Teodoro Petkoff y el chavismo como problema
El cuento es este: yo tenía diecinueve años y vivía en el limbo de los preinscritos.
No me aceptaban todavía en la universidad y una mañana de 1970, luego de hacerle un mandado a mi vieja, me disponía a meterme en una función de cine continuado en el Cine Avila, de Monjas a Padre Sierra.
Camino al cine, me dio por remover los libros que ofrecía un rematador en el ya desaparecido pasaje Capitolio. De pronto ví un ejemplar, usado pero en perfectas condiciones, de “La guerra civil española” de Hugh Thomas. Era la edición original de la mítica Èditions Ruedo Ibérico, una editorial parisina fundada en 1961 por refugiados españoles antifranquistas. ¿Sabes cuánto pagué por ese libro, mi querido Andrés Boersner? Dos bolívares con cincuenta céntimos de los verdaderamente fuertes: la mitad de una entrada para el cine. ¡A eso llamo yo precios solidarios! Me olvidé de la función continua – entre una película y un libro, nunca he vacilado – y regresé a casa. Comencé a ojearlo en el autobús Cementerio-Silencio.
Su antiguo dueño era a todas luces un lector muy concienzudo, a juzgar por los párrafos subrayados. Permítanme hablarles ahora de los subrayados. Habían sido hechos con uno de esos lápices de dos colores, rojo y azul, a los que se saca punta por ambos extremos, y trazados con una reglita, quién sabe si de madera, quién sabe si de metal. Párrafos enteros subrayados en rojo, párrafos enteros en azul. No alcanzo a recordar si había notas al margen. Es posible que las hubiese, pero mi recuerdo hoy se focaliza en los párrafos subrayados. Supuse que habría una clave para ello, pero ¿qué resaltaba el rojo?, ¿porqué otros párrafos en azul?
Ahora bien, más de la mitad de mis libros son de segunda mano y abundan en ellos los que traen subrayados ajenos, entre ellos los poquísimos que conservo de la biblioteca que fue de mi padre, Luis Martínez Fuentes, ilustre cascarrabias lector de Maeterlinck y Toynbee.
Mi viejo era un subrayador compulsivo, de eso que añaden comentarios o amagos de refutación en los márgenes. Así que no me molesta leer un libro con subrayados y notas al margen ajenos y puedo enfrascarme en la lectura sin reparar en ellos, pero estos que aquí comento estaban, repito, tan bien hechos – tan concienzudamente hechos, ya lo he dicho– que por un rato pensé que era así, con subrayados bicolores, como el autor o la editorial o ambos habían dispuestos imprimir el libro. Después de todo, estábamos en los años setenta, la edad de oro del diseño gráfico editorial.
Claramente, aquel uso del lápiz bicolor tenía que responder a un método. Aunque no lograba desentrañar cuál podría ser el criterio que guiaba la alternancia de colores, aprobé de inmediato esta última, sin mayor examen, porque en aquel entonces yo estaba ávido de hacerme de rutinas intelectuales y dejar de ser eso que, con perdón de las feministas, Cortázar llamó “lector hembra”.
Esnobista como es la juventud, servirme de un lápiz azul-rojo me pareció un detallazo, una vaina “superdepinga”, y de allí en adelante, durante bastante tiempo, subrayé en rojo y azul a Isaac Deutscher, a Dwight Macdonald, a Octavio Paz , al bueno de Juan José Arreola, a Alfonso Reyes y todo lo que cayera en mis manos.
Esto de los subrayados en los libros de segunda mano, con parecer asunto de poca monta, me ha sugerido sin embargo y desde siempre la posibilidad de un ensayo sobre la subjetividad ajena y anónima que deja su huella en un subrayado. No sé qué pensará usted; a mí me parece una bonita idea para un ensayo. Nada original , por cierto: quienes editaron la Guerra de las Galias de Julio César anotada por Napoléon pensaron poco más o menos lo mismo. Sólo que para mi imaginado ensayo yo escogería cinco o siete libros subrayados por lectores admirables y pondría por escrito lo que esos subrayados me sugiriesen. Lástima que los apuntes mentales que la idea me sugiere terminen siempre en la carpeta llamada “Más tarde, algún día”. Pero mejor volvamos al libro propiedad de Teodoro Petkoff que adquirí en un remate del pasaje Capitolio.
2.-
En una esquina de las primeras páginas, en trazo azul, estaba el nombre del antiguo dueño: una media firma que prefiguraba el “login” de su actual dirección electrónica: “tpetkoff”. Recuerdo que me pregunté porqué rayos Teodoro Petkoff se habría desprendido de un libro tenido como seminal por los estudiosos del tema y que ya desde el prólogo se anunciaba buenísimo. Yo admiraba ya al ex dirigente comunista, había devorado su “Checoslovaquia como problema” y simpatizaba con el MAS, pero no conocía a Teodoro personalmente, así que no podía preguntárselo. Llegado aquí, lo habrá notado usted, ya no luce seguir llamándolo Petkoff.
Nunca me he reído tanto de mí mismo como el día en que supe, por boca suya, que Teodoro es daltónico y que igual le daba subrayar con una u otra punta del lápiz.
Pero en 1970, el hecho escueto era que había comprado la obra capital de Hugh Thomas por menos de cincuenta centavos de dólar así que el libro ahora era mío y ya podía tenderme bajo el tanque de agua, en la azotea de nuestra casita en Prado de María, mi lugar favorito para la lectura– umbrío, fresco, aislado; ni siquiera en la sala Radcliffe de Oxford he leído más a gusto,– y enterarme, entre otras cosas, de la existencia de Gerald Brennan, el autor de “Laberinto Español”.
Cuando, años más tarde, Teodoro supo que yo había comprado aquel libro me ofreció recomprar el ejemplar que ocupaba lugar de privilegio en la pequeña biblioteca que debió dejar atrás cuando, en compañía de Guillermo García Ponce y Pompeyo Márquez, se fugó del Cuartel San Carlos en 1966. Obviamente, sus antiguos guardianes , militares al fin, optaron por rematar la pila de libros. Me apenó no poder ya revendérselo por un precio simbólico porque, a mi vez, había perdido otra pequeña biblioteca en un naufragio de mi vida amorosa. Sé, sí, quién lo tiene, catire, por si quisieras todavía recuperarlo
3.-
La verdad, amigos, me había propuesto escribir sobre otro tema, lo había tramolado un poco anoche – escribo esto el jueves en la mañana–, y acababa de sentarme ante la computadora cuando llamaron desde la caseta de vigilancia porque el mensajero de la editorial de Fausto Masó traía un libro para mí. Se trataba del último libro de Teodoro: “El chavismo como problema”. (Editorial Libros Marcados, Caracas, 2010).
Lo he puesto sobre la torrecita de libros que me he comprometido reseñar: uno del economista chileno Sebastián Edwards, otro del ensayista cubano Rafael Rojas y, por último, otro de Brian McBeth, quien se cuenta entre los mejores historiadores del siglo veinte venezolano. Pero la llegada del libro de mi amigo me exalta y me intriga y no puedo esperar a enterarme. Edwards, Rojas y McBeth tendrán que esperar.
Si lo hubiese leído ya, este artículo ensayaría hacer la reseña de “El chavismo com problema”. Como ha llegado a mis manos hace apenas un rato, escribo de mi entusiasmo de lector, pues muchos signos me dicen que se avecinan jornadas decisivas, cruciales, para los demócratas venezolanos y que bien haríamos en afrontarlas dotados de ideas claras sobre la discordia que, literalmente, desangra a Venezuela desde hace más de dos décadas y sobre lo que conviene hacer para ponerle fin.
Si hay quien pueda brindárnoslas es la perseverante inteligencia política de Teodoro Petkoff. Y si, bromas aparte, me permiten una sugerencia, conviene subrayarlo profusamente en rojo y azul.

