Recuerdo nítidamente a los primeros colombianos que vi alguna vez: eran unos infortunados cirqueros costeños, varados en un baldío de Prado de María, mi barrio natal, un suburbio pobretón de la capital venezolana. Corría enero de 1958.

Nadie acudía a sus funciones. A los niños no nos dejaban acercarnos a ellos, pues por entonces decir “colombiano” era nombrar un “malandro”, un pícaro palabrero y “sin papeles”; un trapisondista marihuanero. Los cirqueros no tenían ni para la gasolina y se decía que mataban perros realengos para echárselos a unos leones tan flacos que parecían gente mal disfrazada de leones flacos.

Un día, al volver de la escuela elemental donde era maestra, mi mamá se horrorizó de ver que los cirqueros se disponían a matar a uno de sus caballos flacos para beneficiarlo.

Mamá se adentró en el baldío y los disuadió de manducarse al rocín. Inmediatamente fue convocada una reunión de padres y maestros. El todo fue que se organizaron cuatro funciones a beneficio del circo, en los espaciosos predios del —mire usted como con las cosas— “Grupo Escolar Gran Colombia”.

Sé que suena a película de Camila Loboguerrero, pero juro que así fue como los cirqueros dejaron de ser monstruos, volvieron a comer caliente, levantaron campamento, “tanquearon” y la caravana cogió camino mientras todos nos decíamos adiós con la mano. Yo no podía saberlo, pero ya hacía años que millares de colombianos, desplazados del Magdalena Medio por la violencia, confraternizaban con “los de abajo” venezolanos.

Sin embargo, y desde entonces, el bipartidismo y más de un grupo editorial venezolanos cortejaron a cada tanto las pulsiones xenófobas, mostrando a Colombia como el espantajo con qué avivar pasiones patrioteras en tiempos de sequía electoral.

Hasta ahora, el pretendido casus belli entre ambos países había sido siempre un enrevesado asunto cartográfico que la sorna venezolana supo siempre escarnecer: “Cambio Golfo por Grisales”, rezaba una pintada caraqueña en tiempos del canciller Londoño.

Pero la manera inhumana e impía con que el vicepresidente de Venezuela, Ramón Carrizález, ha despachado la masacre de diez aficionados al fútbol a manos de un grupo armado aún no identificado, al describirla, encogiéndose de hombros, como un ajuste de cuentas entre paramilitares y contrabandistas de gasolina colombianos, rebasa todo límite por inaudita e indignante.

Cierto: la frontera hierve de “elenos”, “paracos”, desplazados y contrabandistas de gasolina. Pero el público colombiano hará bien en tomar nota de que la indefensión e impunidad que se vive en la frontera tachirense responde en gran parte a la arrogante negativa de Chávez a aceptar las duras derrotas electorales en las elecciones regionales de noviembre de 2008.

Su respuesta ha sido despojar, arbitraria e inconstitucionalmente, de toda competencia y recurso para la seguridad ciudadana, a los gobernadores de oposición. Tal es el caso del gobernador de Táchira, César Pérez Vivas. Las ya desguarnecidas policías estatales han sido despojadas hasta de sus vetustos revólveres calibre 38.

La violencia fronteriza y su correlato, el discurso guerrerista anticolombiano dan cuenta también de cuánto ha caído la popularidad de Chávez en Venezuela. La pérfida Colombia vuelve a ser, como de costumbre, motivo electoral. Esta vez de la campaña por las legislativas de 2010.

En lo personal, ya fuesen colombianos o no, es como si hubiesen asesinado a los cirqueros costeños de mi niñez.