HISTORIA SENTIMENTAL DEL PETRÓLEO EN VENEZUELA (I)

La señorita Ida Tarbell fue una gran periodista estadounidense aficionada a la caza mayor. Tanto lo era que quiso colgar en su estudio la cabeza disecada de John D. Rockefeller, el fundador de la Standard Oil Co.

Miss Tarbell fue profesionalmente lo que los yanquis llaman una muckraker, alguien que remueve sin asco el estiércol ajeno y ofrece a sus lectores lo que pueda encontrar.

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Del petróleo y sus mitologías

Roland Barthes, el desaparecido pensador estructuralista francés, afirma en un ensayo dedicado a las “narrativas históricas” – o “relatos”, como los llaman los posmodernos de lengua romance – que el tropo primordial al que con más frecuencia recurren los historiadores imposta una “voz objetiva” que , según él, “a menudo sólo resulta ser una forma particular del género ficción”.

No sé si Barthes tuvo en esto razón – sospecho que sí,  aunque sólo sea porque soy un escritor de ficciones –, pero de algo sí estoy seguro, luego de años enfrascado en el tema: es poco lo que hay digno de llamarse “objetivo” en buena parte de lo que entre nosotros pasa por “historia petrolera”.

Con casi cien años de actividad aceitera a cuestas, no hemos producido ningún libro de historia económica comprehensivo y útil que sea  comparable a, digamos, “El café en Colombia”, de don Marco Palacios. Las visiones prevalecientes en nuestra literatura sobre el tema, ya sea en obras de ficción o en las pretendidamente fácticas, acerca de cómo nos hicimos una nación petrolera– y más añun, como nos convetrtios en esa monstruosidad llamada “petroestado” – han sido poco felices, por decir lo menos.

La mayoría de nuestros “relatos” – como llaman los posmodernos a casi cualquier cosa que pueda leerse, muestran un descaminador sesgo anti-norteamericano y, machaconamente, recurren a fórmulas que hablan de “imperialismo” y de “enclaves neo-coloniales”. En el proceso, yerran a menudo el tiro y muestran su ignorancia, sobre todo al confundir los designios de las corporaciones petroleras con los del Departamento de Estado o el Pentágono.

Todo esto puede  resultar sumamente engañoso gracias a ­ las  paparruchas “posmarxistas” que se han fundido en la corriente primordial que riega casi todos los cultos sincréticos  del mundo académico, notablemente el estadounidense. Así, toda laya de “relatos” dan hoy forma a muchas inconmovibles nociones acerca de nuestra historia como país petrolero.  Ejemplo protuberante es el relato de cómo surgió la Opep.

La versión oficial – la que se nos enseña en la escuela elemental, el bachillerato y la universidad–  sostiene que el doctor Juan Pablo Pérez Alfonso, un distinguido abogado venezolano, fue el “padre” de la Opep.

Pérez Alfonzo,  notable profesor de la Universidad Central de Venezuela, no era geólogo ni ingeniero de yacimientos. Sin embargo, en el curso de los años cuarenta y  cincuenta  llegó a convertirse en el indiscutible vocero de los intereses nacionalistas venezolanos y de las políticas públicas que, bien o mal,  habrían de atenderlos.

“Era un hombre ascético y pasimonioso”– nos dice de él Stephen G. Rabe en un penetrante retrato moral del doctor Pérez Alfonso– que detestaba el despilfarro en cualquiera de sus formas, incluyendo, desde luego, el de los recursos naturales de Venezuela. Constantemente predicó a sus compatriotas un evangelio de   frugalidad    Según propia admisión, era un calvinista  en una tierra de Jauja despilfarradora.  Como muchos otros adecos [los social-demócratas venezolanos], padeció diez años de duro exilio durante el cual vivió por un tiempo en Washington, D.C., luego del derrocameinto de Rómulo Gallegos  en 1948.

“Toda una década de reflexión afiló la visión de Pérez Alfonso acerca del papel que su nación y el petróleo deberían jugar en la economía mundial. En una era de sobreoferta y precios declinantes insistió en que el petróleo,  el bien primario por excelencia de la civilización moderna, tenía un valor ‘intrínseco’ muy por encima de su valor de mercado y que por ello debía dosificarse y preservarse en bien de las generaciones futuras.  Sus observaciones de vida estadounidense, hechas durante su exilio, lo persuadieron de que las naciones industriales estaban desperdiciando imprudentemetne un recurso  invaluable”.1

En 1959, luego del derrocamiento del general  Marcos Pérez Jiménez, Pérez Alfonso se convirtió, a  pedido de su amigo don Rómulo Betancourt, en nuestro ministro de Minas e Hidrocarburos.   Aspiraba por entonces controlar los precios mundiales del crudo instaurando un cartel de países productores que enfrentara al cartel de las corporaciones petroleras multinacionales.

A principios de 1960, Pérez Alfonso y Abdula Tariki, el minsitro de petróleos de Arabia Saudita, se reunieron en El Cairo donde nuestro ministro confió a a su homólogo sus pareceres. En agosto de aquel mismo año – hace ya 50 años– fue fundada la Opep en Bagdad. Finde la versión oficial.

2.-

Ciertamente, se trata de una edificante historia acerca de un tenaz ciudadano del Tercer Mundo enfrentado a los grandes y voraces clientes de los países productores de curdo. Y por cierto que, en lo esencial,  no es falsa.

Pero el modo en que desde siempre ha circulado entre nosotros, tanto en reseñas periodísticas como en textos de estudio, minimiza – cuando no oculta por completo– el hecho de que, durante su exilio en los Estados Unidos, Pérez Alfonso estudió intensamente y con mucho provecho, según se vio años después , las estrategias reguladoras desarolladas por la División de Gasolina y Crudo de la Comisión de Ferrocarriles de Texas (TRC, por “Texas Railways Comission) durante los años veinte del siglo pasado.  Más aún, llegó a sentir una gran admiración por el señor Clarence G. Gilmore, a su vez un distinguido abogado, por largo tiempo Comisionado Jefe de la TRC.

“En el contexto de las tensas relaciones entre el gobierno estatal y los hombres de empresas, en el estado de Texas prosperó en los años veinte un sentimiento de conservación del preciado recurso natural”, afirma William R. Childs,  un autorizado estudioso de la hisotria de las políticas reguladoras en los Estados Unidos 2. Según Childs, la TRC es una verdadera rara avis entre las contadas entidades  reguladoras estadounidenses de todos los tiempos. Lo fue en la medida misma en que cooperó con la incipiente industria petrolera texana en su lucha contra los monopolios refinadores y ferrocarrileros del este, impuestos por John D. Rockefeller (Standard Oil ) y William Brickell (East Coast Railway) a los pequeños y medianos productores  independientes de aquel gran estado.

“El señor Gilmore, al frente de la TRC, logró  reconciliar  las estrechas doctrinas legales que en su país favorecían a los más grandotes y abusones con la idiosincrásica naturaleza de la naciente industria petrolera en su estado natal.  Creía que  con una administración paritaria del recurso natural – entre productores y la agencia gubernamental que dirigía– era posible racionalizar costos y ganancias y conservar las reservas del crudo.”3

El mayor logro de la TRC fue establecer, concertadamente entre los productores tejanos, un sistema de cuotas de producción que estabilizara los precios por la vía del volumen de oferta. Ni mas ni menos que lo que, cuarenta also más tarde, Pérez Alfonso, con el asesoramiento de dos antiguos funcionarios de la TRC, desarrolló como la propuesta aceptada sin reservas por los países del Golfo Pérsico.

La conservación de los recursos naturales y  un sistema regulador de la producción,  coordinado entre productores, son la nuez del pensamiento de Pérez Alfonso en cuanto a cómo Venezuela ha debido salir del subdesarrollo. Que no lo haya hecho no es culpa de Pérez Alfonso, quien murió desconsolado  en  1979.

Hay algo sin duda aleccionador en el modo en que un irreductible luchador nacionalista como lo fue Pérez Alfonso inspiró su acción política futura en el legado de la agitación  antimonopolios que en los estados del Sur, allá por los lejanos días de 1890, dio lugar a la creación de la Texas Railways Comission.

Así, la Opep bien puede ser vista como una impensada consecuencia  del movimiento regulatorio del gran capital que cundió en los Estados Unidos  comienzos del siglo pasado. Las tendencias del negocio petrolero mundial que lucían fatalmente favorecedoras de las Siete Hermanas fueron enfrentadas por un honesto abogado latinoamericano que no tuvo empacho en estudiar con ahinco un momento muy especial de la historia del capitalismo en el país rival de los intereses del suyo propio.

Y dio a luz un organismo internacional que, valga lo que valieren sus dirigentes de hoy,  desde hace medio siglo es un factor insoslayable del juego petrolero global.

1.

Stephen G. Rabe, The Road to OPEC,United States Relations with Venezuela, 1919-1976, University of Texas Press, Austin, 1982. Page 159.

2.

William R. Childs, “Origins of the Texas Railroad Commission’s power to control production of petroleum: regulatory Strategies in the 1920s,” Journal of Policy History, Vol. 2, No. 4, 1990.

Ibid., page 50.

El Hombre Que Halló Petróleo En Venezuela

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1911 es memorable  también por otras cosas que ocurrían lejos de aquel pequeño y sojuzgado país, tan pobre como descoyuntado y palúdico. Una de ellas fue un fallo de la Corte Suprema de los Estados Unidos; la otra, una decisión del Almirantazgo inglés, brazo poderosísimo del poderío militar– que, por sobre todo, era naval– del Imperio Británico.

Entre los historiadores del capitalismo moderno ha surgido, desde los años cuarenta, el consenso de que aquel año en que las desconsoladoras cuentas fiscales de la República de Venezuela no se recuperaban aún de la tremenda crisis con que la recibió el siglo XX, dejó para siempre sentada la vocación transnacional de la industria que cambió la faz de la civilización humana: la  industria del petróleo.

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Nationalization: The Never Ending Latin American Story (II)

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