Durante un cóctel en la embajada británica en Caracas, hace pocos años, presencié un torneo entre varios diplomáticos latinoamericanos. Cada cual pujaba risueñamente por vindicar el puesto superlativo que su país habría alcanzado en una  imaginaria y deshonrosa tabla de grados de violencia criminal: “Me perdona, pero mi país es muchísimo más violento que el suyo”

No era del todo un impío juego de salón: ciertamente, el orgullo patrio obraba  torcidamente lo suyo, pero no al grado de insensibilizar  del todo a aquellas buenas personas ante el horror de las matanzas que, día a día, nos muestran como un continente donde la vida no vale nada.

Todos los países sin altas ratas de criminalidad, se parecen – digo a mi vez, tolstoiano,  mientras pienso en Chile –, pero cada país violento del continente lo es a su propia manera y ahí tiene usted el mío para probarlo.

Con ventiocho millones de habitantes, poco más o menos la misma población de Iraq, en Venezuela registramos en 2013 más de venitcuatro mil homicidios, mientras que, durante el mismo año,  las cifras más dignas de crédito hablan de cuatro mil seiscientas víctimas civiles de la guerra  en aquel país.

Casi no tenemos rival en el continente; sólo Ciudad Juárez nos supera : unos ciento cuarenta  homicidios por cada cien mil habitantes, según el acreditado Observatorio Venezolano de la Violencia, cifra que se compara abrumadoramente con los magros treinta y dos por cada cien mil de Colombia. El estado brasileño de Sao Paolo, con cuarenta y dos  millones de habitantes, registra nueve homicidios por cada cien mil paulistas.

Un noventa y pico largo de los homicidios no se esclarecen policialmente en Venezuela y permanecen impunes. ¿A qué seguir?  Es difícil añadir algo más al modélico reportaje firmado por Gerardo Zavarce, “Caracas, una guerra sin nombre” (El País, 18/04/2010). Sólo se me ocurre consignar que sólo en lo que va del año, la celebérrima morgue de Bello Monte ha recibido centenares de cadáveres y que uno de ellos es el cuarto hijo de un desolado poblador de nuestras favelas, acaso un fervoroso elector de Chávez,  quien ha perdido ya otros tres en el curso de un par de años. Los ricos, por su parte, ya gastan  alrededor de un millón de dólares al año entre coches blindados, inteligencia privada y negociadores antisecuestro.

Cierto es que  en Venezuela no se vive, afortunadamente, lo que la jerga  de las ONG llama “un conflicto interno armado”; esto es, una guerra civil abierta, con bandos políticamente beligerantes en sangrienta pugna por el poder.  Sin embargo, casi todos los “violentólogos”, tanto ajenos como los del patio, dan a  las matanzas en mi país la explicación favorita de la progresía ixqueirdista : la causa de la  mortandad es la pobreza, claro; la inequidad y todo ese ytralalá sobre los cuarenta años de la llamada IV República.. Atacad ésta,se nos dice,  y amainará la insensata balacera.

Desde luego, no hay inconveniente en aceptar tal explicación y en desear que la receta se administrase cuanto antes, pero si  es cierto, como afirmaba Chávez y repiten los funcionarios venezolanos, que la pobreza se ha reducido significativamente gracias a los muy  jaleados programas sociales de la “revolución bolivariana”, resulta igualmente significativo el empeño de Maduro y los suyos en ocultar las cifras oficiales de muertes violentas. A pesar de pretender ejercer la censura de prensa merced un poder judicial obsecuente, las cifras del organismo oficial, el Instituto Nacional de Estadísticas ,  se filtraron un buen día a la prensa y resultaron sorprendentemente más elevadas que las que ofrece el ya mencionado Observatorio Venezolano  de la Violencia.

El hecho escueto es que, tal como ha observado repetidamente Roberto Briceño León, director del ya citado Observatorio, hace diez años Venezuela no figuraba en los anales superlativos de violencia y hoy día es, junto con El Salvador, uno de los dos países más violentos del continente.La Comision de Seguridad y Defensa de la Asamblea Nacional – un sumiso y disciplinado órgano “legislativo”, sin representación opositora – ha admitido hace un par de años que en Venezuela circulabvan doce millones de armas de fuego en manos civiles. ¿Puede extrañar que en los últimos doce años el 86% de los homicidios se hayan producido con armas de fuego?

Con todo, hay simpatizantes extranjeros de la “revolución bolivariana” que afirman – como lo hizo Maurice Lemoine ( “¿Arde Caracas?”, Le  Monde Diplomatique, edición Colombia, 17/8/2010) – que los asesinos caraqueños no son autóctonos, sino protervos agentes de paramilitarismo colombiano pagados por la CIA para crear zozobra en vísperas de elecciones parlamentarias. Mucho más arduo resulta explicar la saña con que se da muerte en Venezuela.

Si algo resulta tanto  o más alarmante que la inseguridad misma, es el cariz vesánico que cobran la razzias del “malandraje” – hamponato armado – en las ciudades venezolanas. Según la página roja, los caídos reciben un promedio de cinco balazos, pero los hay que presentan catorce o veinte perforaciones. Los caraqueños de mi generación recordamos con nostalgia los años setenta, cuando la recomendación paterna a los hijos que salían  de juerga era : “Ya sabes, si te atracan, no te resistas; el malandro sólo quiere tu dinero y el reloj”.

Hoy día, sin embargo, pocas cosas pueden sublevar más a un malandro “engorilado” por el crack  que una víctima servicial que muestre demasiado desprendimiento: significa que puede reponer el celular y que el coche está asegurado. Significa que es rico – “ser rico es malo”, predicaba Chávez cada domingo– y normalmente recibe un tiro en la cabeza.

Estoy seguro de que el mismísimo René Girard se vería en apuros para explicar los estremecedores ritos fúnebres con que los malandros entierran a  sus caídos en las guerras entre bandas o en enfrentamientos con la policía. La sabiduría convencional dice que en estos ritos macabros, que en Caracas se representan a pleno sol, se transfunden diversos cultos afroamericanos, presumiblmente llegados de Cuba.

El más espeluznante de estos cultos para una conciencia abyectamente eurocentrista –  y políticamente incorrecta – como la de este servidor, es el de los paleros, quienes practican la profanación de tumbas en procura de las reliquias humanas que entran en la elaboración de sus nganga, o amuletos protectores.  Las osamentas más buscadas son las de personas que , en vida, hayan mostrado talentos superlativos. La idea es apropiarse de su “fuerza” por vía de magia empática.

Algunos de estos ritos se han mezclado   con los “valores” del malandraje y hacen de los entierros de un múltiple homicida famoso, por ejemplo,  una  verdadera saturnal  de música de salsa,  licor, caravanas de motocicletas y disparos al aire de armas automáticas. Se baila guaguancó y reggetón ante el féretro.  Las funerarias de Caracas rehúsan prestar sus servicios a quien quiera haya sido muerto a balazos, se trate o no de una víctima inocente : temen que la banda rival se presente en la sala de pompas fúnebres a saldar cuentas con los compinches del muerto. O que abaleen el féretro del delincuente en rabiosa demostración de desprecio.

De estas prácticas, que llevan ya algunas décadas, ha surgido una deidad a la que se rinde culto en los altares sincréticos venezolanos. En éstos, el panteón de la “santería” afrocubana desde hace años se confunde con deidades autóctonas.  La nueva deidad se llama Ismael Sánchez, el “santo mayor” de la llamada “Corte Malandra”, integrada por los espíritus de malandros muertos, algunos  hace más de cuarenta años.

Llamado por sus fieles “Ismaelito”, en su tumba del Cementerio General del Sur – uno de los más profanados por el culto palero– , nunca faltan flores, velas encendidas y hasta ex votos. Su efigie lo muestra con la mano apoyada en la culata de una nueve milímetros que lleva semioculta en la pretina. Circula en los barrios una confusa hagiografía sobre “Ismaelito”, su vida y milagros. Es un santo protector a quien encomiendan a sus esposos e hijos los familiares de homicidas presos. También los malandros en activo que solicitan sus buenos oficios y, last but not least, todo aquel que se sienta potencial víctima del hampa.

Vivo muy cerca de un barrio bravo. Yo también me encomiendo a Ismaelito cada mañana, “sin creer ni dejar de creer”, como diria mi santa madre.  Prefiero el pensamiento mágico a la sociología  barata del Foro Social de Porto Alegre y sus voceros como Roque Valero.