Cristóbal Ponce celebró sus sesenta años con una parrillada dominical en un hangar, junto a sus únicas posesiones: un monoplaza fumigador Cessna y un viejo Piper Arrow de entrenamiento. El hangar estaba en el aeródromo de un polígono industrial.
El fumigador era el único activo de Cristóbal pues ya no era aerotaxista ni daba clases de vuelo. “Activo es todo lo que pone dinero en tu bolsillo”, había escuchado decir alguna vez a su hijo, el economista. Le gustaba repetirlo, viniese o no a cuento.
Aunque el biplaza de entrenamiento era anticuado – tenía casi cuarenta años–, el mercado de los aviones es muy sentimental y siempe habrá quien quiera un Piper Arrow todavía en condiciones de volar. Una academia de vuelo costarricense le había ofrecido hacía poco casi ochenta mil dólares por él. Pero él no pensaba desprenderse del biplaza a menos que fuera absolutamente necesario. “Es ahorro volante; no tengo plan de retiro”, decía. Vivía exclusivamente de las fumigaciones.
A la parrillada vinieron un joven piloto destajista, un médico asimilado a la Guardia Nacional, un abogado, las esposas de éstos y una mujer que había contratado servicios de fumigación agrícola hacía unas semanas.
La mujer se llamaba Herminia Collado, tenía un rebaño de búfalos de agua y había iniciado un cultivo de arroz en una sabana anegadiza. Había llamado por teléfono para indagar tarifas y condiciones. A Cristóbal le gustaron su voz carrasposa y el modo desenvuelto de cerrar el trato. En los días que siguieron a la llamada se preguntó varias veces qué edad podría tener la voz de Herminia.
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