Un aguafiestas llamado Henri Pittier

¿Sabe el lector cuál era la productividad del arbusto cafetero promedio en la Venezuela de 1913, año en que técnicamente puede decirse que apenas termina la fase de prospección y comienza la era comercial del petróleo en Venezuela?

Hagamos presente al lector, para dramatizar la comparación, que un arbusto costarricense promedio arrojaba, hace cien años,  una cosecha de dos kilogramos. ¿Los nuestros? Menos de…¡300 gramos!

Tal es el panorama sorprendente y desolador que nos mostró quien fue en vida una suprema autoridad a la hora de justipreciar el estado de nuestra agricultura a principios del siglo XX. Continuar leyendo »

Oro rojo y petroleros suicidas

El sábado pasado estuve como invitado en un programa radial que atinadamente se llama “Con real y medio”: el tema primordial que semanalmente abordan sus productoras es la economía.

Se trata de tres periodistas venezolanas, cada quien especializada a su manera en el tema económico.  Si es o no “publicidad redaccional” , vulgo “palangre”, lo que hoy escribo  me importa poco porque lo pasé muy bien el rato que estuve allí y mis amigas  me dieron mucho en qué pensar. Este artículo es  pura  gratitud y reciprocidad, digamos.  El lector puede sintonizar “Con real y medio”, en vivo, cada sábado, a las 11 am,  por la frecuencia 100.7 FM de la radio del Ateneo de Caracas.

Una de las productoras se llama Marianna Párraga y yo sólo sabía de ella que había publicado en 2010 un libro estupendo sobre la Pdvsa revolucionaria. Me dio gusto  conocerla porque había leído en su oportunidad el libro – me interesa todo lo que tenga que ver con las tortuosas relaciones que durante un siglo hemos entablado el petróleo y los venezolanos – y  para irnos entendiendo, he aquí el juicio que de esa chica se hace su prologuista, Alonso Moleiro: “ Es una reportera metódica, con un envidiable acceso a fuentes noticiosas directas, casi inalcanzables para el resto de sus colegas; que ha cultivado un merecido prestigio gracias a sus enfoques precisos  y sus contundentes reportes deslastrados de posiciones previas y obsesiones políticas que, al caso, lo únicoque hacen es estorbar”.

El libro de Marianna, editado por Ediciones Punto Cero, en su colección de “no ficción” , se llama “Oro rojo”.  Marianna es, además, mamá de unos morochos; el que me tocó conocer me pareció un chamo muy nota.

Las otras dos productoras son Corina Rodríguez  Pons y Jeanne Liendo. Su plan original era abordar juntos, en plan jocoso, las ideas económicas del ciudadano Eudomar Santos pero la conversación se convirtió en un excurso coral a cuatro voces sobre muchos otros temas, en especial  la naturaleza del petroestado y los fenómenos que suelen acompañarlo.

Mis amigas destacaron el hecho singular de que, contrariando el modelo descriptivo más socorrido, el de Terry Lynn Karl,  por vez primera Venezuela se endeuda en tiempo de vacas gordas.

Y lo hace en todos los mercados, ya sea el de préstamos chinos o el mercado ordinario de capitales donde  el doctor Giordani ha terminado por colocar bonos de deuda que pagan primas semejantes a las de Ghana o Indonesia.

En una de esas, Corina llamó la atención hacia la contundencia con que, apenas semanas atrás, Giordani afirmaba que bastaba con los créditos chinos para afrontar las obligaciones de Pdvsa. De modo que Giordani ha resultado más hilarante en sus vaivenes –aunque  a un precio doloroso – que el economista Eudomar Santos.

2.-

Hace dos años, mientras trabajaba para un canal de televisión en Bogotá, logré que una sequía que duraba ya más de veinte años terminase por completo. Desde 1985 no escribìa para las tablas.

De regreso de mi trabajo, me encerraba por las noches en mi apartaco de la calle 49 , sobre la Carrera Séptima – muy cerca del Parque Nacional– a forcejear con una pieza teatral cuyo asunto me obsedía desde fines del malhadado paro petrolero, cinco años atrás.

Una leyenda urbana – falaz, como toda leyenda– hablaba de una ola de suicidios entre los ejecutivos de Pdvsa despedidos en masa. Nunca pude documentar la leyenda pero en el proceso supe de un efecto neto tan humano como puede serlo la epidemia de  rupturas  que entonces cundió entre muchas parejas de pdvsos ( él opuesto al paro, por ejemplo; ella, activista de “Gente de petróleos”).

En mi pieza “Petroleros suicidas” – a estrenarse el venidero jueves 11 en la sala Corpbanca– hay mucho más que una ruptura conyugal: no hay suicidios pero sí ocurren homicidos, extorsiones, electrocuciones… Una comedia negra, en fin; un thriller del cual, sin fingir modestia,me siento muy orgulloso, más que por el texto,  por el elenco de lujo que la encarna: Fabiola Colmenares– bella y joven actriz, joven madre, joven dirigente de una joven organización política– , el carismático Iván Tamayo, los extraordinarios actores que son DimasGonzález y el maestro Luis Abreu, padre. Dirige el inefable Héctor “Chiqui “Manrique, factótum del Grupo Actoral 80.La produce mi  entrañable amiga Carolina Rincón: la crema de la Costa Oriental del Lago.

3.-

Mis modelos inalcanzables son Arthur Miller y el señor Henrik Ibsen ( el noruego, es decir, el original Corn Flakes de Kellogg’s) y con ellos en mente he tratado de ceñirme a lo que Balzac pedía a sus novelas: contar la vida privada de las naciones.

Lo que para mí enlaza “Petroleros suicidas” con el libro de Marianna Párraga es que fue al terminar el borrador definitivo cuando pude leer “Oro rojo” y  hallar en su escrupuloso reportaje cifras y hechos que corroboraban mis intuiciones de escribidor solitario en un apartaco de Bogotá.

Me he mantenido lejos de los ensayos; Chiqui hace ocurrir cosas con los textos que caen en sus manos y esa noche, como cualquirer otro espectador, me dejaré ganar por la cruz y la delicia de asistir  al estreno de una pieza en la que intenté bordar una cruel peripecia ambientada en una  petrolera estatal. Como quien dice, la vida privada del petroestado.

Para atraer la buena suerte no llevaré pata de conejo: me pondré una corbata vino tinto.

 

 

 

 

 

 

 

 

No soy Tim Harford

De niño tenía ojo para los oficios menos promisorios.

Amolador, por ejemplo. Me imaginaba, de adulto, siendo amolador ambulante.

Hablo de una especie extinta, desde luego: el amolador de cuchillería que circulaba en bicicleta y pregonaba con una flauta de pan. Cuando hallaba clientela, trasteaba diestramente con la bicicleta y la convertía en un bastidor para la piedra de amolar rotatoria. La rueda de amolar giraba con tracción de sangre. Me gustaba ver cómo podía alguien ganarse la vida pedaleando estáticamente  mientras sacaba chispas al filo de cuchillos y tijeras. Y, encima el “toque” musical: la flauta de pan.

No quiera usted pensar qué peligros arrostraría hoy dia ern Caracas un amolador ciclista. Sin embargo, en ocasiones he escuchado por aquí, por La Florida, el tañido de la flauta de pan, pero cuando salgo al balcón ya no hay ni rastro del amolador.

No puedo precisar cuándo dejé de soñar con ser amolador ciclista. Me ha pasado así, sucesivamente, con otros oficios, a lo largo de mi vida: he envidiado a  los trepadores de postes de alumbrado, por ejemplo. Y a los tipos que venden coco helado al borde de las carreteras. En Bogotá hice amistad con el camarero de un cafecito que está en el Parque del Virrey. Desde allí coordinaba a una brigada de paseadores de perros de raza. Se comunicaba con ellos con un radio “two-way”. Al caer la noche, ajustaban cuentas. Servir café – “¿Cómo lo quiere, su merced?: espresso, machiato?” – y , al mismo tiempo, “manayar” paseadores de perros: he ahí una destreza; más que ese modo de vida es el talante imaginativo y emprendedor lo que echo de menos en mí mismo cuando me comparo con esa feliz gente.

Hace varios años dejé de manejar. Choqué mi carro, luego se lo vendí a un incauto y volví a ser peatón. Me ha ocurrido otras veces, doctor; no me lo explico: de pronto me harto de ser peatón y me compro un carro hasta que lo choco o lo vendo para salir de algún apuro y entonces me consuelo pensando que un tipo sin horarios que trabaja en bermudas y cholas playeras en su casa no necesita automóvil, Y vuelvo a patear la calle.

Me gustaría, eso sí,  que los taxímetros fuesen obligatorios, para no andar expuesto a el cálculo probabilístico de nuestros profesionales del volante, pero justo ahora recuerdo que cuando los tuvimos fue sólo para que el ministro de comunicaciones de Luis Herrera se hiciese rico con el monopolio del aparatito que, al cabo, cayó en desuso.  Traigo todo esto  a colación porque de mis tiempos de automovilista me ha quedado la fijación con otro oficio aparentemente sin futuro : el de los malabaristas y los tragafuegos que se exhiben en los semáforos.

2.-

Usted habrá notado que hay cierto método en el modo de desplegarse por la ciudad. A mí me sorprende sobremanera el cariz transnacional del gremio: me parece que la ola comenzó en el DF mexicano y bajó hacia Suramérica. En Bogotá y Buenos Aires se les puede ver; también en Guayaquil y en La Paz. Me late que en Santiago de Chile no debe haberlos: Santiago ya es primer mundo.

MI hijo mayor es economista. Sabe mucho de modelos predictivos y cosas así. El otro día lo llamé para comentarle que pensaba escribir un artículo sobre los circenses de semáforo. Quería que me diera algunas ideas sueltas.

__¿ Un artículo como los de Tim Harford?– preguntó, entre incrédulo  y burlón– ¿Sobre los malabaristas de semáforo?  ¿Vuelves con eso? Llámame más tarde, ¿sí?; ahora estoy ocupado.

3.-

Mis preguntas eran las mismas que me hago  cada vez que avisto una pareja de circenses informales. Siempre andan en parejas, como las guacamayas. Entrenan en sitios como el Parque del Oeste. Sólo malabaristas – bolas, clavas– y tragafuegos. No se han reportado  trapecistas hasta ahora.

¿Dónde está el negocio?¿ El beneficio? El espectáculo consume casi por completo el lapso de la luz roja. Y sólo alcanzan a hacer una reverencia y apenas uno que otro automovilista les echa una moneda en el sombrero hongo.

En un tiempo dí en pensar que son la tapadera de algún otro negocio, algún manejo turbio bajo la parodia, pero que me aspen si llego a sospechar cuál pueda ser.  Llevaba años mirándolos de lejos y entregándome a estas divagaciones sin salida hasta que, hace pocos días, tuve un encuentro cercano de primera especie con un dúo de semáforo.

Yo iba caminando, las manos en los bolsillos, llegué a una esquina, me detuve a esperar la luz peatonal y allí estaba ella, una astrosa chica de no más de veinte años, arrojando fuego por la boca, junto a un malabarista varón, apenas un poco mayor y mucho más zarrapastroso. Advertí que yo estaba parado junto al bidón de gasolina y sus morralitos.

Esperé a que terminasen y, como si estuviera en un camerino, felicité a la chica cuando regresó a la acera y le pregunté si no era peligroso, o al menos dañino, eso de inhalar gasolina y exhalar fuego. Mi miró con ojos de bazuko; babeaba saliva de noventa octanos. Sonrió y me dijo que no corría ningún peligro. Eso , al menos entendí, porque no hablaba exactamente: tartajeaba incoherencias pero sonreía, tranquilizadora. El malabarista me dijo con aspereza que no la molestara.

Sí, ya sé que pararse a hacer malabares en los semáforos no da sino para la piedra de bazuko. Que eso es todo lo que hay que saber sobre los cirqueros piedreros. Ernesto Sabato escribió un “informe sobre ciegos”; ¿porqué no intentar uno sobre los enigmáticos malabaristas de Caracas?

Pero no soy Tim Harford.

 

 

 

 

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Of course, indigenism drags the burden of the conquistadores’s bad conscience as well as that of the criollos —white settlers of Spanish descent—and mestizos in face of the aboriginal populations’ backwardness and sufferings. Indigenism, however, has seldom placated that everlasting bad conscience.

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