¿Para qué arruinar un buen cuento tratando de mejorarlo? Me limitaré a traducir lo que Christopher  Hitchens averiguó sobre el episodio.

En vida, Chávez se declaró marxista pero no tono: nadie iba a hacerle leer tres tomos de El Capital.  Cito un despacho de EFE de marzo de 2010:

“ Alzando un ejemplar del Manifiesto Comunista, Chávez subrayó en su programa dominical de radio y televisión ‘Aló Presidente’ que ‘hay gente floja que nunca agarra un libro’’ y que prefiere las telenovelas y otros pasatiempos electrónicos en lugar de prepararse para el socialismo del siglo XXI.

“ ‘No puede haber un candidato, ni siquiera un militante del PSUV’, que no haya leído a Carlos Marx, a Rosa Luxemburgo, a Ernesto ‘Ché’ Guevara’, remarcó, y alertó que ‘sería una tragedia’’ que el PSUV no logre en septiembre renovar la mayoría que actualmente tiene en la unicameral Asamblea Nacional (AN).”

El despacho concluía informando que “tanto en su programa televisivo y radial como en su artículo semanal [ en aquella ocasión titulado “¡ Con Marx, con Cristo, con Bolívar!’], Chávez recordó que el domingo [14 de marzo de 2010] se cumplían 127 años “de la desaparición física en Londres de aquel gigante del pensamiento crítico y transformador que se llamó Carlos Marx”.

“ Hoy quiero reivindicar la viva memoria del gran profeta de la cuestión social y de la voz mayor de la tradición anticapitalista de los oprimidos: reivindicar su herencia antidogmática y antisectaria”, escribió.

“ Quiero parafrasear el final de un poema memorable que le dedicara a Marx el poeta peruano Antonio Cisneros: ‘Estamos en deuda contigo, viejo aguafiestas’. Seguiremos permanentemente en deuda contigo”, remató Chávez.”

Nunca es tarde, digo yo, para comenzar a saber algo del “viejo aguafiestas”. Aunque más no sea para arrojar sus ideas – al menos las económicas – al quizá ya demasiado repleto basurero de la Historia.

Algo he espumado sobre Karl Marx en los últimos treinta años, y entre las mejores razones para ello está el haber hurgado exhaustivamente en su vida privada antes de escribir “El Señor Marx no está en casa” (Grupo Editorial Norma, 2009).

Lo que he atesorado con mayor cuidado son anécdotas que ilustran cómo el mundo, y en especial la economía, se empeñan en vivir y hacer las cosas a su manera y cuán prescindibles somos lo seres humanos. Incluso gente tan decidida a entrar en la posteridad como lo fue el buenazo de Karl Marx.

Durante mucho tiempo tuve por dudoso  el episodio que sigue. Me lo contó Malcom Deas en Buenos Aires, pronto hará  seis años. Malcolm es un notable historiador británico, pero es también hombre dado a las humoradas, así que me limité a disfrutar del cuento sin darle crédito alguno hasta que Christopher Hitchens avaló como auténtico lo ocurrido, con pelos y señales, en un artículo suyo aparecido en “The Atlantic”, en abril de 2009.

El artículo reseñaba la reedición de una biografía de Marx – ¿cuántas  harán falta para saber que fue un gran agitador intelectual y un errático economista aficionado?–,esta vez la del estadounidense Francis Wheen.

¿Para qué arruinar un buen chiste tratando de mejorarlo? Me limitaré a traducir lo que Hitchens averiguó sobre el episodio.

“El desaparecido Huw Wheldon – narra Hitchens– ,antiguo productor de la  BBC, describió una vez para mí la serie de programas, realizada en los primeros días de la radio, que tenía por tema los exilados célebres que alguna vez hubiesen vivido en Londres. En una cierta etapa del proceso, todo condujo a rastrear a un antiguo empleado, ya en retiro, que, de muy joven,  había trabajado en la biblioteca del Museo Británico durante la era victoriana.

Al serle preguntado si recordaba a un tal Karl Marx, el viejo y asmático pensionado dijo, de buenas a primeras,  no recordar a nadie de ese nombre.  Pero cuando se le ofrecieron algunas pistas sobre el asiduo célebre visitante de la biblioteca ( tan asiduo que llegó a monopolizar la misma butaca donde siempre podía hallársele, desde que abrían hasta la hora del cierre,  muy barbudoy furunculuso él, que almorzaba invariblemente en ‘The Museum Tavern’, el pub cercano,  y siempre estuvo interesado en obras de economía política, etc ), la memoria vino en ayuda del entrevistado:

—    Oh, sí mister  Marx, por supuesto. Nos daba mucho trabajo ese tipo con todas sus solicitudes de libros y  periódicos.

Sus entrevistadores acercaron los micrófonos para recoger todos los detalles:

—    Un día dejó de venir. ¿Y saben qué? Nunca más se supo de  él.

Claramente, el viejo pensionado era otro de esos tercos proletarios, víctimas ‘de la falsa consciencia del mundo’, por quienes Karl Marx trabajó toda su vida en vano.”