En este relato, Lord Keynes logra que el lector vea con enorme  empatía las vicisitudes del jefe de la delegación alemana a la Conferencia de Versalles, en 1919: el doctor Melchior.

En medio de la tozuda y arrogante esterilidad de la intransigencia  francesa, apenas mitigada por los esfuerzos de los delegados americanos  y sólo una parte de la comitiva inglesa , “el doctor Melchior  hablaba siempre  calmosamente  pero sin pausa, de forma que transmitía a uno la extraordinaria impresión de ser siempre  sincero”.

El año es 1956.

Stevens, el mayordomo solterón, es alentado por el nuevo propietario de la mansión “Darlingotn Hall”, donde ha trabajado durante más de treinta años, a hacer un viaje en automóvil.

El nuevo propietario, míster Farraday,  acaudalado y culto caballero americano, ofrece a Stevens su flamante Ford “Victoria”  ‘55  para la gira vacacional – las primeras vacaciones de Stevens en tres décadas– que, además de brindarle solaz y distracción, le permitirá visitar a la señorita.

Llevada al cine en 1993 por el director James Ivory ( el mismo que luego nos daría Jefferson en París y Sobreviviendo a Picasso), “Lo que queda del día” ( The remains of the day, 1989 ), la soberbia novela de Kasuo Ishiguro, escritor británico nacido en Nagasaki en 1955, casi no puede hoy leerse sin pensar en Emma Thompson y Anthony Hopkins, sus magníficos, inolvidables intérpretes cinematográficos.

La estrategia  narrativa de Ishiguro es sencilla: nos ofrece el diario – las meditaciones, más bien– que Stevens, el austero y puntilloso Stevens, nunca muy despierto en cuestiones de política, escribe en retrospecto durante ese viaje de pocos días   por los condados de Dorset, Devon y Cornwall.

Además del descanso y el esparcimiento, lo mueve la ilusión de volver a ver a la encantadora miss Kenton, su amor secreto desde hace treinta años, quien  ha enviudado recientemente y a quien Stevens, por timidez o cortedad, jamás confesó su amor mientras trabajaron juntos en Darlington Hall.  Ishiguro logra mantenernos en vilo con la promesa de un romance de la tercera edad.

Sencilla estrategia narrativa, mas sólo en apariencia, pues es su soberbia ejecución lo que transmuta en materia novelesca los profundos cambios que los accidentes del siglo XX obraron en la sociedad inglesa, desde la “entreguerra” conservadora de los tortuosos años veinte hasta el cénit laborista de posguerra, en plena Guerra Fría, ye en el umbral de los años sesenta.

“Lo que queda del día”, es además muchas otras cosas: una tersa requisitoria contra la sociedad de castas británica; una reconstrucción del clima de autocomplacencia moral que rodeó a las élites europeas victoriosas en la Primer Guerra Mundial e hizo posible, con su hipócrita y cruel ceguera, la emergencia del nazismo en Alemania; las meditaciones de un viajero solitario y un regreso por otros caminos al clasicismo de la novela inglesa del s. XIX.

Regresé en estos días –¿ por tercera, por cuarta vez ya?– a la novela de Ishiguro a través de un  pasadizo secreto: un texto breve que John Maynard Keynes – lord Keynes– tituló “El Doctor Melchior”[1]. El motivo fue la alusión que de pasada, hace Stevens de Lord Keynes como una de las celebridades que solían visitar DarlingtonHall en su época dorada.

El ficcional Lord Darlington comparte con Keynes su reprobación por las onerosas condiciones que el Tratado deVersalles impuso a la vencida Alemania. Pero ahí terminan las afinidades: Lord Darlington es un “criptonazi”  que alienta y finanza a las caminsas negras del Mosley, el fracasado político fascista inglés. Sólo que el circunspecto y leal Stevens nunca acierta a darse cuenta de las inclinaciones totalitarias de su señor.

Como sabe el lector, Lord Keynes se hizo célebre tras la publicación en 1919 de “Consecuencias Económicas de la paz”. Nadie como él analizó con mayor claridad y perspicacia el Tratado  de Versalles. Precisamente de esa época, de cuando Keynes llegó a Versalles formando parte de la delegación británica, data “El doctor  Melchior” que no fue publicado sino hasta  1972 por la Royal Economic Society. Junto con “Mis primeras creencias”, fue escrito para ser leído ante un selecto auditorio de viejos amigos íntimos.

“El doctor Melchior” es la brillante e instrospectiva crónica de un dramático momento de las negociaciones: el forcejeo sobre el bloqueo de alimentos a Alemania cuya prolongación, rencorosamente forzada por los franceses, fue explotada eficazmente por un novel agitador llamado Adolf  Hitler en su propaganda contra el Tratado de Versalles y sus firmantes.

En su relato, Keynes logra que el lector vea con enorme  empatía las vicistudes del jefe de la delegación alemana: el doctor Melchior.

En medio de la tozuda y arrogante esterilidad de la intransigencia  francesa, apenas mitigada por los esfuerzos de los delegados americanos  y sólo una parte de la comitiva inglesa , “el doctor Melchior – son ya palabras de Keynes– hablaba siempre  calmosamente  pero sin pausa, de forma que transmitía a uno la extraordinaria impresión de ser siempre  sincero.

“Su labor más difícil era mantener a sus compañeros bajo control, pues eran propensos a salir con quejas triviales e indignas o con estúpias falsedades ad hominem que no habrían egañado al más estúpido de los americanos. Aquel judío, ues lo era, tal como descubrí después, aunque no por su aspecto, era el único que conservaba la dignidad de la derrota.”

Tras escuchar el resto del relato, Virginia Woolf, no dudó en calificarlo de “brillante obra maestra”.

Rara vez he estado más de acuerdo con Virginia.

 

 

 



[1] John Maynard Keynes, Dos Recuerdos, Editorial Acantilado, Barcelona, 2006.