Adrian Leftwich
Sudáfrica, 1964. El activista de un grupo en contra del apartheid es detenido por la policía secreta del Cabo. Sometido a interrogatorio, debe escoger entre guardar un silencio estoico o evadir el miedo a la muerte a cualquier precio. La decisión que toma se transforma, cuarenta años más tarde, en un desgarrador testimonio sobre el honor, la traición y la redención de un ser humano.

Presentación

En 2002, mientras investigaba en la Biblioteca del Congreso, en Washington, sentí urgencia de salir a estirar las piernas y tomar una copa. A la vuelta, entré a curiosear en una librería y me puse a ojear el número de verano de la revista británica Granta.

El índice anunciaba una crónica acerca del célebre Hotel Chelsea neoyorquino, escrita por Arthur Miller. Había escuchado hablar de ella con mucho encomio y sólo por eso compré el tomito en que leí por vez primera “Yo di los nombres”, de Adrian Leftwich.

“Yo di los nombres” es el testimonio de un delator, activista principal de una organización de sabotaje y propaganda armada en contra del régimen de apartheid sudafricano. El autor proviene de la minoría blanca de Ciudad del Cabo y escribió el artículo casi cuarenta años después de la “escena primitiva” que lo avergüenza.

Al igual que otros compatriotas suyos de la misma o parecida extracción —blancos de habla inglesa, clase media acomodada—, Leftwich optó muy joven por una activa oposición al odioso régimen sudafricano de entonces. Durante su vida política clandestina, Leftwich dio siempre muestras de arrojo y astucia.

Sin embargo, una vez detenido, su inopinada delación condujo al desmantelamiento de la organización, al arresto masivo de muchos de sus compañeros y a severísimas y prolongadas penas de prisión. La detención de Leftwich ocurrió justo un mes después de que Nelson Mandela fuese condenado a cadena perpetua. Las delaciones de Leftwich fueron obtenidas sin que llegase a ejercerse contra su integridad física más que una mínima violencia.

“Me ha tomado un largo tiempo poder contemplar lo que ocurrió e intentar tener algún trato con todo ello. Ahora que esa obscenidad que fue el apartheid oficial ha sido formalmente enterrada, quizá haya llegado el momento de hacerlo. Lo que sigue es no sólo un ensayo acerca de la política individual del miedo; es también un ensayo en torno a la política del fracaso y la traición”.

El texto que Leftwich describe como un testimonio que linda con el ensayo resultó para mí algo muy diferente: durante mucho tiempo me tentó poderosamente la idea de trasmutarlo en monólogo teatral. Una y otra vez su lectura dejaba en mí la impresión de algo que iba más allá del atormentado relato de un delator arrepentido o del valeroso testimonio de una época sudafricana y terrible.

Creo que parte de lo que explica la fascinación que su texto ejerció en mí está en que, sin mostrar proponérselo, Leftwich nos interroga sobre muchas inasibles ideas y emociones que han hechizado y angustiado y sofocado la vida política latinoamericana —y nuestras vidas ordinarias— durante todo el siglo XX.

Una de ellas es el culto al héroe guerrillero, urbano o rural, de todos los tiempos y las mitologías que rodean al subversivo latinoamericano. El misticismo moral que hace del soportar la tortura, o acumular años de vicisitudes clandestinas, un atributo inmaterial que nos hace mejores seres humanos e incluso habilita por sí solo para gobernar mejor a nuestros semejantes menos heroicos.

Según ese misticismo, “Tirofijo” sería siempre mejor gobernante de Colombia que un buen alcalde de Bogotá. La voz que habla en el testimonio de Leftwich se sitúa en la antípoda de ese misticismo que, entre nosotros, ha resultado catastróficamente descaminador.

Cada vez que hablaba con entusiasmo de este texto —y lo he hecho durante años con mis amigos del medio teatral, no sólo aquí en Caracas sino en muchas otras partes de nuestra América—, invariablemente se me urgía a ofrecer una traducción que hiciera más fácil para ellos captar lo que trataba de decirles: que “Yo di los nombres” ofrece un material espléndido para una pieza de un acto y a los sumo dos actores, que es susceptible de trocarse en unaKammerspiele íntima y terrible.

Los problemas de filosofía moral implícitos en “Yo di los nombres” y la relevancia de lo que Leftwich llama con acierto “política individual del miedo” y “política del fracaso y la traición” perturbarían con naturalidad al público de cualquier sala de Buenos Aires, Ciudad de México, Bogotá, Santiago de Chile, Caracas, La Paz o Rio. Desde luego, algún día también de La Habana.

Las descripciones que Leftwich hace de lo que todavía hoy echa de menos de Sudáfrica —“la pluralidad de culturas y colores, el mar, el sol”— y de lo que no echa en absoluto de menos —“la brutalidad de su historia, la crudeza de distorsiones sociales que aún perduran en ella, sus abrumadoras desigualdades”— resultan familiares a un escritor del Caribe de habla hispana a quien la palabra Sudáfrica no remite a ningún exotismo. Al contrario, resuenan como parte de nuestra propia historia, aun poniendo a salvo el hecho de que nuestros particulares apartheidsno puedan parangonarse con el sudafricano.

Durante las últimas semanas de 2006 traduje, lo mejor que me fue dado, el texto de Leftwich. Tan pronto pude, le escribí contándole de mi aprecio por su texto y solicitando su autorización para hacer del mismo una pieza teatral.

Leftwich enseña actualmente Estudios Políticos en la Universidad de York, en el Reino Unido, y es autor de un libro notable que no vacilo en calificar como un aporte significativo al debate sobre las teorías del desarrollo económico1. Se trata de un estudio comparativo que contrasta la observancia (o falta de ella) de los derechos políticos en países tan dispares como Botsuana, Perú, Malasia, Zaire, Filipinas o Mauricio y su estrecha relación con el desarrollo económico.

Hoy, cuando los libros del antiguo funcionario del Banco Mundial William Easterly cuestionan de modo categórico las inconsecuentes panaceas que la ortodoxia multilateral ha defendido desde el fin de la Segunda Guerra, el libro de Leftwich se acredita aún mejor por su presciencia —fue publicado en 2000 y es el resultado de años de estudio— y por el valor que otorga a la política como factor de desarrollo.

Su reacción a mi e-mail fue de halagada sorpresa y razonable cautela: ¿una pieza teatral? No tenía inconveniente en principio, “pero hábleme un poquito más del asunto”. Lo hice a vuelta de correo, y llevado de mi entusiasmo, lo hice muy desmañadamente. Desde luego, no me proponía parafrasear su texto: sólo dislocar el orden de sus párrafos, podar aquí o allá, aportar una que otra precisión histórica y geográfica en obsequio del espectador, proponer lo que creía podían ser económicos dispositivos escénicos, etcétera.

Lo que siguió fue un largo silencio de parte de Leftwich que me hizo pensar que quizá había pulsado yo alguna tecla sensible e inhibitoria por lo dolorosa. Sea como haya sido, ofrecí excusas por mi avorazamiento inicial y nunca más se habló de una pieza teatral.

A cambio de ello, Leftwich y yo sostenemos una cordialísima amistad epistolar. Me gustaría pasar a saludarlo personalmente en York, si es que mis asuntos me llevasen allí algún día. He renunciado, pues, a intentar una pieza de teatro de cámara a partir de “Yo di los nombres”, pero no a difundirlo en el mundo de habla castellana a mi alcance.

Un amigo a quien di a leerlo me remitió a los textos de Jean Améry, el activista clandestino antinazi, belga de origen austriaco, cuya obra yo desconocía. Améry fue detenido por la Gestapo en Bruselas, en julio de 1943, y sometido a tortura. A diferencia de Leftwich, soportó torturas indecibles; al igual que Leftwich, terminó por delatar a sus compañeros.

En uno de sus ensayos recogidos en Más allá de la culpa y la expiación: tentativas de superación de una víctima de la violencia(Pre-Textos, 2004), Jean Améry aborda el mismo tema de “Yo di los nombres” con crudeza equiparable a la del sudafricano.

En ese ensayo se lee: “… ignoro si quien recibe una paliza de la policía pierde la dignidad humana. Sin embargo, estoy seguro de que ya con el primer golpe que se le asesta pierde algo que tal vez podríamos denominar provisionalmente confianza en el mundo”.

Améry acabó por quitarse la vida en Salzburgo, en 1978; Leftwich, al borde ya de la vejez, y tras décadas de tormento moral, recuerda que muchos años después de aquellos sucesos de 1964, el disgusto de sí mismo lo llevó a contemplar ideas suicidas. “La extinción me había aterrorizado una vez —dice, aludiendo a sus delaciones—; la extinción por propia mano me aterrorizaba aún más”.

Escribir este testimonio fue, sin duda, una mejor elección.

1. Adrian Leftwich, States of Development: On the Primacy of Politics in Development, Polity Press, Londres, 2000.

Ibsen Martínez, Caracas, julio de 2007