Nadie ha denunciado el culto a Bolívar tan lúcidamente como Luis Castro Leiva. Lo delató no sólo como martingala autoritaria y militarista, sino también como el misticismo moral que ha envenenado durante más de un siglo nuestra idea de la república, de la política y del ciudadano. Según Castro Leiva, el bolivarianismo “es un historicismo de la peor especie que entraña una moral inhumana e impracticable” y, por ello mismo, tremendamente corruptora de la vida ciudadana.

1.-

Buena parte de la historia patria destilada en los manuales escolares venezolanos está hecha de lo que  un desaparecido historiador  de las ideas  caraqueño, Luis Castro Leiva, llamó  “teología bolivariana”.

Nadie, que yo sepa, ha denunciado el culto a Bolívar tan lúcidamente como Castro Leiva. Lo delató no sólo como martingala autoritaria y militarista, sino también como el misticismo moral que ha envenenado durante más de un siglo nuestra idea de la república, de la política y del ciudadano.

Según Castro Leiva, el bolivarianismo “es un historicismo de la peor especie que entraña una moral inhumana e impracticable” y, por ello mismo, tremendamente corruptora de la vida ciudadana.

Castro Leiva[i] mostró cómo la biografía ejemplar de Simón Bolívar ha sido la única filosofía política que los venezolanos hemos sido capaces de discurrir en casi dos siglos de vida independiente. Esa “filosofía” no es – sigo a Castro Leiva –, más que una perversa “escatología ambigua” que sólo ha servido para alentar el uso político del pasado.

Para ilustrar esto último se me ocurre un ejemplo, entre ciento, y no precisamente de estirpe marxista-chavista: la fallida política de sustitución de importaciones, propugnada en los años 60 del siglo pasado por el gobierno de la socialdemócrata Acción Democrática y por sectores privados comensales del petroestado.

Venezuela entera fue empapelada con afiches plagiarios del célebre aviso reclutador del Tío Sam.  Un Simón Bolivar de un metro ochenta, en uniforme de generalísimo, ceñudo e  imperioso, con un puño sobre sus mapas, nos increpaba con el índice de la otra mano. La leyenda al pie rezaba: “ Yo la hice libre. Hazla tú próspera ¡Consume productos venezolanos!”.

Esto ocurría, como digo,  en 1960, cuando Hugo Chávez contaba sólo  seis años; luego claramente la manipulación interesada del pasado no comenzó con él.

2.-

El manual escolar venezolano por excelencia, durante la primera y segunda mitad del siglo XX, lo escribió un sacerdote francés: Louis Alfred Pratlong Bonicel, nacido en Hyelzas, Francia, en 1888. Llegado  a Venezuela en 1913,   hizo votos perpetuos con la orden de los lasallistas y adoptó el nombre de hermano Nectario María.

Su manual de historia patria apareció en 1927 y fue reeditado innumerables veces, hasta bien entrados los años setenta del siglo pasado. Recuerdo una edición pirata cuya portada mostraba el busto de Bolívar flanqueado por los de Cristo y Don Quijote.

Ciertamente, la portada  hacía justicia al espíritu hagiográfico  del manual del hermano Nectario María en el cual la historia  de Venezuela, Colombia y las demás repúblicas andinas se adivinan ya en el anecdotario de la niñez y mocedad de Bolívar.

Así, Bolívar, noble criollo adolescente, juega a la pelota con el Príncipe de Asturias en el Madrid de Carlos IV. Una especie de hand ball o de squash matritense, imagino yo,  que el hermano Nectario María no  se molesta en describir porque  lo suyo es contarnos que, de un pelotazo, el Gran Caraqueño tumba el gorro del futuro rey Fernando VII y que el episodio prefigura la batalla de Ayacucho.

Los bandos en pugna no parecían ser  España y los movimientos independentistas americanos, sino meramente Bolívar y los otros. Sus desmesuras eran ocurrencias geniales; sus crímenes de guerra, duras e inescapables decisiones. Todo el libro era finalista, teleológico. Y todo él venía trufado con versos alusivos, espumados de la cursilería subregional andina durante un siglo de culto al Héroe, como éste, inolvidable, del aúlico Tomás Ignacio Potentini:

Rayo de luz en la guerra

Y arcoriris en la paz

Cuando creyeron quizá

Que se cansaba su brazo

Hizo en la América un trazo

Y volando, casi loco,

Con aguas del Orinoco

Fue a regar el Chimborazo.

 

3..-

Imbuido quizá de las ortodoxias que animan los departamentos de estudios “multiculturales” en algunas universidades gringas, Hugo Chávez en persona dio hace tiempo en propalar la vergonzosa verdad que desde las ramas laterales de la familia Bolívar – quien benévolamente nos eximió de descendientes directos – hasta el mismísimo John Lynch, autor de su más reciente biografía, pretendieron ocultar sin éxito, como si de un culebrón de Félix B. Caignet se tratase: Simón Bolívar, incrédulos del mundo, era negro, sépanlo: Bolívar fue el hijo de una esclava.

De allí la “conexión” emocional — la de Chávez, se entiende; el Bolívar redivivo — con los demás negros, mulatos, zambos, cuarterones y, en general, con toda la “gente de quebrado color ” que ya en tiempos de la Capitanía General de Venezuela se vio excluida como “pardos” y hoy nutre el electorado chavista.

Para mejor anclar la superchería, se ha designado oficialmente a la pequeña población de Capaya, en la Costa de Barlovento, como su lugar de nacimiento. Durante el siglo XVIII, Barlovento fue región cacaotera y está hoy habitada por descendientes de la antigua poblacion esclava.

La leyenda ha prendido en una hacienda cercana, otrora propiedad de los Bolívar: allí nació, de madre negra, el Libertador.

Formulada sólo como posibilidad, la especie se ha colado ya en algunos textos escolares. Pero las vallas que dan la bienvenida al turista al lar natal de Bolívar flanquean ya la carretera que conduce a Capaya.

Me ocurre pensar que William Ospina ha debido  comenzar en Capaya su búsqueda de Bolívar. Pero cosa muy distinta  a enmendar la partida de nacimiento del grande hombre es dar cuenta de la verdadera causa de su muerte.

4.-

Toda la iconografía luctuosa del Libertador – es especial la pictografía naif – destaca el reloj que en San Pedro Alejandrino se detuvo a la una y cinco m,inutos de la tarde del 17 de diciembre de 1830.

Fue, según la tradición,  la hora de su último tísico estertor, salvo que aceptemos la hipótesis de Jorge  Mier Hoffman, autor de La carta que cambiará la historia (Editorial Arte, Caracas , 2008.)    Un fragmento del reclamo publicitario del libro imparte lo esencial de la “hipótesis Mier Hoffman”  en un lenguaje que el hermano Nectario María sin duda habría aprobado: claro y sin vainas: “Bolívar no murió de tuberculosis. Bolívar no murió en la Quinta San Pedro Alejandrino. Bolívar no murió un 17 de diciembre de 1830. Los restos de Bolívar no están en el Panteón Nacional.”

Mier Hoffman,  quien al parecer es descendiente del último anfitrión que tuvo el Libertador antes de patear el balde, se declara depositario de una carta escrita – bueno, más bien dictada entre tosigones y esputos de sangre – por Bolívar once días antes de morir. Si hemos de creer a Mier Hoffman, el dictado debió ser sumamente arduo pues la carta se enmascara hábilmente como el febril último adiós a un antiguo amor de juventud pero, en realidad, es la denuncia de una  conspiración para asesinarlo.

Para ello, Bolívar recurrió a claves masónicas para burlar el cerco de perfidia que le rodeó en sus últimos días y acusar al presidente de los Estados Unidos, Andrew Jackson, al rey Fernando VII y a la corona inglesa como autores intelectuales del magnicidio. Extrañamente, la carta no menciona a Santander, pero puede que sólo sea otro truco de Bolívar para despistar.

La exégesis de una carta secreta denunciando un magnicidio fue demasiado para Chávez: en cuanto supo de ella, designó a Mier Hoffmann asesor de una comisión presidencial de la que hace parte la Fiscalía General de la República para esclarecer el crimen. La carta  secreta condujo al postmorten y al ADN en julio pasado.

La sorna caraqueña insiste en que con la aparatosa exhumación de la osamenta de Bolívar,Chávez buscaba tan sólo hacerse de una reliquia necesaria para la elaboración de un nganga o amuleto del rito afroantillano Palo Mayombe que nos llegó de Cuba junto con el G2.

En diciembre de 2008, la periodista española Maite Rico preguntó directamente a  Mier Hoffman : “¿Y dónde está el cuerpo de Bolívar?”

—No se lo puedo decir porque es el tema de mi próximo libro – repuso el denunciante.

Las manos del Che Guevara, el cadáver de Evita Perón, el ADN de Simón Bolívar: Doscientos años en la orfandad.


[i] Luis Castro Leiva, De la Patria Boba a la Teología Bolivariana, Monte Ávila Editores, Caracas, 1991.