Karl Marx narraba a sus hijas pequeñas las ocurrencias de Hans Röckle, el juguetero prodigioso que hizo un pacto con el diablo,  al regreso de  sus excursiones dominicales  al Hampstead Heath, un prado  londinense.   Podía prolongar indefinidamente, por entregas, este cuento fantástico durante meses y meses . No me cabe duda de que, como tantos de sus seguidores, Marx era mejor cuentista  que economista.

En su juventud, al comienzo de su exilio en Inglaterra, Karl Marx se sirvió muchas veces del cuento de  Hans Röckle  y el Diablo para entretener a Jenny y Laura, sus hijas mayores. Que se sepa, nunca lo puso por escrito, pero invirtió muchas horas en elaborarlo.  Sabemos del cuento gracias al testimonio de su hija menor, Eleanor.

Marx comenzó a improvisar las ocurrencias de Hans Röckle, el juguetero prodigioso,  al regreso de  sus excursiones dominicales al Hampstead Heath, un prado  londinense.   Podía prolongarlo indefinidamente durante meses y meses, improvisando por entregas.

El cuento  de Hans Röckle y el Diablo merece llamarse “las aventuras de los juguetes de Hans Röckle” porque, invariablemente,   la peripecia termina cuando los atribulados juguetes logran regresar a la juguetería y ponerse a salvo.

Los juguetes imaginados por Marx no quieren ser juguetes,  o bien,  deseando tan sólo ser juguetes de un niño burgués, los arrebata de improviso una gana quijotesca de  deshacer entuertos en los que no pueden dejar de inmiscuirse,  sin importarles cuán inermes se hallen.  O bien, simplemente, se  ven de pronto en situación tal que deben hacer algo drástico ––¡y rápido!––en aras de su propia integridad.

Sin embargo, los villanos siempre los aventajan en tamaño, número y malignidad y desatan una feroz  persecución, tan tenaz que exige el máximo a los mecanismos de cuerda de los imprudentes juguetes para cruzar Londres a todo correr  y hurtar el cuerpo a las acechanzas de toda clase de malhechores y despistarlos lo suficiente para llegar, corriendo desalados, a la tienda justo a tiempo de que Röckle el Mago les dé a los villanos con la puerta en las narices.

Hans Röckle, el Mago, vivía acogotado por las deudas,  con las cuentas de su juguetería siempre en rojo. Sus juguetes eran de mecanismo elemental  e imperfecto y  de acabado sumamente basto: la pintura de las casacas y de los quepises, por ejemplo,  se descascaraba  al no más desempacar. Las piezas movibles se desprendían al tocarlas.  Por eso nadie quería sus juguetes o los devolvían, a poco tiempo de comprarlos, exigiendo airadamente inmediato reembolso.

En consecuencia, Röckle siempre estaba en mora con el casero, la tienda de abarrotes,  el carbonero, el carnicero y, desde luego, con  los proveedores de materia prima para su taller.

Desesperado, Röckle vendió un día su alma al Diablo a cambio de tener ingenio y destreza  como  fabricante de juguetes y sólo entonces fue cuando comenzó a tener gran éxito porque los suyos eran ahora  juguetes autómatas de pasmoso mecanismo invisible. Olympia, la muñeca-soprano del primer acto de  “Los Cuentos de Hoffmann”  habría podido salir de su taller.  A partir de esta transformación, Röckle comenzó a ser conocido en el ramo juguetero como Röckle el Mago.

Pero tan pronto sus dueños los sacaban de la caja, los juguetes de Röckle el Mago – al menos los claramente antropomórficos – se metían en líos que los rebasaban y debían emprender la huida en un largo, tortuoso y desesperado regreso a la juguetería.  Según Marx, la maldición, la trampa del Diablo, estaba en que Röckle el Mago no pudiese desprenderse nunca de los juguetes justicieros y chambones que echaba al mundo.

Karl Marx veía la jugarreta del Diablo precisamente en el hecho de que los juguetes,  manufacturados a partir de insumos cuya demanda es bastante inelástica,   pudiesen venderse varias veces en el mercado  casi sin depreciación alguna.

No he podido nunca entender porqué Marx  veía las cosas así: al fin y al cabo, revender una y otra vez juguetes  que, en virtud de un hechizo, vuelven por sí solos a la juguetería supera cualquier sueño de Ruth y Eliott Handler,  los “padres” de la muñeca Barbie™,  fabricada ininterrumpidamente por Mattel Toys desde 1959.

Un buen juguete autómata, aun producido en la incipiente revolución industrial, puede  considerarse un bien   transable, en el sentido que hoy dan los economistas a esa palabra. Hablamos,  por cierto,  de un juguete que regresa por sí solo  a la fábrica en condiciones de ser ofrecido ventajosamente de nuevo, sin depreciación, en un mercado de gran eficiencia asignativa, como cabe imaginar que era ya el mercado de los juguetes en el Londres de Peter Pan.

No está claro para mí, en fin,  cómo   podía resultar pesadillesco para Röckle el Mago afrontar no sólo los gastos fijos de un gabinete de magia, sin obreros ni gastos de energía y sin que le llegasen las facturas del tendero, del carbón y del carnicero.  Los márgenes de ganancia de sus juguetes escapadizos le aseguraban una ilimitada capacidad de ahorro y de acumulación de capital.

A menos que la trampa del Diablo  obrara, justamente, en el mecanismo que, para usar palabras de Marx, “transmuta los valores en precios”.  Y que el valor de los insumos y  de la magia que permitía a Röckle producir juguetes prodigiosos experimentase un crecimiento discretamente lineal, en tanto que la cuenta conjunta del casero, del tendero y del carnicero lo hiciese de un modo infernalmente exponencial.  Sólo así, pienso yo, la trampa del Diablo podría impedir al mago prosperar indefinidamente, cada día más lejos de una economía de subsistencia.

Como quiera que sea, ese era el cuento que Marx   narraba durante millas y meses   para regocijo de sus hijas,  y tal como él lo contaba, así os lo cuento..