Por: Maye Primera

Un play-off de la liga americana y una cita con su terapeuta pusieron a Ibsen Martínez en el camino de su nueva novela, El señor Marx no está en casa. A la salida del estadio, Martínez topó con el aparador de una librería neoyorquina que promocionaba la biografía de Eleanor Marx escrita, en dos tomos y en los últimos años de su vida, por Ivonne Kapp.

Los dos tomos de la Kapp se encargaron de refrescar en el autor el interés por las circunstancias en que la menor de las hijas de Carlos Marx, Eleanor, decide quitarse la vida, a los 43 años, en Londres. Y la idea de que el suicidio no haya sido sino el desenlace de una vida atormentada por una hipotética relación incestuosa, lanzada al aire por su terapeuta, terminó de darle vida a una trama.

-Más allá de la ficción sobre la cual se basa el argumento de su novela, ¿qué tan convencido está de la posibilidad de que Carlos Marx haya abusado sexualmente de Eleanor, su hija menor? Sobre todo considerando que como autor manejó fuentes e informaciones reales para construir su historia.
-Fue mi terapeuta, Teresa Gamboa, quien formuló esa conjetura. Cuando le hablé de la historia de Eleanor Marx (su suicidio, su vida sentimental) me dijo que si le llevaban ese caso a su consultorio, ella concluiría que se podría tratarse de un cuadro de relaciones incestuosas de una hija con su padre. Yo había leído toda una bibliografía el argumento encaja. El trabajo estuvo en tratar de responder cuándo y cómo, como un detective: la ocasión y el momento. Cuando terminé y volví a releer las cartas que Eleanor intercambiaba con sus hermanas y algunas amigas. Es en una carta, dirigida a una amiga, donde Eleanor confiesa que entre su madre y ella siempre hubo una gran sombra, que fue su padre y confiesa que fue desflorada por una gran figura del socialismo. Sí hay un cuadro allí de una persona atormentada por su sexualidad y por esa relación que en la conjetura de mi psicoanalista es tan clara, que es repetir a un maltratador  al engancharse con un tipo como Eduard Aveling, que tal vez no le pegaba pero la engañaba, le sacaba el dinero y la sometía a todo tipo de escarnios. Todo eso me persuadió. Al principio me decía: “esto está muy bien y es tremenda hipótesis”, pero después que me fui imbuyendo y que fui corroborando cosas, estoy persuadido de que pudo perfectamente haber sido así. Hay hombres que se interesan por las mujeres que tienen a su alcance, como la esposa, las hijas o la criada, y Marx se me parece a eso.

-¿Qué opinión le merecen los efectos colaterales que ha generado la novela entre los viejos marxistas, molestos por su desacralización del personaje?
-Cabía esperarlo. Rara vez puedo hablar de mis relaciones con el marxismo. Cuando tenía 19 años me irritaba que mis compañeros no se habían leído nada de Marx. Y comenzó con mal pie, pues comencé a leerme la trilogía de Isaac Deutscher sobre Trotsky, y me hice un disidente. De unos diez para acá, que me ha dado por leer historia económica, estoy persuadido de que el marxismo, como bien dijo Freud, es una metafísica, no es una ciencia. Y puedo comprender que mucho amigos, sobre todo mayores que yo y que perfectamente se oponen a Chávez y dicen de sí mismos que hacen una oposición de izquierdas a Chávez, vean en este libro una intención de cortar amarras con el pasado o de desacreditar a una figura egregia. Pues nada de eso: empecé a escribir esta historia porque me interesaba como tema humano desde que supe de ella. En el trayecto descubrí que el estalinismo no es una desviación rusa, sino que la intolerancia con el parecer ajeno y la idea del partido único están implícitos en la biografía intelectual de Marx.
-¿Entre esos amigos se cuenta Teodoro Petkoff?
-No lo creo. A él le gusta mucho la novela. Incluso me llamó para preguntarme, con mucha vehemencia, si era verdad que Marx había vivido en Argel. Y sí, vivió en Argel. Otra vez me volvió a llamar para preguntarme si la conversación entre Freddy Demuth (hijo ilegítimo de Marx) y Eleanor Marx eran invenciones, y no, se trata de un cruce de cartas convertido en una conversación.  Pero sí sé de amigos, que creen que es posible hacer una crítica marxista del capitalismo, que piensan que esto ya es el colmo. Y desacreditar a una figura egregia no era mi intención. A todo novelista, a todo dramaturgo le interesa el lado de la vida. Pensar eso sería como pensar que Shakespeare en vez de exaltar las virtudes bélicas de Otelo, se regocija en que es un falso cornudo. Ahora, no es un efecto colateral buscado, pero sí muy bienvenido, porque si contribuye a suscitar interés en los diferentes, pues tanto mejor.

-Si el suicidio o la complicidad en la comisión de un suicidio era un delito en el Londres victoriano, ¿cómo explica que el suicidio de Eleanor Marx no se haya convertido en un caso penal contra su amante, Eduard Aveling?
-De hecho, el suicidio fue un delito en Inglaterra hasta 1961. Esa fue una de las grandes preguntas que me hice. Cuando quería hacer de esto una obra de teatro tenía muy en mente que la puesta en escena fuese una audiencia de derecho consuetudinario –con un fiscal, un defensor, donde se habla, se argumenta. Pero no tras el suicidio de Eleanor no hubo un juicio. Lo que hubo fue una indagatoria con un jurado y con público, que verificaba que se hicieran algunas preguntas. Sí es llamativo y hubo muchos periodistas de la época que se preguntaron qué decía el supuesto anónimo que recibió Eleanor ante de suicidarse y que la había puesto tan mal. Pero como los nazis bombardearon el archivo de la casa donde se llevó esa audiencia, no tenemos record de lo que preguntaron los reporteros sino lo que se publicó en la prensa, que es sólo un trocito de la historia. De manera que no sabemos si fue un anónimo ni qué decía ese anónimo que recibió Eleanor. Pero sí sabemos que la suicida dejó tres cartas al morir y que ninguna llegó a su destino. Esa es una situación que para un historiador puede ser un callejón sin salida, donde no pueden avanzar más allá de la evidencia. Pero para un novelista interesado en el “pudo haber sido” viene muy bien.

-En la novela, el director Juan Carlos Gené recrimina al narrador, Guillermo (escritor de telenovelas) diciéndole que no le habla más de historias, que las escriba.
-Eso es flagelándome a mí mismo. Si alguien en mi vida me ha tratado sin los miramientos de un amigo sino con la severidad de una figura paterna fue Gené, que alguna vez me dijo: “Me está hablando de nuevo de una obra que no ha escrito. Me tiene fascinado con algo que no ha escrito. Escríbala”. En realidad lo que ocurrió con esta historia fue eso: en 2005 yo le leí a él y a Héctor Manrique el primer acto de una obra de teatro que deseché. Gené tenía años oyendo hablar de esta idea, por lo menos desde 1981. En aquel momento yo acababa de escuchar la conjetura de mi amiga la psicóloga (la tesis de que Eleanor Marx fue abusada sexualmente por su padre), y viendo las caras de Manrique y de Gené como diciendo “a esto todavía le falta” les “espeté” la conjetura del incesto. Y ahí sí es verdad que pusieron cara de “este se volvió loco”, porque lo hice a la cañona y muy mal. Fue entonces cuando Gené me dijo: “Interesante, pero escríbala” y eso lo incorporé a la novela tal cual. Él quedó muy contento cuando le mandé el manuscrito.

-¿Qué posibilidad hay de que El señor Marx no está en casa se convierta, ahora sí, en una obra de teatro?
-Esto sí es una noticia. Hay un extraordinario director de teatro colombiano —que se llama Sandro Romero Rey y que junto a Andrés Caicedo y Luis Ospina forma el trío de Cali; un tipo cincuentón, maestro de actores, director de teatro y cine, rockerófilo— que publicó la semana pasada una reseña muy enjundiosa sobre el libro. No nos conocíamos personalmente, pero cuando él leyó el libro en Bogotá, una amiga común montó un almuerzo en el que Sandro me dijo: “¿Dónde está el primer acto? Yo quiero leerlo”. Yo se lo di y ahora él está muy entusiasmado y tiene interés en que yo escriba una versión para el teatro, pensando en el Festival de Bogotá del año próximo. Teniendo lista la novela, eso no debería ser complicado. Pero lo que no debe ser es una transcripción mecánica de lo que está en el libro sino una obra de teatro, que creo que es el género que a mí se me da mejor.

¿Cómo han recibido su novela en Bogotá, la ciudad donde la presentó primero? ¿Piensa presentarla en otros países?
-Presenté el libro en Bogotá y ha tenido muy buenas reseñas. Hay críticos literarios allá que publican cosas y que hablan de las novelas en diversos ámbitos. Eso me ha tranquilizado muchísimo: saber que en un país donde hay un nivel de competencia tan alto, la novela ha sido bien acogida. En cuanto a las ventas, comenzaron a dispararse a partir de las reseñas que salieron en Semana y en El Tiempo. Obviamente, el mercado natural mío es aquí. Sin embargo, ya me pidieron un ejemplar en Letras Libres porque  el escritor chileno Carlos Franz va a hacer la reseña y porque el libro ya está en México. En España no está todavía porque La otra orilla que me publica a mí, es de esta orilla, la hispanoamericana. De cualquier modo, el libro llegó a Norma desde España: lo envió el editor de Belaqua, una editorial catalana que favorece mucho a los autores hispanoamericanos y el trato tiene implícito, no explícito, abordar el mercado español. Y yo espero que la novela encuentre su camino hacia España.

-¿Tiene en el tintero alguna otra historia de la que habla pero que no ha escrito?
-Interrumpí una novela con la que aburría a mis amigos y a mi pareja durante años para escribir esta novela. La interrumpí en el capítulo cinco. No es una novela larga y me gusta mucho. Se llama Simpatía por King-Kong. Temía que no iba a poder reinsertarme en ella, pero me ha pasado algo: se me ha destapado una vena creativa: terminé una obra de teatro y la decisión más reciente que he tomado responde a un dictum de Hemingway que es: “Escribe lo mejor que puedas y termina lo que empiezas”. Así que, esa novela la voy a terminar y estoy involucrado con otra pieza de teatro, con la que voy de a poquito, que se llama La oficina del millón de pesos, que probablemente se estrene en Colombia.

-¿Kico Mendive es el personaje central de Simpatía por King-Kong?
-Más que Kico Mendive, lo es una canción inédita de Kico Mendive: un mambo dedicado a King-Kong que él cantaba en los cines de estreno cuando él estaba chiquito. En la escena en que a King-Kong lo persiguen los biplanos, él y otros pilletes hacían una cosa muy habanera: al estilo de Vocal Sampling, cantaban una cosa que decía “King-Kong /no le temas/ al aeroplano enemigo”. Esa canción nunca se grabó y atraviesa la circunstancia de un cantante de música popular que se hace en el México de los cuarenta y muere en 1989, un año de gracia, el mismo año en que muere Pérez Prado. Va a ser forzosamente una historia corta, que debo terminar a principios del año próximo.