«Sembrar el petróleo». Suena muy bien eso de «sembrar el petróleo», ¿no es cierto?

Considerada como eslogan, la frase de Arturo Uslar Pietri es superlativamente digna de un anuario de publicidad institucional o corporativa. «Sembrar el petróleo» tiende un puente figurado entre el orden vegetal y el mineral, tiene la concisión y el tono moralmente imperioso de una admonición bíblica y es, ante todo, mnemotécnicamente pegajosa.

Sin embargo, hace mucho se comenzó a sospechar que el aforismo favorito de la sabiduría convencional criolla que, desde 1936, nos han propuesto como «ábrete, sésamo» de nuestro futuro, sólo entrañaba apenas una frase feliz; sonora pero vacía e inconducente.

Las «élites»   que, como Uslar Pietri,  en la primera década del siglo XX se afiliaron a Juan Vicente Gómez,  tuvieron que lidiar repentinamente con el hallazgo de petróleo en nuestro subsuelo armadas de muy pocas ideas acerca de lo que ello significaba, ni de la extrema especificidad del negocio petrolero. Previsiblemente, asimilaron sin mucho trámite la idea de «riqueza petrolera» a la más familiar y abordable de «riqueza minera», dos cosas crucialmente distintas.

En realidad no hay mucho que reprocharles: en aquel tiempo, de cualquier riqueza mineral que proviniese del subsuelo y no se pareciese a un tubérculo se pensaba, sin más, que era riqueza minera.

Pero en un nivel más profundo, esa asimilación de la naturaleza petrolera a la generalidad de la minería trajo consigo otra idea que, durante muchas décadas, presidió el pensar venezolano acerca del tipo de riqueza que cabía esperar del petróleo: la idea de que era agotable; de que, igual que las minas de oro o de estaño, el petróleo iba acabarse inexorablemente y muy pronto. De allí el «conservacionismo» que anima todo el pensamiento venezolano de las primeras décadas del siglo XX, sin excepción, desde la izquierda hasta la más retardatarias pervivencias gomecistas. Desde el comunista Salvador de la Plaza hasta el conservador Vicente Lecuna, pasando por el “modernizador” Alberto Adriani, todos tuvieron al petróleo como cosa pasajera y descaminadora.

Se me ocurre que una las maneras con las que el petróleo nos ha mostrado alguna simpatía está en haber desmentido esos pronósticos de hace mucho más de medio siglo, y en que hayamos alcanzado a ser hoy día lo que los geólogos llaman una «provincia petrolera madura»: una nación con casi cien años de producción sostenida y con perspectivas de seguir siéndolo los próximos setecientos. Cosa notable, para tratarse de una riqueza que, según escribió Rómulo Betancourt en 1938, no debía durar sino hasta 1948.

Con todo, algo bueno hay implícito en la creencia de que el petróleo se agotaría como se agotaron el guano y el añil y las minas del Potosí: impuso a las mejores cabezas de Venezuela la tarea de pensar qué hacer con esa riqueza.

Lo que sin duda es el mejor logro de Úslar Pietri está en haber sido el primero en caracterizar con precisión el tipo de relación que entabló el estado venezolano con el negocio petrolero a fines de la segunda década del siglo XX.

Esta relación fue y sigue siendo, incluso a su especial manera dos veces  nacionalizada, ni más ni menos que la de un terrateniente con el aparcero que hace producir el lote de tierra que le arrienda.  Pues bien, arrendar la tierra bajo cuyos morichales hay petróleo para que la arrendataria lo extrajese y lo refinase y lo vendiese no hizo de nosotros un país productor de petróleo: hizo del nuestro apenas un estado cobrador de renta monopólica.

De allí en adelante el argumento de nuestras vidas petroleras se hace frondoso y debatible, sobre todo en lo que atañe al qué hacer con esos dineros.  Las tensiones entre el estado cobrador de regalías territoriales y de impuesto sobre la renta, por un lado, y las compañías productoras de petróleo, por el otro, se trasladaron al interior del propio estado desde el momento de la nacionalización de 1976 y, ciertamente, no se han resuelto todavía. Sometemos a Petróleos de Venezuela a las mismas exacciones de que hacíamos objeto a Exxon o a la Royal Dutch Shell.

Por ello, no es exagerado decir que «sembrar el petróleo» es una formulación bastante insuficiente y no ayuda mucho a la hora de decidir qué hacer con los dineros que nos deja ese negocio. Y esto es así debido a la inquebrantable lógica del petroestado, con su red de incentivos perversos que perpetúan el despilfarro y la ineficiencia. La frase feliz «sembrar el petróleo» no admite sino un sentido, en el contexto  del petroestado, y es el del subsidio y el despilfarro.

A despecho de las amargas protestas de Uslar Pietri de haber predicado en el desierto, sembrar el petróleo es precisamente lo único que hemos hecho, al pie de la letra, desde al menos 1943 hasta la fecha. De haber sido electo presidente en 1963, seguramente Uslar Pietri no habría podido sustraerse a las constricciones que al desarrrollo   impone nuestro ricardiano estado terrateniente y petrolero.

Dentro de sólo dos años  – 1912 fue el año de ” Zumaque # 1″– cumpliremos un siglo produciendo, refinando y exportando petróleo; casi la mitad de nuestra vida republicana.

Deberíamos adentrarnos  en el siglo XXI con algo más que una frase feliz con qué arrostrar lo que viene.