Hace muchos años, por el tiempo en que se introducía la regla del bateador emergente, escuché a un comentarista deportivo estadounidense  hablar con sobrecogimiento del fantasma de Joe Tinker.

Su relato me impresionó sumamente porque en todo se parece a un guión de 55 minutos de la recordada serie “Dimensión Desconocida”, a la que Stephen King  y Steven Spielberg tanto homenaje han rendido.

Lo sumarizo en obsequio del lector de “Olímpicas”, aunque sé que en mi versión, empobrecida por la desmemoria y el paso del tiempo, quedarán fuera elementos tales como dónde lo escuché y cuántos whiskys teníamos entre pecho y espaldas aquel narrador frente a la hoguera y sus escuchas.

En el cuento corren los años cincuenta  y un novato infielder venezolano ha  hecho el roster de 25 de un equipo de Grandes Ligas. Su primera temporada en la Americana es fulgurante y auspiciosa. Prodigios defensivos en torno a la segunda almohadilla, gran cosecha de lances consecutivos sin error, ergo simpatía de la prensa.

Para su segundo año en la Gran Carpa,  el infielder ha creado enorme expectativa pues si bien su bateo no es muy consistente, se las ha apañado también para recuperar un arte por entonces perdido: el arte del robo de base.

Pero los manes de la llamada “maldición del segundo año” obraron  lo suyo y he aquí que el infielder comienza a perder pie. La maldición se deja ver en una incapacidad para consumar las jugadas de doble matanza: logra forzar rutinariamente el out de segunda, pero algo en su brinco pivotal, otrora impecable, hace que sus tiros a primera base lleguen desviados. O tarde. La prensa de la ciudad-franquicia comienza a desgranar decepciones y dictámenes, a sugerir reemplazos. Se barajan nombres y el infielder comienza a temer seriamente por su puesto.

“¿Qué rayos me pasa?” – se dice – , “¿ qué debo corregir?”. Al parecer, nadie entre los coaches parece saberlo; ninguna sesión extra de prácticas permite  identificar el problema. Para colmo de males, todavía no se ha inventado el replay instantáneo de video que permitiría “deconstruir” cuadro a cuadro los lances  fallidos y apreciar qué puede estar haciendo mal.

“Dardo en mitad del aire detenido” reza el verso mejor de un hermoso soneto que Miguel Otero Silva, notable fanático,  dedicó a uno de nuestros campocortos. Trivia: ¿a cuál de todos ellos? Pista: No es el “Chico” Carrasquel. Tampoco en Luis Aparicio.

Trivia dos: ¿Qué otro poeta venezolano fundó el Colegio de Arbitros del DF ? Las respuestas en la próxima entrega de “Olímpicas”.

La conciencia de la absorción definitiva del béisbol, sus fastos y sus mitos a nuestra imaginación  colectiva advino originalmente – en las décadas que van del legendario octubre del 41 al final de  los años sesenta –  bajo la forma del campocorto.

Un deslumbrante lance defensivo en la grama interior es la más resplandeciente epifanía moderna venezolana. Y de todos ellos, es la doble matanza la que mejor brinda el arquetipo de armonía entre un simple mortal y las mecánicas celestes.

Esa epifanía la experimenta cualquier muchacho el día en que “le llega” por primera vez a una rolata, a tiempo de sacar la bola del guante, forzar un out pisando una almohadilla y lanzar, casi simultáneamente a primera y reventar al bateador. No existe un sicotrópico que supere el riego sanguíneo de adrenalina y afirmación del yo que depara al jugador un double play ejectuado con limpieza.

[ Una intrusión de lo que Breton llamó “azar objetivo”: mientras escribo esta bagatela en torno al shortstop como realiudad y representación, recibo una llamada de mi editor. A punto ya de colgar, salta la liebre estadística: anoche – 6 de abril de 2009 – el venezolano número 234 en subir a las Grandes Ligas debutó en un juego inaugural, y,  característicamente, se trata de  un shortstop. Trivia tres: ¿Cómo se llama? ]

De modo que es fácil imaginar la desazón que en el infielder de mi cuento infundía la recurrencia de corredores dejados en base.  Para aquilatar el cariz y el grado de su desazón, quizá convenga ahora un poco de “lexicografía  pop”.

Si algo me seduce del béisbol es esa precisión semántica que se despliega no sólo en la prosa de la crónica deportiva, sino que emana casi bíblicamente del libro de reglas.

Muestra de ello es el nombre que se da a cada posición de una novena. En rigor, cada posición designa también una función, igual que en cualquier otro deporte de competencia entre equipos, pero en ninguno de ellos encuentro yo un sublimación filosófica de la función en el nombre de la posición como en el béisbol.

Haciendo suficiente abstracción,  es claro que el shortstop no está ahí para asombrarnos con sus cabriolas,  sus disparos o sus robos de base, sino esencialmente para impedir que un corredor avance a la segunda. Nada más se pide de él; tampoco nada menos. El shortsotp de mi cuento sencillamente  no estaba cumpliendo cabalmente su función.

Sorprendentemente para ser un venezolano, nuestro infielder no es bebedor ni gregario, pero está tan preocupado por lo que le pasa que una  noche, luego de un partido en que el pitcher los ha puesto a batear lento  y de frente sólo para que  nuestro hombre deje vivos  en primera a tres corredores, el infielder se da unos guarapazos.  Buscando serenarse, decide entrar en un bar cercano a su alojamiento para pensar en su triste problema.

Es un bar gringo de esos en que se bebe ensimismadamente. La barra está vacía, salvo por un bebedor solitario, de mediana edad y rostro indefinible.

El infielder ordena un whisky con soda y se sume en sus preocupaciones. El bebedor solitario rompe el silencio del local y lo apostrofa con cortesía, con demótica y llana simpatía americana.

Lo ha reconocido y lo congratula por sus logros. Y luego, sin más, aborda el tema de porqué no logra hacer completar  la suerte del doble play. Respetuosamente, pero con rara sabiduría, el bebedor le sugiere que introduzca algunos cambios en el modo de afrontar la jugada. El infielder, que primero piensa que se trata de un aficionado sabihondo e importuno, advierte que hay hondos saberes del oficio en todo lo que el bebedor dice. El infielder cabecea asentimiento y, al cabo de dos copas, abandona le local.

Adivinaron: en el partido siguiente, el infielder, sin creer ni dejar de crer, pone en práctica las metafísicas sugerencias del desconocido. No puedo saber cuáles fueron, pero el caso es que las sugerencias funcionan. El infielder recupera la forma y el aplomo y rompe el maleficio del segundo año.

Tiempo después regresa al bar, acaso con la esperanza de volver   a ver al consejero ocasional y desconocido, saber quién pueda ser y darle las gracias por los consejos.

Como no logra hallar con el local, se da por extraviado y pregunta a los viandantes. Ninguno parece saber de qué bar está establando.

Entra en otro local y es allí donde le dicen que el edificio  que albergaba el bar a que se refiere fue demolido hace ya mucho tiempo.

Un viejo fanático presente añade un dato casual: era allí donde solía sentarse Joe Tinker a saborear una copa y charlar con reporteros, fanáticos y allegados.

Joe Tinker vio acción largo tiempo como shortstop de los Cachorros de Chicago y 1915 fue su último año  con ellos. La descripción que le hacen del legendario Tinker concide con la del fantasma bebedor.

¿Que no es posible? Todo es posible en la Dimensión Desconocida.

Lástima que, con los años, haya yo escuchado infinitas versiones del mismo cuento, atribuidas a novatos cubanos, dominicanos y puertorriqueños luchando por un lugar en la pelota grande estaounidense.

Y con otros fantasmas bebedores.