Por Oscar Marcano

Recientemente tuve la alegría de presentar este libro de Ibsen Martínez, que debería haberlo hecho -por la materia con que está acometido-, su gente de la política o la televisión. Alguien como Teodoro, con quien habrá comentado hasta el empacho los miriñaques del gran Marx a lo largo de los veintiséis años en que estuvo espulgando falencias e intimidades para urdir una asintótica obra de teatro con este tema. O nuestro Alberto Barrera, colega de Ibsen en el arte de trasvasar el amor galante y provenzal a la pantalla chica y quien se evoca en la novela con el indescifrable nombre de Beto Barradas.

A diferencia de ellos, a Ibsen y a mí no nos unen ni los recuerdos ni las cavilaciones de la izquierda, la televisión o el teatro.

A Ibsen y a mí nos unen unos aviones obsoletos, mamotretos tan antiguos como el Douglas DC3, el Curtis, el Convair 440 o el Allison 580, armatostes que fundaron la aviación comercial venezolana, y donde pasé mi infancia encaramado a instancias de mi padre, y que hemos revivido en conversaciones episódicas, tras el recuerdo de viejos lobos del aire, como el capitán Harry Gibson, en cuyas piernas y siendo un pelaíto, empuñé por primera vez el timón de una aeronave.

Nos une también la pasión por la vanguardia artística de las primeras décadas del siglo XX, cuando un puñado de inmigrantes y unos pocos franceses pusieron un taco de dinamita a las formas en ese París de pollos en los patios, que era miel para las moscas renegadas del mundo. De allí rescatamos no sólo a Braque, Matisse, Picasso, Modigliani, Soutine et al, sino al inmarcesible (adjetivo que tomo del himno colombiano) Jusep Torres Campalans, genio del cubismo que jamás existió y cuya biografía inventó ese mala conducta, tan caro a Ibsen como a este servidor, que llegó a reunir hasta cuatro nacionalidades: la alemana, la francesa, la española y la mexicana: me refiero por supuesto a Max Aub.

El señor Marx no está en casa es una novela fascinante. Podría decirse que es hija de un reto, de una travesura. La que en 1983 propone Jean Maninat a Ibsen al regalarle el libro de Chushichi Tsuzuki: La vida de Eleanor Marx: una tragedia socialista, con el fin de pergeñar una obra de teatro que, ventilando las debilidades del tótem del materialismo histórico, promoviese el previsible enfado en los ortodoxos que aún se contaban -graneaditos, eso sí- en la flora de la izquierda local.

Pero como eso no es así, es decir, nadie dice: «voy a construir una catedral para echarle una vaina al párroco de al lado», el asunto no prendió. No obstante, la temática se fue sedimentando y, como suele ocurrir en literatura, el tópico se hizo obsesión. De modo que la bibliografía que se inició con un boleto de ida y vuelta a la elegante y compasiva prosa del profesor Tsuzuki en relación a la mecánica cuántica del clan Marx, se fue abultando a lo largo de dos décadas, hasta convertirse en una real investigación. A la manera de Ibsen que, formalmente no querrá admitirlo, pero con los lustros se hizo ducho en Inglaterra victoriana, a partir de la vida privada de Marx y su hija menor, a la sazón, junto a Engels, las personalidades más atractivas, novelísticamente hablando, del grupo familiar.

A un escritor como él, con esa frescura, con esa chispa que le hemos admirado siempre en sus artículos de prensa, en su narrativa, en su dramaturgia y en televisión, no le resultaría difícil hacer recalar el tema en una circunstancia próxima, del aquí y el ahora. Es así como construye los dos planos en que prolifera esta novela. Son dos narraciones, una sesuda y añeja -basada en la investigación-, la de la adolorida Eleanor Marx, hija menor del visionario, y su infausta vida al lado de Edward Aveling, un pérfido y talentoso buscavidas, cuyo martirio la lleva a suicidarse a los 43 años, y otra volátil e invasiva, en tono caribe, una suerte de fresco caraqueño y sabrosón, en el que Guillermo, escribidor de culebrones por veinticinco años, melindroso, inestable y con disfunción eréctil, al llegar a los 58 años quiere merecer y ganarse a una mujer, Gloria. Para ello se afana en volver al teatro a escribir su más grande y enjundiosa obra, la que revelaría, entre otras cosas, los secretos del suicidio de la Tussy Marx, cuyas estribaciones va anticipando a lo largo del libro. Pero al final, frente a lo que viene escalando y convirtiéndose en trabajo hercúleo, dice ¡no joda!, y opta por escribir una telenovela para un canal de Miami, donde con un esfuerzo ostensible pero moderado, recibirá sus buenos 350.000 dólares, los cuales le depararán un exilio dorado con su dama, en cualquier sitio donde haya Viagra e Internet.

El incesto del camarada Marx: la hipótesis abductiva

Hay un punto nodal y es la hipótesis del incesto. Según ésta, Marx habría seducido a su hija en su adolescencia. Para tranquilidad de los seguidores del catecismo rojo, el hombre nuevo y la moral revolucionaria, el libro no intenta probar eso. Ni siquiera constituye su apuesta. La tesis del incesto es una observación de Gloria, a la sazón psicóloga, en referencia a la conducta de una joven que, de no haberse llamado Eleanor Marx, de no haber estado en el front line de las luchas del proletariado y de no haber realizado una de las más desastrosas traducciones de Madame Bovary al inglés según (nada más y nada menos) que Vladimir Nabokov, su suicidio encajaría perfectamente en la reacción propia de una joven abusada sexualmente por su padre. Pero no hay evidencia que sostenga que el sumo pontífice incurriese en la conducta de «agresor sexual intrafamiliar», como se señala en la primera página del libro.

Como hipótesis abductiva (la que te secuestra y te hace escribir la novela) Ibsen se puso en la perspectiva de examinar la conjetura psicológica y consideró los elementos que podrían apuntar a esta tesis, como móvil del suicidio. Llega incluso a establecer el ingenioso Guillermo, su heterónimo en la novela, que de haber ocurrido la seducción, se habría producido, como lo testimonia Edward Aveling, concubino de Eleanor Marx y gran villano de la saga, entre mediados y finales de marzo de 1871, cuando Tussy contaba dieciséis años.

Pero la afirmación como tal nunca deja de ser descabellada en el propio libro, a la luz de su ambigüedad y de las improbables evidencias. La propuesta es una variable operativa. Un señuelo para sí mismo. Un decoy, dirían los gringos. Porque igualmente, en El señor Marx no está en casa, se ventilan otras dos conjeturas: la de Yvonne Krapp, expresada en sus dos tomos biográficos, según la cual «el reflujo revolucionario, el cenit de la socialdemocracia y el gradualismo conservador de la clase obrera inglesa», fueron las causas de su decisión. Y la que parece ser la correcta, la de Bernstein, el dirigente socialista alemán, que establece que Eleanor decidió quitarse la vida harta de las tribulaciones que le producía el bellaco de su marido. Es la conclusión a que llega el lector. Es el desenlace de una vida miserable, tomada por el escándalo, las traiciones y la vergüenza propinadas por su pareja, el dramaturgo, vividor, estafador, conferencista e hijo de puta de Edward Aveling, quien en la enésima crisis de Tussy, tras haberse casado éste con una actricilla, acuerda con ella el suicidio común. Eleanor envía a la mucama a la farmacia por el veneno, pero en el último momento, Aveling se retracta y la abandona, dejándola a solas y presa de la crisis. Cuando regresa ya es cadáver.

Lo que sí remueve la novela es la paternidad de Marx sobre Freddy Demuth en Lenchen, la criada de la casa, y cómo Marx pide a Engels que, para no afrentar a su esposa embarazada y enferma, reconociera ser el padre del bastardo, cosa que hace, asignándolo al nacer a una familia trabajadora inglesa. De modo que sí, el gran Federico Engels, autor del El origen de la familia, la propiedad privada y el estado, llamado en el clan «el General», asume como propio el desliz de su compadre Karl, llamado en el clan «el Moro».

Pero el bueno del tío Engels no sólo sacaba de apuros al viejo Marx y siempre estaba allí para socorrer. También sufragó a Eleanor el viaje de luna de miel fingida, pues Aveling era casado. Y cuando enviudó, contrajo nupcias con otra, y a su muerte le dejó una herencia que el vividor se encargó de despalillar a la brevedad.

Finale

Sólo para la anécdota: como casi todo el sindicalismo inglés, Freddy Demuth, el hijo no reconocido de Karl Marx no termina afiliado a esa metafísica que llaman marxismo. Termina siendo laborista.

Está claro que esta novela no está escrita, como seguro alguien dirá, para profanar una imagen. Ibsen deploraría que un trabajo que lo ha acompañado por tanto tiempo, sea tomado como un arma ruin para atentar contra figura alguna.

El señor Marx no está en casa comporta no sólo una formidable investigación de personajes reales y circunstancias del círculo familiar del judío de Tréveris. Apunta también a detalles acuciosos, de reconstrucción de época, que hacen de la pieza un inspirado corpus raras veces visto en nuestra literatura.

Es diversa. Podría decirse que a veces ronda la novela negra con sus atmósferas y misterios. Con sus pasajes oscuros muy dignos de Black Mask. Y cuando entra en nuestra naturaleza venezolana, solar e inmediatista, deslumbra en ingenio y actualidad.

Un punto decisivo es el lenguaje. Ibsen alterna la locución culta y la obscena con maestría incontestable. Con tal fuerza y esmero, que parecen guiños. A ello colaboran los planos en que estructuró la obra, con sus nudos y desenlaces, a través de los cuales se aviene a detalles que seducen su mente y, al recrearlos con la perspicacia que le conocemos, los resultados son excepcionales.

A veces, en la historia de Guillermo y Gloria, tenemos la sensación de viajar en alfombra mágica, vale decir, nos sentimos notablemente identificados con los giros, las punzadas y ese humor tan reconocidamente nuestro que pareciera proceder de los huesos.

Para contrariar el pacto mimético, para abonar en obsequio de lo ilógico del mundo, y porque ningún texto es tienda aparte, Ibsen apela a recursos tan contemporáneos como el fragmentarismo, la transtextualidad y la interpretación.

Pero no vamos a ponernos técnicos.

Toda novela es una metáfora de algo. Si conjugamos las vivencias del autor con las proposiciones de la suya, podríamos decir que la metáfora de El señor Marx no está en casa es la resiliencia. Y la conclusión es que no hay nada más parecido a una utopía que una superchería.