“La televisión es genealógica y no tiene memoria”.

La observación  la  hizo Umberto Eco,  hace más de veinte años en “La Estrategia de la lusión” (Lumen,  Barcelona, 1986),  y la justificaba así: genealógica, porque toda nueva invención suya produce imitaciones en cadena; desmemoriada, porque una vez producida la cadena de imitaciones, nadie puede recordar quién la empezó. El programa fundador de la estirpe llega a confundirse con sus descendientes.

Además, la televisión no sólo es capaz de aprender, sino que  puede hacerlo muy rápidamente y, con frecuencia, el modelo parece imitación. La proliferación de los llamados “reality shows” ofrece un grosero ejemplo del fenómeno tan sucinta y elegantemente descrito por Eco y que, sin embargo,  todavía espera una explicación satisfactoria.

El fenómeno se manifiesta de modo muy florido en las series que Hollywood ofrece a las grandes redes de televisión desde hace ya suficiente tiempo como para corroborar la “ley empírica de Eco”.

Tengo para mí que quizá la manifestación  más remota del fenómeno se deja ver en lo ocurrido con “Yo Quiero a Lucy” (I love Lucy, CBS, 1951), tenida hasta ahora como la primera “sitcom” de asunto conyugal  producida alguna vez. Mucho antes de salir del aire en 1957, su dispositivo de comedia protagonizada por una “pareja dispareja” pero, en el fondo, bien avenida, había sido ya imitado, con buena o mala fortuna, por media docena de producciones.

El tiempo, desde luego, induce cambios: hablamos de un género que pronto cumplirá 60 años; tiempo sobrado para algunas metamorfosis felices. ¿Cuánto de  “Yo Quiero a Lucy” no se revela ( y rebela) en la estupenda “Mad about you”,  que durante 161 episodios, entre 1992 y 1999, protagonizaron Helen Hunt y Paul Reiser?  ¿Cuánto del doctor “Doctor Kildare” o del “Ben Casey”  de los años 60 pervive en las innúmetas salas de emergencias que siguieron a la “E.R” (“Urgencias”, se  llamó en España) desarrolada para la televisión por  Quentin Tarentino ?

Las llamadas “antesalas” de las transmisiones deportivas no podían sustrarese a a la ley empírica formulada por Umberto Eco.  En lo que atañe a lo genealógico, ¿ podrá alguien recordar cuál fue el primer dúo o trío de comentaristas que vistió idéntico traje y corbata, atuendo que en ocasiones llegó a ostentar el logotipo de la cadena televisiva o del programa? Desde luego, tuvo que haber un prototipo que la desmemoria que señala  Eco, tanto en la industria como en el auditorio, ha perdido para siempre.

Imitaciones en cadena – ya se trate de béisbol, baloncesto, boxeo, tennis y muy acusadamente en el caso del fútbol – cuyo primer eslabón nadie recuerda, es cierto, pero que atienden a leyes de composición insoslayables, como ese estar invariablemente tan gusto con los compañeros de transmisión, impostado  para no arrojar ni siquiera la sombra de una discrepancia  acerca de una estadística, un récord o una fecha que pueda crear turbulencias en la media hora destinada a “calentar” la transmisión  del suceso deportivo en sí.

La idea subyacente al segmento de los  comentaristas es el de la erudición como espectáculo, aunque la erudición se limite a una memoria, en muchos casos asistida electrónicamente, merced un laptop que ostenta el mismo logo que el blazer de los comentaristas. Llegado aquí, séame lícita una digresión sobre el uso –mejor dicho, la presencia – del laptop en los mesones de los comentaristas.

El laptop en el mesón, ¿para qué rayos está ahí? Lo consultan sin embozo las lectoras de noticias tanto como los comentaristas deportivos, pero nunca nos es dado saber si lo que miran en la pantalla del mismo tiene algo que ver con el inminente encuentro entre Manchester United y el Barça.

Desde la perspectiva del televidente, igual podrían estar mirando un clip porno que retozando en Facebook o rebotando nimiedades de 140 caracteries, vía Twitter.

La respuesta, claramente, es que el laptop está allí para subrayar la noción de que quienes nos hablan son personas sumamente al corriente;  individuos de talante, digámolos así, online. Nada puede escaparse a sus panorámicos saberes porque, justamente,  están online.

La concesión que de un tiempo a esta parte se hace a la igualdad “de género” acentúa el rasgo más totalitario del formato: el pensamiento único.

Ni siquiera en los programas que difunde Fox, esos en los que media docena de atildaditos uniformados de distintos paìses hispanoamericanos imparten pareceres sobre fútbol, cabe el espectro de una discrepancia.

Todo en ellos es : “ tienes razón, Mario”; “ en efecto, Julio”; “para llevar agua a tu molino, Nacho”; “ siguiendo la idea señalada hace rato por Lalo”; “para ilustrar elpunto que trajo a colación Pancho”, etcétera.

La inclusión de una bella y glamorosa comentarista no altera en nada el  sentido de esta representación; tan sólo añade un matiz “tolerante”: ya  hablar de fúbol no es excluyente cosa de varones: “aceptamos a una chica entre nosotros”.

Aceptamos  a una “culta latiniparla” , habria dicho Quevedo, si las transmisiones de fútbol por cable hubiesen sido posibles en el Siglo de Oro y al autor de El Buscón de Sevilla hubiese podido interesarle la suerte del Real Madrid.

Pero lo que deberìa resultar sublevante – y, curiosamente,  no lo es–de esta propensión televisiva ,sin genealogía ni memoria, es la ecolalia: cada quien repite lo del compañero según un nada misterioso método de permutación semántica.

Si se sincerase tan siquiera un pelín el procedimiento, terminaríamos viendo remedos de Tweedlede y Tweedeldum, el obeso duó unánime de “Alicia en el País de las Maravillas”.

O,  quizá más cercanos a  nosotros, a Hernández y Fernández, sus homólogos en la saga de Tintin y Milú.