En 1929  un hombre llamado Peter F. Drucker decidió que nunca haría una predicción desprevenida y alegre.

El  motivo de  aquella promesa hecha a sí mismo, que cumplió escrupulosamente hasta el fin de sus días, fue un artículo suyo que pintaba con tonos rosa pastel el futuro inmediato del mercado valores en los EE.UU.

El artículo vaticinaba que el valor comercial de los títulos ofrecidos en la Bolsa de Nueva York estaban condenados fatalmente a elevarse y que lo mejor que podìa hacer un inversionista era comprar y comprar títulos hasta desfallecer.  Aquella halagüeña predicción apareció apenas unos días antes del crack bursátil que sumiría a los EE.UU,  y a toda la economía capítalista, tal como había sido conocida hasta entonces,  en una de sus más graves depresiones.

Lo aleccionador del “caso Drucker” es que, con el tiempo, sus vaticinios respecto de muchos ámbitos del desempeño económico de los humanos resultaron sorprendentemente acertados.

Se dice rápido, pero Drucker era de esos escritores que, en verdad, logran “poner a pensar” a la gente con su propia cabeza, en vez de esparcir “sabiduria convencional”  en 360º a la redonda.

¿Un ejemplo de su aforística? Helo aquí: “Lo único que se desarrrola espontáneamente en cualquier tipo de organización es el desorden, las fricciones y el nulo desempeño.”   Otro: “ La palabra mercadeo es de buen tono. Convierte al antiguo jefe de ventas en vicepresidente de mercadeo. Pero un sepulturero sigue siendo un sepulturero aunque se haga llamar empresario de pompas fúnebres. Lo único que cambia es el precio del entierro”.

Ya es un tópico decir la organización empresarial y la gerencia fueron los temas que Drucker abrió para el pensamiento social contemporáneo, y lo hizo de  un modo exhaustivo y continuo durante toda su vida, pero me parece que decir solamente que fue un pionero de la teoría de administración empresarial es dejar fuera demasiadas cosas importantes que Drucker legó al siglo XXI.

 

2.-

Para empezar, Drucker fue un extraordinario y prolífico escritor – dejño más de treinta títulos –para quien el elemento moral implicado en casi todo lo que su inteligencia hurgaba le era sumamente importante.

Prolífico, a lo largo de su vida escribió unos 30 libros que, traducidos a otros tantos idomas, han vendido y siguen vendiendo millones de ejemplares. La columna mensual que durante más de veinte años mantuvo en el Wall Street Journal desentonaba  con brillo en las severas páginas del diario neoyorquino por lo impredecible de sus temas y la sugestiva penetración con que, invariablemente, proponía otro modo de mirar las cosas.

En 1942, cuando Drucker ya había cumplido con el rito centroeuropeo de escapar justo a tiempo de los nazis y aterrizar en una universidad americana,

apareció su libro  “El Futuro del Hombre Industrial”.  El cariz clarividentemente que tiene casi todo lo que Drucker escribe ya está allí.  Nunca ha sido mas cierto aquello de que que adivinar el futuro consiste en imaginar con puntería.

A su paso por Inglaterra, huyendo del nazismo a fines de los años 30 , Drucker se inscribió en Cambridge en un seminario dirigido por John Maynard Keynes.   Jack Beatty, autor de “El mundo según Peter F. Drucker” , nos dice que fue allí donde éste “se dio cuenta de que Keynes y todos los brillantes estudiantes de economía que estaban allí reunidos se interesaban en el comportamiento de las materias primas mientras que a él le interesaba el comportamiento humano. Su interés en la gente lo condujo al estudio de la administración, que parece ser un estudio sobre la producción, pero para él se trata de un estudio sobre el ser humano.”

Fue casi inevitable que, una vez en los EE.UU, y tras el éxito de su clásico “El Concepto de la Corporación”, Drucker terminase convirtiéndose  en guru consejero de corporaciones grandes y pequeñas durante más de 60 años.  Durante todo ese tiempo desarrolló el don visionario de que no le había asistido  al escribir su artículo de 1929.

Llegó a prever con pasmosa precisión lo que la historia del capitalismo posindustrial estaba por traer; supo ver lo que aún estaba por doblar la esquina. Y supo escribir de ello, como señala Jack Beatty, en oraciones de cuatro compases:  : “Los cuatro diferentes tipos de humanos necesarios para las tareas de la administración jerárquica son: el hombre pensante, el hombre de acción, el hombre popular y el hombre rostro.”

3.-

La fascinación que en él ejerció la cultura pictórica japonesa no se disipó en mero coleccionismo de piezas raras y caras. En 1979 apareció un libro singularmente iluminador del cual fue coautor: “Aventuras de pincel: Pinturas Japoneses.” Durante diez años condujo seminarios sobre arte oriental en Pomona College. Todo ello sin dejar interesarse por las ideas y usos de la gerencia japonesa.  De esa fruición por lo oriental logró Drucker  hacer algo parecido a un estilo “zen” de suscitar el pensamiento eficaz en quienes contrataban sus servicios.

Jack Welch, quien fuera Vicepresidente Ejecutivo de General Electric, cuenta cómo dos preguntas hechas por Drucker , sencillas pero atinente a lo sustantivo, lo puso en el camino de restructurar con éxito su corporación. Las preguntas fueron :”Si no estuvieses ya  en esta empresa, ¿entrarías en ella hoy dia? Si la respuesta es no; ¿qué vas a hacer al respecto?”

__Sencillo— comentó luego Welch—, pero poderoso.

Y para finalizar, una máxima druckeriana: “Lo único imprudente es decirle no al futuro.”