En su juventud, al comienzo de su exilio en Inglaterra, Marx se había servido muchas veces del cuento de  Hans Röckle  y el Diablo para entretener a Jenny y Laura, sus hijas mayores. Nunca lo puso por escrito, pero invirtió muchas horas en él.

Comenzó a improvisar las ocurrencias de Hans Röckle, el juguetero prodigioso,  al regreso de  sus excursiones dominicales al Hampstead Heath de Londres.      “Oh, Moro”, clamaban las chicas, “danos aunque sea sólo sea media milla más de Hans Röckle”.

Había en aquel prado un nogal favorito bajo el cual Lenchen, la criada de los Marx,  tendía el mantel los domingos.  Echado bajo el nogal, Moro leía toda la prensa europea y bebía clarete mientras charlaba con su esposa y unos pocos seguidores de entonces.  Antes de adentrarse en el prado hacían parada en el “Jack Straw’s Castle”, una taberna donde Lenchen compraba la leche, el pan y la mantequilla para el  almuerzo y donde los caballeros se echaban al coleto la primera pinta  de lager del día.

Emprendían el regreso al caer la tarde, y ya  bastante bebido, Moro encabezaba la comitiva formada por su esposa, sus hijas Jenny y Laura,  Engels––cuando venía a Londres desde Manchester––, el leal Wilhelm Liebknecht y, a veces también,  otro Wilhelm, Wolff, llamado  “El Rojo”. Tussy no  había nacido todavía. Lenchen cerraba la marcha llevando la cesta con lo que quedaba del picnic, al paso que despachaba los restos de cerveza y  de  vino.

Habría unas cinco millas hasta la casa en Dean Street, en el corazón del Soho,  y Moro podía hacerlas entonando con su voz de becerro canciones como esa que dice O Strassburg, O Strassburg, Du wunderschöne Stadt! Liebknecht,  Wolff “El Rojo “y Engels lo acompañaban.

Se cruzaban con todos los músicos ambulantes de Londres: con bandas de metales que tocaban valses, polkas y chotises, con solistas del acordeón, con gaiteros irlandeses, con cómicos de la legua que imitaban a ministriles negros de Estados Unidos, o de las Indias Occidentales,  pintándose la cara con hollín y cuyos entremeses, canciones y motivos de danza encantaban a Jenny y Laura.  Muchas veces,  eran ellas las primeras espectadoras que aceptaban unirse al baile en el corro de los pintorreteados comediantes.

Pero lo que más gustaba a Moro de esas excursiones era regresar por las calles declamando, borrachón y a voz en cuello, trozos enteros del Fausto en obsequio de sus hijas.  Le importaba un cuerno lo que pensaran de él los viandantes.   Las chicas, sin embargo,  soportaban mucho mejor las millas-Röckle que las millas-Goethe.

En la versión de Moro, el cuento  de Hans Röckle y el Diablo merece llamarse “las aventuras de los juguetes de Hans Röckle” porque, invariablemente,   la peripecia sólo termina cuando los atribulados juguetes logran regresar a la juguetería y ponerse a salvo.

Los juguetes de Hans Röckle no quieren ser juguetes,  o bien,  deseando tan sólo ser juguetes de un niño burgués, los arrebata de improviso una gana quijotesca de  deshacer entuertos en los que no pueden dejar de inmiscuirse,  sin importarles cuán inermes se hallen.  O bien, simplemente, se  ven de pronto en situación tal que deben hacer algo drástico ––¡y rápido!––en aras de su propia integridad.

Sin embargo, los villanos siempre los aventajan en tamaño, número y malignidad y, ante  la osadía de los polichinelas o las bailarinas o  los lanquesnetes o los volatineros,  desatan una feroz  persecución, tan tenaz,  que exige el máximo a los mecanismos de cuerda de los imprudentes juguetes para cruzar Londres a todo correr  y hurtar el cuerpo a las asechanzas de toda clase de gente–– gente  muchísimo más delictiva y peor intencionada que Fagin, Toby Crackit o Bill Sykes y su perro feroz––, y despistarlos lo suficiente para llegar, corriendo desalados, a la tienda justo a tiempo de que Röckle el Mago les dé a los villanos con la puerta en las narices.

Hans Röckle vivía acogotado por las deudas,  con las cuentas de su juguetería siempre en rojo. Sus juguetes eran de mecanismo elemental  e imperfecto y  de acabado sumamente basto: la pintura de las casacas y de los quepises, por ejemplo,  se descascaraba  al no más desempacar. Las piezas movibles se desprendían al tocarlas.  Por eso nadie quería sus juguetes o los devolvían, a poco tiempo de comprarlos, exigiendo airadamente inmediato reembolso.   En consecuencia, Röckle siempre estaba en mora con el casero, la tienda de abarrotes,  el carbonero, el carnicero y, desde luego, con  los proveedores de materia prima para su taller.

Desesperado, Röckle vendió un día su alma al Diablo a cambio de tener ingenio y destreza  como  fabricante de juguetes y sólo entonces fue cuando comenzó a tener gran éxito porque los suyos eran ahora  juguetes autómatas de pasmoso mecanismo invisible. Olympia, la muñeca-soprano del primer acto de  “Los Cuentos de Hoffmann”  habría podido salir de su taller.  A partir de esta transformación, Röckle comenzó a ser conocido en el ramo juguetero como Röckle el Mago.

Pero tan pronto sus dueños los sacaban de la caja, los juguetes de Röckle el Mago – al menos los claramente antropomórficos – se metían en líos que los rebasaban y debían emprender la huida en un largo, tortuoso y desesperado regreso a la juguetería.  Según Moro, la maldición, la trampa del Diablo, estaba en que Röckle el Mago no pudiese desprenderse nunca de los juguetes justicieros y chambones que echaba al mundo.

Moro veía la jugarreta del Diablo precisamente en el hecho de que los juguetes,  manufacturados a partir de insumos cuya demanda es bastante inelástica,   pudiesen venderse varias veces en el mercado  casi sin depreciación alguna.

No he podido nunca entender porqué Moro veía las cosas así: al fin y al cabo, revender una y otra vez juguetes  que, en virtud de un hechizo, vuelven por sí solos a la juguetería supera cualquier sueño de Ruth y Eliott Handler,  los “padres” de la muñeca Barbie™,  fabricada ininterrumpidamente por Mattel Toys desde 1959.

Un buen juguete autómata, aun producido en la incipiente revolución industrial, puede  considerarse un bien   transable, en el sentido que hoy dan los economistas a esa palabra. Hablamos,  por cierto,  de un juguete que regresa por sí solo  a la fábrica en condiciones de ser ofrecido ventajosamente de nuevo, sin depreciación, en un mercado de gran eficiencia asignativa, como cabe imaginar que era ya el mercado de los juguetes en el Londres de Peter Pan.

No está claro para mí, en fin,  cómo   podía resultar pesadillesco para Röckle el Mago afrontar los gastos fijos de un gabinete de magia, sin operarios ni gastos de energía y sin que le llegasen las facturas del tendero, del carbón y del carnicero.  Los márgenes de ganancia de sus juguetes escapadizos le aseguraban una ilimitada capacidad de ahorro y de acumulación de capital.

Hay que convenir en que, al igual que muchos de sus epígonos, Marx era mejor cuentista que economista.

A menos que la trampa del Diablo  obrara, justamente, en el mecanismo que, para usar palabras de Moro, “transmuta los valores en precios”.  Y que el valor de los insumos y  de la magia que permitía a Röckle producir juguetes prodigiosos experimentase un crecimiento discretamente lineal, en tanto que la cuenta conjunta del casero, del tendero y del carnicero lo hiciese de un modo infernalmente exponencial.  Sólo así, pienso yo, la trampa del Diablo podría impedir al mago prosperar indefinidamente, cada día más lejos de una economía de subsistencia.

Como quiera que sea, tal era el cuento que   Marx, “el visionario de Maitkand Park Road”,  solía  tejer y destejer durante millas y meses   para regocijo de sus hijas,  y tal como él lo contaba, así os lo cuento.