Los rusos recurrieron al trueque sólo para sobrevivir en una atmósfera carente de dinero en efectivo, al tiempo que se movían hacia una economía de mercado capitalista en toda la regla.  No ocurrió así en la Argentina, donde se hizo del trueque un fetiche ideológico anticapitalista que ha colonizado la imaginación neopopulista latinoamericana.

Las guerras, los desastres naturales y las crisis económicas han hecho forzoso el trueque en todo tiempo y lugar. Pero de allí no se sigue que se trate de una forma de intercambio que emane “naturalmente” de fuertes instintos humanos.

La invención del dinero, esa todavía hoy enigmática manifestación de la ingeniosidad humana, ha desafiado definición durante siglos, ni más ni menos que si se tratase de un don divino semejante a la no menos enigmática invención de la escritura.

En años recientes, sin embargo,  las enormes dificultades afrontadas por países comunistas en transición a una economía de mercado fomentaron la emergencia del trueque, en especial en la antigua Unión Soviética donde se registró un fenomenal crecimiento del mismo desde 1993. Aproximadamente por la misma época, el trueque tuvo un notable auge en la Argentina.

Rusia se apartó de las transacciones monetarias convencionales casi desde el momento mismo en que comenzó la transición, en 1992, cuando la hiperinflación barrió los ahorros de casi todos los ciudadanos rusos a una cadencia intermensual de dos dígitos.

A esa penuria se añadió una liberación de precios torpemente programada. En el trecho que fue de 1990 al 99, el PIB de Rusia experimentó una caída  del 54 por ciento.

La explicación más favorecida, tanto para la inflación como para el extraordinario auge del trueque en Rusia,  enfatizó la desorganización generalizada que siguió al colapso del sistema soviético. Pero un papel de trabajo, encargado en 1998  por el economista jefe del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo (EBRD), sugiere que otras variables también  jugaron un papel importante.[1]

Según sus autores, una tremenda falta de liquidez explicaría la parición de   formas no monetarias de intercambio en la Rusia poscomunista. Desde luego, no hay modo de desentenderse  de un cierto elemento “cultural” heredado. El trueque ruso se apoyó en vastas redes sociales y, sobre todo, en “destrezas”  adquiridas durante los períodos de escasez que plagaron durante décadas el sistema de planificación centralizada.

Así, muchísimas empresas estatales, en deuda con sus trabajadores, dieron en pagar salarios con bienes provenientes del trueque. Pero el hecho subyacente es que tanto los particulares como las empresas habían perdido confianza en el rublo y todo el mundo temía una inminente devaluación.

Resultó, pues, natural que una inflación elevada – apenas uno de los muchos problemas enfrentados por la Rusia de los años noventa – reforzase las transacciones no monetarias, ya fuese entre personas naturales o grupos de empresas. Lo llamativo del fenómeno es que las autoridades fiscales también las adoptaron.

La falta de capital  llevó a muchas empresas a recurrir al trueque simplemente para mantenerse vivas en un ambiente capitalista en el que el efectivo estaba muy restringido. Inevitablemente, el trueque reforzó la disposición de muchas empresas para “trastear con los libros”,  inflando artificalmente los costos y declarando fraudulentamente menores ingresos que los reales, en lugar de re-estructurarse en plan “downsizing”.  Así, las mayores empresas se convirtieron a la vez en las peor administradas y prevalecieron sobre los pocos pequeños pero “sensatos” emprendimiento privados.

Esta tremenda falta de transparencia  en una economía no monetaria de gran escala muy pronto hizo inviable todo financiamiento externo.  Para colmo, el fisco ruso comenzó aceptar pagos masivos en especie lo  cual se tornó en un incentivo más para la corrupción.   A comienzos de 1998, el recurso del trueque y otros sustitutos del dinero alcanzó en Rusia  su pico histórico. En agosto de aquel año, apenas semanas después de que un préstamo del FMI por 4.8 millardos de dólares largamente esperado hubo llegado al fin, Rusia se declaró en cesación de pagos desatando una crisis financiera de proporciones globales.

Lo que sigue es una elocuente paradoja: la devaluación estimuló la producción local de bienes que, llegado el momento, coparon una porción significativa del mercado doméstico y esto condujo al crecimiento de una economía real.  Esto, sumado  a un ingreso inesperado y extraordinario – ligado al aumento sostenido de los precios del petróleo una vez remitió la crisis asiática – marcó el principio del fin del trueque en la antigua Unión Soviética.

Es digno de atención en hecho de que durante “los años del trueque” a nadie en Rusia se le ocurriese construir una economía alternativa al capitalismo basada en sucedáneos del dinero. Nadie se propuso una “tercera vía” hacia la riqueza nacional y la justicia social propulsada en una economía no monetaria.

Los rusos recurrieron al trueque sólo para sobrevivir en una atmósfera carente de dinero en efectivo, al tiempo que se movían hacia una economía de mercado capitalista en toda la regla.  No ocurrió así en la Argentina, donde se hizo del trueque un fetiche ideológico anticapitalista que ha colonizado la imaginación neopopulista latinoamericana.

Lejos de lo ocurrido en Rusia, donde el trueque involucró primordialmente a antiguas empresas estatales, fueron los particulares, millones de sujetos privados, quienes en los tempranos años 90 echaron a andar en Argentina una economía de trueque.

Eran tiempos plagados de lo peor que puede ocurrirle a una economía nacional: hiperinflación sumada al estancamiento.

En 1995 el desempleo en la Argentina, país  que otrora tuvo una clase media con proverbial buena opinión de sí misma, alcanzó la cima histórica del 19%.

Una noche de mayo de aquel año, un grupo de vecinos de la localidad de Bernal, en la vasta provincia de Buenos Aires, se reunió para discutir mecanismos perentorios que les permitiera a sus familias afrontar una crisis cuyo rasgo más acusado, además de la hiperinflación, era la escasez de circulante.

La reunión había sido convocada por tres jóvenes que hasta la fecha se habían destacado como activistas de lo ambiental. Gente que propugnaba la utilización de composteros para fertilizar huertos familiares y el “reciclaje” de la basura. También habían leído algo sobre energía eólica y paneles solares, pero que se sepa, nunca  llegaron muy lejos en esa dirección.

Sus mentores intelectuales eran, según propia admisión,  nada menos que Alvin Toffler– autor de un éxito de librería, que muchos recordarán: “La Tercera Ola”– y Mahatma Gandhi. Pero quien verdaderamente modeló sus ideas acerca de lo que había que hacer fue Jean Silvio Gessel.

Gessel fue en vida un comerciante  belga, nacido a fines del siglo diecinueve, que en sus ratos libres teorizaba sobre economía. En 1906 apareció su libro más famoso,“El Orden Económico Natural”. En sus páginas se abogaba nada menos que por un papel moneda que se depreciase, a intervalos prestablecidos, mientras los usuarios arrancaban trocitos del mismo para hacer sus pagos. Una moneda hecha de casabe.

“La Tercera Ola”, Mahatma Gandhi y “ El Orden Económico Natural”, reinterpetados por tres ambientalistas argentinos mientras se comían un modestísimo asadito comunitario, allá en Bernal, un sábado en la noche.

Pues bien, a partir de este potpurrí de ideas fue fundado el primer “club de trueque” en Argentina.

Escribo esta crónica teniendo a la vista varios especímenes de los vales emitidos por diversos “clubes de trueque” argentinos.

Uno de ellos dice : “Ticket Trueque. Vale 5 créditos “E”” del Programa de Autosuficiencia Regional.” Suena cheverísimo, ¿verdad?: “Autosuficiencia regional”: La idea tiene un aire de familia con “desarrollo endógeno”.

El ticket lleva un número, como el de un boleto de rifa, trae también la figura de un ombú—para los ignorantes: el ombú es el árbol nacional argentino—, y al pie del ombú una leyenda que reza: “extendido para ser usado en forma restringida dentro de la Red Global de Trueque Solidario”.

Dicho sin rodeos se trata papel moneda respaldado por un sentimiento moral: la solidaridad; es decir, papel moneda sin  respaldo alguno.  Veamos con un ejemplo cómo los clubes de trueque argentinos pretendieron sustituir el dinero.

3.-

Comenzabas por afiliarte a un “club de trueque”. Lo crucial del registro era  declarar a qué te dedicabas, qué servicio o bien podías ofrecer: si dentista, tejedor de suéteres, profesor de inglés, ginecólogo, mecánico automotriz, etc.

El club — de dirección colegiada — elaboraba una tabla de equivalencias, necesariamenrte arbitraria, y adjudicaba “créditos” a tus destrezas o bienes: una operación del apéndice valía, digamos, 50 créditos; una chaqueta de cuero, 5 créditos.

En su formulación ideal, un día te levantás con apendicitis. No tenés dinero en efectivo porque estás atrapado en el “corralito”. Los bancos han dejado de respaldar el uso de las tarjetas de crédito. Pero como sos talabartero vas a lo del cirujano que figura en la lista de tu club de trueque y le llevás diez chaquetas de cuero y con ellas “pagás” la apendicetomía. Sin dinero, sin que medie el vil dinero.

Lástima que lo característico del trueque radique, justamente, en requerir que todo comprador sea, simultánea y necesariamente, un vendedor porque no siempre los cirujanos necesitan urgentemente diez chaquetas de cuero. El cirujano puede decirte, ofendido: “¡rajá, che, no hablés pavadas!”

La no simultaneidad del intercambio es algo que David Ricardo, entre otros clásicos,  explicó muy bien a la hora de caracterizar qué hace al dinero una cosa distinta a una ficha de ludo. Los vales de los clubes de trueque argentinos no  tenían capacidad de “almacenar valor” para cuando lo necesitases, como  sí lo hace el dinero. A la postre resultaron peor que una pirámide. Una inesperada ocurrencia puso fin a la fugaz fascinación argentina por el trueque.

Unos malandros robaron una noche la tipografía donde uno de los más vastos y nutridos clubes de trueque imprimía millones de vales.  Amasaron en una sola tarde una fortuna en artículos de cuero, muebles e insumos electrónicos para el armado de clones de PC.

Estaban dateados: cinco o seis días más tarde, la misión del FMI obtenía garantías del nuevo gobierno, se levantó  la medida del “corralito”, la gente dijo adiós a la “moneda social” y fue a buscar sus dólares.

Fin del tango.


[1] Simon Commander and Christian Mumssen, Understanding barter in Russia, December, 1998.