Karl Marx y el cuento de Hans Röckle, el Mago

En su juventud, al comienzo de su exilio en Inglaterra, Marx se había servido muchas veces del cuento de  Hans Röckle  y el Diablo para entretener a Jenny y Laura, sus hijas mayores. Nunca lo puso por escrito, pero invirtió muchas horas en él.

Comenzó a improvisar las ocurrencias de Hans Röckle, el juguetero prodigioso,  al regreso de  sus excursiones dominicales al Hampstead Heath de Londres.      “Oh, Moro”, clamaban las chicas, “danos aunque sea sólo sea media milla más de Hans Röckle”.

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Major League’s Twilight Zone: El Fantasma de Joe Tinker

Hace muchos años, por el tiempo en que se introducía la regla del bateador emergente, escuché a un comentarista deportivo estadounidense  hablar con sobrecogimiento del fantasma de Joe Tinker.

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Cessna A188

Cristóbal Ponce celebró sus sesenta años con una parrillada dominical en un hangar, junto a sus únicas posesiones: un monoplaza fumigador Cessna y un viejo Piper Arrow de entrenamiento. El hangar estaba  en el aeródromo de un polígono industrial.

El fumigador era el único activo de Cristóbal pues ya no era aerotaxista ni daba clases de vuelo. “Activo es todo lo que pone dinero en tu bolsillo”, había escuchado decir alguna vez a su hijo, el economista. Le gustaba repetirlo, viniese o no a cuento.

Aunque el biplaza de entrenamiento era anticuado – tenía casi cuarenta años–, el mercado de los aviones es muy sentimental y siempe habrá quien quiera un Piper Arrow todavía en condiciones de volar. Una academia de vuelo costarricense le había ofrecido hacía poco casi ochenta mil dólares por él. Pero él no pensaba desprenderse del biplaza a menos que fuera absolutamente necesario. “Es ahorro volante; no tengo plan de retiro”, decía. Vivía exclusivamente de las fumigaciones.

A la parrillada vinieron un joven piloto destajista, un médico asimilado a la Guardia Nacional, un  abogado, las esposas de éstos y una mujer que había contratado servicios de fumigación agrícola hacía unas semanas.

La mujer se llamaba Herminia Collado, tenía un rebaño de búfalos de agua y había iniciado un cultivo de arroz en una sabana anegadiza. Había llamado por teléfono para indagar tarifas y condiciones. A Cristóbal le gustaron su voz carrasposa y el modo desenvuelto de cerrar el trato.  En los días que siguieron a la llamada se preguntó varias veces qué edad podría tener la voz de Herminia.

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El Pozo “Humboldt 66″

Oil is where you find it. (Anónimo petrolero)

Brendan Hatch vino a buscar petróleo en el verano del 56.

Un hombre llamado Gamal Abdel Nasser había nacionalizado en julio de ese año el Canal de Suez y creó problemas en el suministro de crudo dulce del Golfo Pérsico a las refinerías americanas. Continuar leyendo »

Fortunata y Jacinto

A Ricardo Cayuela Gally

Llevaba diecisiete meses sin trabajo cuando llamaron del canal estatal: la amante del presidente de la República se disponía a escribir el culebrón de las nueve. Necesitaban un libretista con experiencia.

—El Number One nos la mandó con una tarjeta de recomendación. Enfática, caballo. Puño y letra —dijo Fariñas, el gerente de Dramáticos.

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Un Oficio del Siglo XIX

A Juan Villoro

Un hombre entabla conversación con el barman de un hotel en México, D.F., mientras hace notas sobre los libretos de una telenovela.

Los ha puesto sobre la barra y los lee con la mitad de su atención. A ratos subraya una palabra, a ratos traza redondeles. En la conversación toma para sí el papel de quien siente gratitud por una ciudad que dice conocer muy bien pero que, en realidad, visita por primera vez.
Cuando al fin llega la pregunta: “¿Y a qué se dedica el señor?”, responde que ha venido a matar “una porción de pinches viejas”. Suena rencoroso y remeda deliberada y pendencieramente mal el acento local. El barman sonríe entonces una sonrisa de “Éste ya se puso hasta la madre” y se aparta de él sin aspereza.

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El Caza Interceptor de Delia Fiallo

A Alberto Barrera Tyzska

Un productor venezolano de telenovelas fundó, a mediados de los años setenta, un laboratorio de semiología aplicada. Buscaba acorralar la fórmula de un argumento inagotable y autosuficiente, una especie de móvil perpetuo que venciera la erosión de lo manido y el tedio anticipador del auditorio.
Necesitaba una telenovela irresistible, capaz de derrotar una y otra vez los libretos de Delia Fiallo, exitosísima escritora cubana al servicio del canal de la competencia, cuyos culebrones ganaban impasiblemente las mediciones de audiencia desde hacía ya demasiado tiempo. El productor estaba harto de doña Delia; el productor quería el arma absoluta.

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