

—Bella —dije yo, sin mentir.

—Si la vieras ahora. Parece un pichón de alcatraz. Alcoholizado.

El problema estaba en que Esther jamás había escrito un libreto de telenovela. Durante años había sido actriz de reparto en decenas de culebrones, pero jamás libretista. Ha-bían pasado ya dos meses y todavía no entregaba el primer episodio de su lectura latinoamericana de Pérez Galdós.

Lo que parecía robarle más tiempo a los libretos era la obsesión de Esther con el elenco. Tres tardes a la semana presidía pruebas de actuación. Durante las pruebas bebía a hurtadillas de una media botella de ron Pampero. Día y noche importunaba a Fariñas para exigir la contratación de gente del medio teatral.

—Sureños todos, como ella —dijo Fariñas.

—Un culebrón argentino hecho en Venezuela: ése es su proyecto —dijo Pampín, sin desengaño.

Temían que con tanta dilación nunca pudiesen arrancar y que, al ver frustrado su proyecto, ella se quejase pérfidamente con el Number One y acabasen todos despedidos. Esperaban que yo aceptara convertirme en escritor fantasma, en el nègre de Esther.

—Chévere, panal: yo mismo soy y eso es dándole ya porque pa’ luego es tarde y p’alante es p’allá —me escuché responderles. Llevaba diecisiete meses en el paro, recuerden.

Firmé un contrato tipo “B” —ocho meses renovables— y tomamos un par de whiskies mientras me agenciaban el cheque con el adelanto que sugerí, que supliqué. Cobré el cheque y me fui derecho a un automercado. Mientras recorría los pasillos del automer-cado caí en la cuenta de que yo no había leído nunca Fortunata y Jacinta. Pensé también en Esther, en lo bien que se portó durante la agonía de Elsa.

A comienzos de los años setenta Esther vino al Festival de Teatro de Caracas con una compañía universitaria argentina. Cuando arreciaron las matanzas de la dictadura, decidió no regresar a su país. De aquella época databa su liaison con el ahora presidente de la República. Number One, por entonces diputado al Congreso, se prendó de ella al verla en Ifigenia en Macondo, obra colectiva y premio especial del público.

Era un montaje populoso, mostrenco, estentóreamente “de izquierda” en el que, cada cierto trecho, Esther declamaba, con el torso desnudo, fragmentos de Eurípides, Pablo Neruda, Roque Dalton, Susana Bombal, Jorge Zalamea, César Vallejo y Gabriel García Márquez. Tan pronto llegué a casa, le dí un telefonazo.

—Soy feliz, querido —me dijo—. Ahora sí estamos completos.

Quedamos en vernos en su casa esa misma noche, a las ocho.

La Ifigenia que vino a abrirme la puerta del apartamento en Colinas de Belo Monte llevaba el cabello muy corto y donde no había encanecido se estaba quedando calva. No llegaba a los cuarenta, pero los pliegues de la piel del cuello, el cuero cabelludo entrevisto bajo una pelusa cenicienta, la delgadez, el mantillo pardo que empañaba sus mejillas, la exoftalmia, las gafas, todo acentuaba el anunciado parecido con un pichón de alcatraz. Vestía vaqueros y una sudadera. Un faldero frenético ladraba encerrado en el lavadero. Al verla sonriente en el marco de la puerta, con un ron añejo en las rocas en una mano y un cigarrillo humeante en la otra, comprendí que aquella iba a ser una noche muy larga.

Estaba sumamente bebida. Me sirvió un trago y al rato estaba ya contándome cómo fue que, años atrás, la despidieron de la televisión comercial “por vieja, ¿viste?”. Mientras hablaba, ejecutó diestramente el ejercicio de topología recreativa que consiste en quitarse el brassiere sin sacarse la sudadera.

Arrojó lejos el brassiere, se puso en pie trabajosamente —había estado sentada en la alfombra del living— y, plantada frente a mí, se alzó la sudadera. Me preguntó si su busto, intocado por el bisturí, no era todavía el mismo que pasmó a quienes en 1973 vimos Ifigenia en Macondo. No esperó mi veredicto, no alcancé a dárselo, o mejor dicho, no tuve que dárselo porque, bajando de golpe la sudadera, entró al fin en materia:

—¡Ay, Guillermo! —exclamó—, ¿por qué carajo me dio por versionar Fortunata y Jacinto?

En el transcurso de la noche, y al igual que Pampín, también ella había dicho en varias ocasiones “Jacinto” en lugar de “Jacinta”. Esta vez cedí al impulso corrector:

—Jacinta, Esther. Querrás decir Jacinta.

Mi miró, confundida y ultrajada.

—La novela de Pérez Galdós se llama Fortunata y Jacinta —insistí, cuidando de no sonar sabihondo ni patriarcal.

Como exasperada por una discusión majadera y dispuesta a zanjarla, Esther salió del recibidor pisando fuerte sólo para regresar, minutos más tarde, al paso lento y la actitud ausente que la convención teatral espera del personaje femenino que entra a escena absorto en la carta del desengaño y del adiós.

Traía consigo un volumen de obras selectas de don Benito. Pasó frente a mí sin mirarme, salió al balcón y le habló a la alta noche: “Fortunata y Ja-cinta, Fortunata y Jacinta”. Se estuvo allí un buen rato, el rostro alzado al cielo de Caracas, repitiendo “Fortunata y Jacin-ta” como una jaculatoria. Al cabo, regresó a la sala, se sentó en el brazo de un sofá.

—¡Qué boluda —exhaló entonces, muy quedo—, qué boluda que soy!, y cubriéndose el rostro con las obras selectas de don Benito se echó a llorar.

Desde la noche misma en que el colegio electoral lo declaró presidente electo, Esther había llamado al Number One lo menos diez veces diarias, y aunque sus amores habían terminado muy mal —“ese hijo de puta me hizo abortar dos veces”— y habían pasado muchos años sin verse, Esther no cejó hasta lograr de él una audiencia en palacio.

—Tengo un proyecto del que me urge hablarle —mentía a las secretarias.

La recibió al fin uno de sus edecanes que le entregó, ya firmada, la tarjeta de recomendación que tanto había impresionado a Pampín. Esther insistió en ser recibida por el mandatario.

Ante la cortés negativa del edecán, se sentó sobre un escritorio del antedespacho, cruzó las piernas y encendió un cigarrillo, dispuesta a una larga antesala en plan fumando espero. En ese preciso momento, Number One salió por un momento del despacho. Ofuscada por el reencuentro, Esther sólo atinó a reconvenirlo, campechana y burlona, en presencia de secretarias y edecanes.

—Con los nervios —contó—, las palabras me salieron más burlonas que campechanas. Además tenía unos tragos entre pecho y espalda. Le dije: “Che, desde que sos presidente no conocés a nadie”.

—Me haces el favor y te dejas de vainas, Esther Grunn —vociferó Number One—. Agarra tu tarjeta y no ladilles más con tu “proyecto”. Bien lejos contigo, borracha de mierda, ¿está claro?

Todo esto era algo que, obviamente, Pampín y Fariñas ignoraban por completo. Por eso almorzaron con ella en La Bastille e hicieron una larguísima sobremesa con quien —eso pensaban— todavía dormía, si no todas, al menos algunas noches al año con el ciudadano presidente.

Zalameros, la instaron a contarle sus deseos. Esperaban que ella pidiese un papel concebido a su medida en la telenovela estelar, pero ella no quiso dejarles ver que era una impecune desempleada. Era una oportunidad que agradecía, les dijo, pero “con este acento no salgo de villana en este país”. Como guionista, en cambio, estaba segura de no defraudarlos.

Tenía una idea de un millón de dólares para una telenovela “de ruptura”, un culebrón con comentario social, un producto de exportación superior a cualquier serie brasileña.

—Estaba contenta, ¿qué querés que te diga?: un laburo es un laburo y al fin tenía un laburo comilfó. Los tipos meta whisky, meta sirloin steak, meta Rioja, qué sé yo. Cuando me preguntaron qué tenía pensado escribir me dio manija el pasado que vuelve y les solté el nombre de lo único en que me ha ido bien: Ifigenia en Macondo. Les gustó como sonaba, pero cuando supieron que el texto era una colcha de retazos dijeron que los derechos de autor podían ser un problema. Si pudiese darles algo que fuese del dominio público sería más fácil, dijeron. Y… sería un duende el que me lo sopló, lo cierto es que dije: Fortunata y Jacinto, de Pérez Galdós.

A Fariñas y Pampín el título les hizo pensar en una comedia de situaciones conyugales en ambiente popular, algo como Frijolito y Robustiana, ideal para los segmentos “C”, “D” y “E” de la teleaudiencia. Le dijeron: “Suena del carajo, Esther, tremenda idea”.

La llamada del Number One que Pampín malinterpretó como el apremio de un jefe enamorado no entrañaba, en realidad, especial interés personal del primer mandatario en la suerte de Fortunata y Jacinto. Había sido sólo una manera de asegurarse un finiquito. Armado de esta información privilegiada —Esther no era la amante del presidente ni de nadie— fui a ver a Pampín al día siguiente.

—Costó trabajo, pero la convencí de que Fortunata y Jacinto es superior a sus capacidades —le dije—. No volverás a saber de ella: yo mismo haré la adaptación. Pero manda a decir que Number One no debe saber nunca de este en-roque.

—¡Y pensar que se las guillaba de Eva Perón! En fin, como quiera: con tal de que la vaina salga al aire —dijo Pampín.

—Espera también que, sea lo que sea, culebrón o espacio semanal, aparezca su nombre en los créditos.

—Es lo acordado: tú ibas a ser su negro.

—Ahora soy yo el que necesita un negro.

—No hay problema.

—Entonces dale al negro un contrato “B” y cuélame a mí en nómina con todos los beneficios. Esto tiene que durar un quinquenio constitucional.

—No hay problema.

—Preferiría alguien curtido en esto.

—Tranquilo, pana. Te muestro la nómina de escribidores y tú escoges.

Llegué a escribir sólo un episodio de Fortunata y Jacinto que nunca salió al aire porque, seis semanas más tarde, a Pampín y Fariñas se los cargó un escándalo de corrupción en la compra de material enlatado.

Esther y yo navegamos durante cinco años sigilosos con el periscopio muy abajo, sin ser detectados ni desincorpo­rados de la nómina. Ella alcanzó a juntar sin dar golpe lo bastante para comprarse un pisito en San Telmo y regresar a Buenos Aires. Yo me quito la gorra que no tengo cada vez que paso por la plaza Pérez Galdós de Caracas porque aquel fue el único negocio que he hecho en la vida. No he leído el libro todavía, pero compré en internet el dvd con la versión de 1969 en que Emma Penneli es Fortunata y Diana Orfei es Jacinta. Me parece tremenda historia, con mucho potencial.