Es conocida, creo, mi opinión sobre tu trayectoria política, sus logros, sus errores y sus insuficiencias. Esta crónica sólo rinde homenaje a su presencia de ánimo en momentos de compromiso y adversidad, algo que Hemingway llamó “elegancia  bajo presión” y de la que CAP, héore o villano,  dio  ejemplares muestras hasta el final.


La primera vez que lo ví de cerca , el candidato de AD era Raúl Leoni y yo tenía doce años.

La campaña electoral para las presidenciales de diciembre de 1963 brindó un vistoso espectáculo: hubo siete candidatos, entre ellos el inevitable Rafael Caldera, pero el único con verdadera opción era el guayanés del partido de gobierno. Arturo Uslar Pietri entusiamasba a la clase media,  frágil fenómeno electoral caraqueño, flor de un día.

Sospecho que mi padre – empleado petrolero, autodidacta, buen lector– votó por Uslar Pietri; mi madre, maestra de escuela,  fue una consistente electora copeyana hasta 1968,cuando lo gremial se impuso a sus convicciones conservadoras y votó por el maestro Prieto. Ni yo ni mis hermanos teníamos edad para votar, lo que reforzaba el cariz de colorida y ruidosa contienda de eslóganes, características de las elecciones venezolanas entre 1958 y 1988. Vivíamos en Prado de María, muy cerca del Grupo Escolar “Gran Colombia”, por entonces un ejemplo resplandeciente de lo que en los hechos  significaba la expresión”estado docente”; hoy, sus instalaciones se hallan convertidas en una lastimera ruina.

Una noche de fines de noviembre, la seccional de Acción Democrática de Santa Rosalía organizó un mitin de cierre de campaña que debía realizarse en una explanada, a un par de cuadras de mi casa. Pese a lo brumoso del recuerdo, puedo dar fe de que todo cuanto se ha dicho de aquel gran partido de populista y de masas, al pintarlo como una vasta y poderosa maquinaria electoral, es rigurosamente cierto. Yo nunca había visto un mitin político “ de cerca” y ya desde lo preparativos se dejaba sentir la magnitud de la ocasión.

En aquel tiempo, todos los organismos deliberantes se elegían al mismo tiempo que al presidente de la república. El resultado era que toda la masa de candidatos a diputados al congreso,   las asamblas legislativas de los estados y los concejos municipales hacía campaña por el candidato presidencial y por ellos mismos. Una figura nacional del partido solía reforzar la lista de oradores locales.

AD-Santa Rosalía había, pues, organizado el mitin al que fui aquella nochecita – por aquel entonces todo comenzaba más temprano : el mitin estaba convocado para las seis de la tarde– , llevado por la curiosidad que me inspiraba el inusitado despliegue de camiones, andamios, pancartas, tarimas, bambalinas, altavoces y luces. Lo hice a escondidas de mis padres que me suponían viendo la serie “Combate” en el televisor de una familia vecina. Los nombres de los oradores no me decían nada; estaba allí con unos amiguetes solamente “por  la novedad”, como solía decirse.

En una típica manifestación del ventajismo electoral adeco, Carlos Andrés Pérez, que ocupaba una cartera en el ejecutivo– nada menos que Ministro del Interior, el encargado de hacer frente a la subversión de la izquierda armada–, hablaría aquella noche, al cierre del acto. Su nombre, igual que el de los demás oradores locales que un frenético, enronquecido agitador anunciaba por los altavoces de un auto cubierto afiches, no podía entonces decirme mucho.

Era, desde luego,  un hombre odiado por la izquierda alzada – la brutal policía política estaba bajo sus órdenes– y tampoco era todavía el enérgico “hombre que camina” venerado por la masa electora de 1973 : para la mayoría de quienes acudieron al mitin, CAP  no era más que otro “adeco pesado”, un chivo del gobierno, la voz ocasional del partido en un acto municipal.

Las llamadas “Unidades Tácticas de Combate”, pomposo nombre que a sí mismas se daban las células armadas comunistas, habían tendido una emboscada intimidatoria. Iban a sabotear el acto y todo el mundo en el barrio lo sabía: probablemente habría tiros : El Cementerio y sus aledaños eran “zona roja”.

Casi todas las noches de los mil ochocientos días de Betancourt ocurrían “acciones de hostigamiento” contra las patrullas de la Policía Municipal que se desplazaban por la Avenida Principal de El Cementerio.

Los tiroteban desde cualquiera de los cerros de la acera norte. Pero, a mis oídos, aquellas acciones no pasaban de  fugaces intercambios de disparos  que yo alcanzaba a escuchar a la distancia, metido ya en la cama, en la alta noche de los barrios cercanos, como “Los Sin Techo” o el barrio “1º de mayo”. Aquella noche prometía algo gordo en el rubro “propaganda armada”, según mis amiguetes.

¿Cómo es que aquellos prepúrebes estaban tan enterados? Sencillo: en aquel vecindario y en aquellos años, quien no tuviese un pana “cabeza caliente”, algo mayor – 19 ó 20 años–  metido “en la vaina armada”, no estaba lo que se dice “en nada”. Habría tiros, habría acción “ de verdad-verdad”; ¿quién iba a querer sentarse a ver la serie “Combate”?

Sin embargo, el mitin discurrió, anodino y previsible, con mucho ruido de “background” en el equipo de sonido. Los estentóreos oradores desgranaban las manidas fórmulas de la oratoria populista de la época: “Coooompañerooooos”, “ el pueblo venezolano, como un solo hombre”, “Acción Democrática, el partido del pueblo”, “los extremistas, enemigos de la democracia…” Era todo, en verdad muy aburrido. ¿Para cuándo iban a dejar los tiros?, me preguntaba; tal vez, después de todo, haría mejor yendo a ver “Combate”. En esas estaba cuando anunciaron al orador de cierre, compañero Carlos Andrés Pérez.

Lo vi subir ágilmente a la tarima, llevaba una chaqueta de esas que en España llaman “cazadoras”, blanca. Un hombre flaco y desmañado, de unos cuarenta años. Salvo por el marcado acento andino, su oratoria era indistinguible de la de quienes le habían precedido. Pero no pudo avanzar mucho en su solicitud del voto para el compañero Raúl Leoni porque, súbitamente, estalló un “niple” y al punto nos envolvió el estruendo de una espantosa balacera: ráfagas de metralleta, el staccato de armas automáticas cortas, el para mí inconfundible sonido de una escopeta calibre .12 de repetición y bombeo, como la de mi padre. Las bocas de fuego se percibían cercanas: desde las azoteas de los bloques del Banco Obrero disparaban, desde el techo de un edificio de aulas del grupo “Gran Colombia”, desde el cerro, desde autos estacionados en las cercanías-

Los asistentes se dispersaron instantáneamente y corrieron a buscar refugio. Mis amiguitos y yo nos encogimos bajo un carro. Yo abría los ojos por ver si alguien caía; me parecía increíble que nadie cayese, así de nutrido y duradero era el fuego. En retrospecto, tengo ahora claro que era un acto terrorista que sólo buscaba intimidar a los asistentes. Todo como parte del plan que el Partido Comunista bautizó “Caracas”, orientado a inhibir a la población de ir a votar en als inminentes elecciones. Pero en aquel momento, ¿cómo saber a quién estaban destinados los tiros?

Mi amigo Gerardo “Jerry” Patiño, con quien he evocado el episodio durante el fin de año pasado,  no me dejará mentir: juntos asomamos la cabeza, entre escalofríos de miedo pero cediendo a la curiosidad preadolescente: mucha gente se hallaba tendida en el asfalto, aguardando a que cesasen los tiros para entonces correr. Y sobre la tarima, de pie frente al micrófono – no existían todavía los inhalámbricos– el hombre de la chaqueta blanca daba ánimo a los suyos a gritos, y el modo de hacerlo era explicar, como lo haría un narrador deportivo, lo que estaba ocurriendo: “ no corran, compañeros: es una acción cobarde – palabra más palabra menos–, no son más que tiros al aire, compañeros: no se atreverán con el pueblo adeco porque ellos saben que…”. Y, al mismo  tiempo, trataba de ubicar a los francotiradores, y daba precisas indicaciones y tajantes órdenes a sus hombres: “¡Allí, detrás del camión de INOS, ahí está uno con un revólver, traigánme a ese hombre!”. Y todo el tiempo, alrededor suyo, zumbaba en las copas de los árboles la balacera que él decía  no era más que tiros al aire. Era un blanco perfecto, allí de pie , bajo los focos. Cualquier exaltado, sabedor de quién era, pudo haberlo “bajado” de un tiro.

No ocurrió así y CAP vivió para ser dos veces presidente de Venezuela. Muchos años después, cautivo en su propia casa, gallardo anfitrión de un almuerzo al que acudí con César Miguel Rondón, sabedor de mis pareceres sobre su gestión, le manifesté la impresión que me causó  su presencia de ánimo en aquella para mí inolvidable  balacera. CAP no recordaba en absoluto el episodio.

Es conocida, creo, mi opinión sobre tu trayectoria política, sus logros, sus errores y sus insuficiencias. Esta crónica sólo rinde homenaje a su presencia de ánimo en momentos de compromiso y adversidad, algo que Hemingway llamó “elegancia  bajo presión” y de la que CAP, héore o villano,  dio  ejemplares muestras hasta el final.